Los gatos en Egipto tenían un rango muy elevado, eran sagrados. Hermosos, elegantes y símbolos del Imperio, se los consideraba guardianes del ser humano, eran momificados y motivo de tristeza y luto cuando morían. Las peores penas le aguardaban a quien le le hiciera daño a un felino.
El culto a Bastet
Bastet era la diosa que más cerca se encontraba del pueblo de Egipto, era la deidad del amor y la compañía. Su figura se representaba con un gato, es por eso que dichos animales de compañía son asociados con la divinidad en todo el Imperio.
Bastet tenía también cabeza de leona, lo que la hacía aún más violenta que otros dioses. Era común ver momificados a los gatos domésticos, dependiendo la posibilidad económica de cada familia, los animales tendrían más o menos rituales, pero siempre tratados con mucho respeto y admiración.
Según la tradición oral egipcia, la diosa era tan voluble como los gatos. Sin embargo, cumplía con la función de proteger los hogares y proporcionarles armonía y felicidad. Siguiendo esta lógica, los gatos eran considerados como manifestaciones terrenales de Bastet: sus enviados y mensajeros en la Tierra. Asesinarlos era un crimen de pena capital.
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¿Qué pasaba con los asesinos de gatos en el antiguo Egipto?
Debido al culto a Bastet, los gatos domésticos tenían un lugar sagrado, una posición social privilegiada con respecto a otras especies, incluso más que los algunos seres humanos. Cuando el gato de alguna casa fallecía, todos los miembros de la familia tenían que afeitarse las cejas en muestra de luto.
Considerando el peso iconográfico que estos animales tenían entre los egipcios, quien matara a un gato podría pagar altas facturas. Las consecuencias variaban en severidad. Sin embargo, un factor era común: merecían la pena máxima. Era común que los pobladores se organizaran para acribillar a la persona responsable.
Las penas podían ser tan violentas, que incluso otros ejércitos temían siquiera tocar a los felinos egipcios. Era bien sabido que los soldados persas, por ejemplo, preferían rendirse ante la milicia egipcia que lastimar a un gato. Más que un acto de respeto a la especie, este comportamiento respondía a un terror inoculado: sabían el destino que podría depararles.







