lunes 28 de septiembre de 2020
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El precario oficio de los "gatilleros" que matan por 6.000 pesos

En varias causas se trasluce lo poco que se paga por ordenar matar a una persona. "Sicarios" poco calificados que se suben a una moto y disparan. Arriesgan mucho y reciben honorarios escasos, pero pocas veces son detenidos.

“Mirá que hay que darle seis lucas (6.000 pesos) después por el laburo que van a hacer”. Consistía en disparar y matar a dos personas con una ametralladora en San Lorenzo hace tres semanas. Días después de esta conversación murieron a balazos Brian Sánchez, de 16 años, y Gerardo Pérez, de 55. La frase salió de la boca de Brandon Bay, cuñado de Ariel Cantero, líder de Los Monos, que está preso en Coronda, y tuvo como destinataria a su pareja Cintia Nair, que actualmente está detenida y fue acusada la semana pasada como organizadora de estos crímenes.

Por ese dinero un tal Primo, que había salido de la cárcel de Coronda el 22 de mayo pasado, debía disparar. No tenía apuntado a quién matar, porque eso no le interesaba al que había pagado el trabajo. Sólo tenía que ir y apretar el gatillo para generar pánico en ese enclave del barrio Norte de Santa Lorenzo que debían ocupar para ampliar su mercado de venta de drogas.

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Las armas que usan los

Las armas que usan los "gatilleros" para cometer los crímenes no son propias y se las dan quienes encargan el crimen.

Los tiros y la sangre configuran una estrategia económica de sumar oferta a un mercado de consumidores de drogas que nunca retrocede. Y los sicarios son los empleados poco calificados del negocio de la violencia. Arriesgan mucho y cobran poco, aunque pocas veces son detenidos. El miedo actúa como principal aliado de los “gatilleros” que casi ningún testigo se arriesga a identificar.

El actual fiscal general Jorge Baclini dejó una frase hace tiempo, cuando en medio de la ola de violencia que azotaba Rosario tras el crimen de Claudio “Pájaro” Cantero, líder de Los Monos, que se transformó en un presagio inalterable: “Es muy barato matar a alguien en Rosario. Y el bajo precio indica que es fácil”.

Baclini deslizaba en ese momento que la justicia debía lograr que el negocio de la muerte no fuera tan precarizado y sencillo para evitar que cualquier joven se subiera a una moto con una pistola 9 milímetros y se transformara de golpe en un sicario poco calificado que seguramente empuñó un arma más como un juego en el torneo de chicos malos en el barrio, pero nunca fue a un polígono o sabe desarmar ni limpiar la pistola.

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En Rosario hubo más de 2.000 homicidios en los últimos diez años.

En Rosario hubo más de 2.000 homicidios en los últimos diez años.

La realidad marca que el presagio del ex fiscal regional de Rosario no se cumplió, aunque el Ministerio Público de la Acusación avanzó en investigaciones profundas sobre las organizaciones narcocriminales que usan a la muerte como motor de su negocio, algo que explica cómo el crecimiento del negocio narco acelera el crecimiento de los homicidios, sobre todo en Rosario, donde en los últimos 10 años se cometieron 2.030 crímenes.

Todo parece sencillo. Disparar un arma parece fácil. Conseguirla también. Porque los sicarios precarizados ni siquiera tienen armas propias. En las escuchas telefónicas de varias causas se advierte este detalle. El arma la aporta el que le ordena a quién matar o a qué disparar.

“No hay sicarios en Rosario; sólo son gatilleros”, explica un policía de larga trayectoria, que admite que sólo se topó en su carrera con un par de asesinos a sueldo.

“Cuando uno ve las ametralladoras que tienen los narcos, son las mismas que tiene la policía”, dijo esta semana el ministro de Seguridad Marcelo Sain, quien opina que hay una cultura violenta en Santa Fe que resuelve muchas cuestiones a través del uso de armas.

“Andá y aplicale mafia”, ordenaba Lucía Uberti, según desgranó el fiscal Matías Edery esta semana en la audiencia imputativa contra esta mujer que fue detenida en 2018 por los ataques contra el Centro de Justicia Penal de Rosario.

Esta chica fue la que planeó, según la investigación, once balaceras que, entre mayo y agosto de ese año, tuvieron como blanco edificios del Poder Judicial o viviendas de funcionarios que intervinieron en la causa contra la banda de Los Monos.

“No hay sicarios en Rosario; sólo son gatilleros”, explica un policía de larga trayectoria, que admite que sólo se topó en su carrera con un par de asesinos a sueldo, uno de ellos era Javier Monzón, un pibe de 19 que murió en enero de 2016 en esa especie de ley inalterable que rige la vida de estos muchachos: fue acribillado de diez tiros por otro sicario, encapuchado y que sólo se destacaba de su figura un diente de lata, según contó la novia de la víctima.

