Dylan F. dice sus verdades sin pelos en la lengua: entrevista exclusiva al perro nacional y popular

Entrevista exclusiva a Dylan F., el perro nacional y popular.


Por Rogelio Alaniz / Fotógrafo: Anónimo, por razones de seguridad.

Fue la mejor entrevista de mi carrera como periodista. Y no es para menos. Dylan es muy popular o “nacional y popular” y su vida de perro cautiva a multitudes. Dylan te mira con cara de “yo no fui”, pero tiene una cuenta en Twitter con más de veinte mil seguidores y otra cuenta en Instagram con más de cuarenta mil seguidores. La entrevista fue breve perro intensa. Dylan F. es un pero intenso. La cita fue acordada con Mauricio (como oyó, así se llama el tipo que el Alberto designó para controlar a Dylan). No sé por qué motivos aceptó que conversemos durante un rato, pero no quiso saber nada con que le saquen fotos: “Solo problemas me han traído”, rezongó. Como para ganarme su simpatía le llevé un hueso que me lo agradeció con un gruñido breve y seco. Dylan es desconfiado, receloso, a veces algo asustadizo. No es un perro charlatán, pero cuando se entusiasma habla con la ansiedad de quienes necesitan desahogarse. Es pintón y lo sabe, pero no es engrupido. Su hocico húmedo y sus ojos tristes alimentan la fantasía erótica de multitudes de perras y algún que otro perro. Dice no entender nada de política, aunque sospecho que se trata de una maniobra para eludir posibles sanciones. Asegura que al Alberto lo quiere porque desde cachorro le enseñaron a querer y respetar al amo, pero le tiene algo de miedo. De ese cariño y esos miedos hablamos largo y tendido.

“Soy un perro nacional y popular Rogelio, pero cuando mis perros compañeros de causa se enteran de mi nombre anglosajón, se cagan de risa”.

 

-¿Cómo anda Dylan?

-Qué quiere, ¿que le diga la verdad o que le mienta?

-La verdad por supuesto.

-Como la mona.

-¿No me diga?

-Se lo digo.

-Sin embargo, lo veo todos los días por televisión, se habla de usted en todas partes, tiene un espacio de lujo en las redes, hay un club de perras collier que se declaran enamoradas incondicionales de usted; una perra de una conocida animadora televisiva admitió que usted representa el modelo de perro macho que siempre soñó. Convengamos que su vida de perro es envidiable.

-No todo lo que brilla es oro, Rogelio.

-¿Qué me quiere decir con eso?

-Que no la paso bien. No le tengo que explicar a usted que salir en la televisión no significa ser un perro feliz.

-No solo sale en la televisión, tiene un amo que vale oro.

-Le repito: no todo lo que brilla es oro…

-No lo entiendo.

-Que mi amo no es lo que usted se imagina.

-¿Cómo es eso?

-Yo no la paso bien, Rogelio; mejor dicho la paso bien cuando están las cámaras, pero después tengo una vida de perro.

-Dylan…usted es un perro, ¿qué vida pretende?

-Por lo menos que no me caguen a patadas, por lo menos eso.

-¿Quién lo caga a patadas?

-El Alberto, ¿quién sino?

-¿Es verdad lo que me dice?

-¿Qué quiere, que le firme un documento, que le traiga una película o que le muestre los moretones? Yo agradezco que ahora es más famoso y entonces estoy un poco más protegido, pero hasta hace apenas unos meses yo le aseguro que era un pobre perro.

-No me venga con el cuento de la tristeza Dylan. Vive en Puerto Madero, es un perro rico, mimado por la suerte.

-No me haga hablar Rogelio, no me tire la lengua.

-¿Por qué?

-Porque no me conviene hablar; después el que se las tiene que aguantar soy yo.

-No lo entiendo.

-¿Qué es lo que no entiende, Rogelio? Me caga a patadas; cada vez que llega chinchudo de la calle se las agarra conmigo. Vivo en Puerto Madero, pero preferiría vivir en un barrio de las orillas y que no me caguen a patadas día por medio.

“No todo lo que brilla es oro, Rogelio. Como se dice en nuestro ambiente, me la paso “galgueando” y a veces estoy tan en la lona que cuando ladro algunos creen que tengo tos, y otros suponen que me agarró un ataque de hipo. “Malhaya triste destino los perros argentinos”.

-Cuénteme cómo vive en su casa, qué come, cuáles son sus lugares.

-Comer, como sobras y habitualmente como gracias a la generosidad de algunos vecinos, porque el Alberto no me da ni un vaso de agua. Dormir, duermo en el balcón y no tengo ni un trapo de piso para apoyar mi osamenta.

