Parece una eternidad. Pero la gestión de Alberto Fernández como presidente apenas lleva nueve días. Sí, nueve días. Con sábado y domingo incluidos.
La Argentina tiene la extraña y agobiante capacidad de provocar distorsiones en la percepción del tiempo. Alguien dijo alguna vez que se trata de un país muy particular: en el día a día impera la sensación de que todo cambia a un ritmo frenético, aunque si uno revisara los hechos de hace treinta años se daría cuenta que, en realidad, los cambios suelen ser insignificantes. Los mismos problemas de siempre. Las mismas discusiones. Los mismos laberintos.
Un estudio realizado en la Université Blaise Pascal (Francia) y publicado en 2011, asegura que cuanto más rápido se mueven las cosas, más grande es la distorsión del tiempo.
Y la verdad es que, en la Argentina, las cosas suceden a un ritmo casi esquizofrénico. Hace apenas diez días, el presidente era Mauricio Macri, se debatía sobre cómo sería el traspaso de mando y se discutía sobre la posibilidad de que pudiera convertirse en el líder de la oposición.
En estos momentos, la agenda de discusión es absolutamente otra. Alberto Fernández se sienta con gobernadores radicales, Roberto Lavagna está dispuesto a colaborar con el gobierno, los bonistas internacionales comienzan a ver a Fernández con benevolencia, Julio De Vido está en su casa, los jubilados se preguntan si habrá recortes en sus haberes y el Congreso debate, nada menos, que la posibilidad que declarar nueve estados de emergencia al mismo tiempo: económica, financiera, fiscal, administrativa, de la previsión social, tarifaria, energética, sanitaria y social.
Perotti, Jatón y el tiempo
También parece haber pasado una eternidad desde que Omar Perotti asumió como gobernador de Santa Fe. Pero apenas lleva ocho días. Sí, ocho días. Con sábado y domingo incluidos.
Hasta hace poco, la discusión pasaba por quiénes serían sus ministros y con qué Presupuesto encararía su primer año de gestión.
Pero todo pasó muy rápido. En estos momentos, los cambios en seguridad avanzan a un ritmo acelerado.
El ministro del área, Marcelo Sain, se encargó de marcar la cancha. Y no parece que fuera un hecho casual: “Le aconsejo que cumpla con su deber. De lo contrario, voy a ir para allá y la cosa se va a poner picante”, le dijo en un audio enviado por Whatsapp al comisario general Marcelo Gómez, de la ciudad de Rosario.
En total, 31 jefes policiales fueron desplazados de sus cargos. Y en su lugar se ascendió a 38 policías para ocupar los cargos más importantes.
Finalmente, habrá que hacer un esfuerzo para aceptar que Emilio Jatón sólo lleva siete días como intendente. En apenas siete días, ya debió enfrentar un fin de semana con lluvias extraordinarias que superaron los 250 milímetros, provocaron evacuaciones y pusieron a prueba la reacción de los nuevos funcionarios municipales en una de las áreas más sensibles para la ciudad.
Todo parece suceder demasiado rápido en la Argentina. Y, a la vez, queda la sensación de que el tiempo transcurriera muy lento.
Mauricio Macri, Miguel Lifschitz o José Corral parecen formar parte de un pasado muy lejano, pero seguramente apenas se están adaptando a sus nuevas vidas.
Esto tiene una explicación científica. Según el neurólogo y máster en Neurociencias, Hugo Valderrama, “todos los seres humanos tenemos un reloj biológico que intenta ser lo más preciso posible, que básicamente se regula con la luz del día”.
Sin embargo, cuando el ritmo de los hechos se acelera o cuando el cerebro interpreta que se encuentra ante un peligro inminente, se incrementa la adrenalina a tal punto que el tiempo parece avanzar más lento.
“Tenemos en nuestro cerebro unidades de tiempo que pueden recibir más o menos estímulos. Y el cerebro genera más o menos adrenalina al momento de interpretar esos estímulos. Generalmente, si es mucha la adrenalina liberada, entramos en estado de shock ante un peligro que consideramos inminente”, agregó.
Entonces, “el cerebro recibe mucha información, muchos estímulos, la adrenalina hace que los sentidos se hiperactiven y el tiempo parece detenerse. Un milisegundo pueden convertirse en una eternidad”.
Estas parecen ser las reglas de juego en una Argentina siempre frenética, donde todo ocurre tan rápido y de manera tan inesperada que las amenazas parecen estar siempre a la vuelta de la esquina.
El tiempo, en definitiva, no siempre es lo que parece. Mucho menos, cuando se vive en un país siempre impredecible.









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