Javito estaba prófugo porque había incumplido la orden de prisión domiciliaria en su casa en Las Flores. Aunque la justicia nunca lo pudo probar siempre estuvo sospechado de ser uno de los que mató a Luis Bassi, el padre de Pollo, enemigo de Los Monos, en la remisería Cinco Estrellas, el lugar donde fueron acribillados en otros hechos sus dos hermanos Leonardo y Maximiliano.

El joven en moto que dispara y huye se convirtió en un método eficaz para matar, garantizado por las dificultades de los investigadores en romper los códigos de silencio y miedo de los familiares de las víctimas y testigos.

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Milton Damario (izquierda) está detenido en la Cárcel de Coronda junto a Luis Pollo Bassi (derecha).

Milton Damario (izquierda) está detenido en la Cárcel de Coronda junto a Luis Pollo Bassi (derecha).

A Milton Damario alguna vez lo apodaron “el señor de los sicarios”. Arrancó en el oficio de matar en su adolescencia, cuando apenas tenía 15 años. Hoy está preso en el penal de Coronda en un sector aislado del resto de los internos, junto con Luis Pollo Bassi, el narco que se sospecha lo contrató para matar a Claudio Pájaro Cantero, líder de los Monos, algo que jamás se pudo probar en la justicia.

Damario purga en la cárcel condenado a 16 años de prisión por el crimen de Lucas Spina, un muchacho de 25 años que acribilló por error en una esquina de barrio La Tablada el 27 de enero de 2013. Acompañado por su hermano José –condenado a 17 años de prisión–, munidos de ametralladoras iban a matar a otro joven del barrio que estaba en un cumpleaños. Norma Bustos, la madre de Lucas, corrió la misma suerte que su hijo, luego de que denunciara ante los medios y en la justicia a los Damario como los sicarios que dominaban a sangre y muerte la zona.

Damario nació en el Fonavi de Lola Mora e Hipócrates, en la zona sur de Rosario, muy cerca de barrio Municipal. Es una zona dura y cruel de la ciudad, atravesada por bandas que manejan la distribución de drogas y se enfrentan a los tiros para mantener el territorio. Damario creció de golpe y muchos de los crímenes en los que participó quedaron impunes, por la ineficacia del sistema judicial y la propia dinámica de la calle, escenario de los ajustes muerte por muerte.

Uno de los compañeros de Damario en la cárcel de Coronda es otro sicario, Pablo Andrés Peralta, de 37 años. Peralta vivía en un departamento con vista al río en Weelrigth y Dorrego, una de las zonas más caras de Rosario. Era un "un hombre limpio" para la policía. Hoy trata de matar el tiempo mientras permanece aislado en un sector de máxima seguridad de la cárcel de Coronda. Cree que si el policía Carlos Alberto Dolce no se hubiera cruzado en su camino, estaría a la espera de que suene su teléfono para hacer algún trabajo.

Pero después de que lo detuvieron tras matar a Dolce, en pleno centro de Rosario, empezó a configurarse el perfil de un sicario. Aquel 5 de febrero, Peralta y Hernán Núñez, de 25 años, tocaron el timbre de una clínica en busca del médico Omar Ulloa. Le dijeron a la secretaria que debían entregar "una planta de obsequio para el doctor", que tenía un moño y una tarjeta. Ulloa salió del consultorio y recibió una golpiza y amenazas con un arma. "No abras la farmacia de Maipú y San Lorenzo. Ya te reventé a tiros la puerta de tu casa", le advirtió Peralta. El sicario no mentía.

Un mes antes, el domicilio del médico había sido blanco de varios disparos. Todo se había originado, según consta en la causa, en una pelea entre cadenas de farmacias. Cuando escapaban, Peralta y Núñez fueron interceptados por Dolce, un policía que custodiaba los comercios de la cuadra. Peralta simuló entregarse, pero sacó un arma y ejecutó al agente de cuatro disparos. A las 20 cuadras cayó detenido.

Peralta ya había intentado matar al abogado Alberto Tortajada en la puerta de su estudio, frente a los tribunales. Unos días antes, el letrado había recibido una llamada de un potencial cliente que requería sus servicios por un caso de narcotráfico. El abogado citó al interesado a las 17 en su oficina.

A la hora señalada, Tortajada estaba tomando un café en un bar de la esquina, y recibió una nueva llamada. El cliente le avisó que había llegado. El letrado entró al edificio y detrás suyo ingresó Peralta. "¿Usted me espera a mí?", preguntó el penalista. Y le respondió con otra pregunta: "¿Usted es el doctor Tortajada?" Tras escuchar "sí", sacó una pistola calibre 22 y comenzó a disparar. Tres tiros impactaron en el cuerpo del abogado, que tuvo su golpe de suerte: la pistola se trabó y salvó su vida de milagro.

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