Hay una razón por la que el hombre lleva 16.000 años adiestrando animales y conviviendo con ellos: nos hacen más felices. Y no solo en un plano superficial. No hablamos de lo positivo que tener mascota es de cara a aliviar el sentimiento de soledad, hacer compañía o educar a tus hijos en ser responsables y amar la naturaleza. Hablamos de felicidad a nivel biológico, a nivel hormonal.
Y es que numerosos estudios han probado que la convivencia con animales es positiva para la salud de las personas. Así que si tienes un amigo peludo, plumado o escamado, buenas noticias: probablemente estés más sano que el tío de al lado.
Entre los beneficios destacados, destacan la disminución de la presión arterial, los niveles de colesterol, los niveles de triglicéridos, los sentimientos de soledad, las oportunidades para estar al aire libre y para hacer ejercicio físico, y brindar mayores oportunidades de socialización.
Fue en 1950 cuando se empezó a estudiar (bien) la posible utilización de mascotas en terapias psicológicas y psiquiátricas. Hasta entonces se había actuado un poco por instinto, poniendo a un perro junto a un enfermo porque se notaba que le cuidaba, o llevando a un niño a la granja a jugar con animales cuando necesitaba “aire fresco” y se estaba poniendo pocho en la ciudad.
En esta década, el psiquiatra Boris Levinson estaba en su primera sesión con un niño con autismo cuando su mascota se las apañó para entrar en la sala. Horror, pensó él, temiéndose que el animal asustara al niño. Por el contrario, el paciente se acercó a él y empezó a abrazarlo y a acariciarlo, y fue a través del animal que el doctor consiguió comunicarse con el niño y tratarle.
Los animales pueden servir como fuente de consuelo y apoyo. Los perros de terapia son especialmente buenos en esto. A veces, los llevan a hospitales o residencias para ayudar a reducir el estrés y la ansiedad de los pacientes.






