Fue el primer encuentro público después del cachetazo sufrido en las urnas. Alberto Fernández y Cristina Kirchner se mostraron juntos el jueves pasado en la Casa Rosada para escenificar la unidad del Frente de Todos y cerrar filas con miras a las elecciones del 14 de noviembre próximo. Sin embargo, la sobreactuación de sonrisas no alcanzó para dar vuelta la página del conflicto público entre ambos tras la durísima derrota en las primarias del 12 de septiembre último.
La foto del encuentro, ampliamente difundida por la Casa Rosada, se armó sobre el anuncio del proyecto de ley para instaurar un Régimen de Fomento Agroindustrial, con el que el Gobierno busca mostrar un acercamiento al campo. El objetivo es claro: seducir votantes de un sector que, en las primarias, le dio vuelta la cara al Gobierno. El oficialismo es consciente de que difícilmente pueda remontar la derrota electoral; su meta, ahora, es acortar la brecha que lo separa de Juntos por el Cambio en las generales. Y, sobre todo, evitar que la principal fuerza opositora gane más bancas en el Senado, lo que haría tambalear el reinado de Cristina Kirchner en ese cuerpo.
Santa Fe es, por ese motivo, un distrito clave. Hacia esa provincia estuvieron dirigidos los últimos anuncios de la Casa Rosada: la flexibilización del cepo a la exportación de la carne y el envío de cientos de gendarmes para contener la violencia narco en Rosario. La Pampa es otra de las provincias donde el oficialismo espera dar vuelta el resultado, lo que explica el intento del Gobierno por acercarse al campo.
En Chubut, otra provincia que elige senadores, el gobernador Mariano Arcioni sufre fuertes presiones de la Casa Rosada para que baje su lista de candidatos a senadores para aumentar las posibilidades del Frente de Todos. Esto ya se le había insinuado tras el importante triunfo de Juntos por el Cambio en las Paso, dejando al Frente de Todos y a Chubut al Frente (la agrupación que lidera Arcioni) en segundo y tercer lugar respectivamente en la provincia.
Consciente de que la remontada será difícil, la Casa Rosada se dispone a encarar una campaña enfocada en la gestión, apartada de los actos partidarios que caracterizaron la primera etapa de las elecciones de este año. Apuntarán a buscar a los ciudadanos que no fueron a votar en las Paso y convencerlos de apoyar al Frente de Todos: hacia allí estarán puestos los mayores esfuerzos. Para ello necesitan escenificar una imagen de concordia, de unidad del Frente de Todos, pero las diferencias y las pujas internas son indisimulables.
Por caso, el gobernador bonaerense Axel Kicillof no tolera la virtual intervención de los intendentes del conurbano en su gestión; su flamante jefe de gabinete, Martín Insaurralde –intendente de Lomas de Zamora- fue impuesto por Cristina Kirchner en el elenco de ministros de Kicillof para contener a los jefes comunales, claves para intentar revertir la derrota en Buenos Aires.
En la Casa Rosada, la llegada del hiperactivo Juan Manzur –gobernador de Tucumán- genera rispideces con el kirchnerismo duro –que no digiere su perfil de peronista ortodoxo- y opaca el papel de Sergio Massa, el presidente de la Cámara de Diputados, quien se atribuía el papel de nexo con los mandatarios del interior.
Massa decidió mostrar distancia del Gobierno; de hecho, no estuvo presente en el reencuentro de Cristina y Fernández en la Rosada. Tampoco estuvo Máximo Kirchner, cuyos cuestionamientos al rumbo económico encarado por Martín Guzmán ya son públicos.
Estas reyertas internas tienen lugar en medio de una situación económica y social crítica: el país alberga un 40,6% de pobres y un 10,7% de indigentes, según difundió el Indec, lo que confirma que a pesar del fin de la cuarentena y del rebote económico sigue siendo muy elevado el nivel de pobreza.
En el terreno económico, los esfuerzos por domar la inflación siguen siendo infructuosos, al tiempo que el Banco Central no logra frenar la sangría de divisas, lo que impacta negativamente en el nivel de reservas.
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