-Dormirá en el balcón, pero es un balcón de Puerto Madero.

-Se lo cambio por una cucha en un rancho.

-Pero cuando llueve me imagino que lo harán pasar por lo menos a la cocina.

-¡Qué me va hacer pasar! Una vez que estaba mojado y muerto de frío me las ingenié para meterme en el departamento y cuando me vio me dio una paliza que se me fue el frío y el hambre.

-¿Pero por qué ese maltrato?

-Se puso furioso porque le ensucié el piso.

-¿Tan pegador es?

-¿Usted vio cómo lo trató al pobre borracho?

-Si.

-¿Vio como lo pateó en el suelo?

-Si, claro.

-Comparado con lo que yo ligo, esa patada es una caricia.

-Me llaman la atención sus quejas Dylan, no es lo que cree la gente.

-La gente se equivoca, Rogelio, usted debería saberlo.

-Y cuénteme, ¿participa de las reuniones políticas que se celebran en esa casa?.

-Para nada. Yo en esa casa soy un cero a la izquierda; además soy un perro que no se mete en política. Para eso menesteres está el Balcarce, que es un perro politiquero.

-¿Alguna vez escucha lo que conversa el Alberto en sus reuniones?

-Escucho, pero no entiendo nada.

-¿Nunca oyó hablar de Cristina?

-Si, de vez en cuando la nombran…y de vez en cuando le sacan el cuero.

-¿La conoce?

-De vista, pero nada más. Sé que tuvo o tiene dos perritas: Cleo y Lolita, que dice quererlas mucho.

– Pero además, fue presidente de la nación dos veces.

-No me diga.

-Se lo digo; me extraña que no lo sepa.

-¿Vive lejos?

-En el Calafate.

-En confianza Rogelio; ¿no se anima a hablarla y convencerla para que me adopte?. Por lo que me contaron a Cleopatra y a Lolita la atendían o la atienden a cuerpo de rey…y yo a esta altura del partido agarro lo que me tiren.

-No le aconsejo, Dylan, cambiar el Alberto por Cristina.

– “Malhaya triste destino de los perros argentinos”.

-¿Dónde leyó eso?

-No lo leí, lo escuché…qué mierda voy a leer, si soy un perro analfabeto; el Alberto jamás me mandó a una escuela.

-¿Hay escuelas para perros?

-Claro que la hay; el Balcarce va a una mixta a la que asisten las perras más chetas de la ciudad.

-¿Y usted no le pidió ir?

-Se lo dije, pero me contestó que a perros como yo con ladrar les alcanza y le sobra.

-¿Ladra?

-Ladraba cuando era más joven; ahora estoy tan cagado de hambre que cuando ladro creen que estoy tosiendo o que me agarró hipo.

-Le confieso Dylan que todo lo que me dice me sorprende. Es más, hace unos días me enteré de que fue padre de unos hermosos cachorros. Sinceramente, lo felicito. Veo que no todo son malas noticias en su vida

-No me felicite nada, porque no hay nada que felicitar.

-No lo entiendo.

-Que no pienso hacerme cargo de esos cachorros.

-¿Pero por qué?

-Porque no son míos…así de simple. El Alberto me quiere hacer cargo de pecados que no cometí, pero yo ese garrón no me lo voy a comer. Yo no sé que voy a morfar esta noche y me quieren enchufar seis perros. Encima son seis perros que vaya uno saber quién es el padre.

-Todos aseguran que es usted.

-Y yo le digo que puede ser Balcarce. Yo seguro que no soy…a la madre de esos cachorros apenas la conozco de vista, no le toqué ni la oreja…lo único que me faltaba…que además de apaleado me digan cornudo.

-¿No se está lavando las manos?

-Qué me voy a lavar las manos, soy un pobre perro virgen. Si este otro no me deja hablar con nadie. Hace un par de semanas empecé a curtir una honda con una perra. A decir verdad, no era muy linda, por lo que pude oler tampoco muy limpia y estoy seguro de que no era el primer perro que se le arrimaba, pero el Alberto, que es un feroz guardabosque, apenas me vio entusiasmado la sacó carpiendo a la pobre perra que después vi que se acoyaró con un petizo longaniza viejo y tuerto.

-Realmente me asombra con lo que me dice de los cachorros.

-No se asombre tanto; al Alberto siempre le gusta que yo me haga cargo de cosas que no hice o que hizo él. Esos cachorros no son míos. Y si lo fueran no tendría con qué mantenerlos, si yo no tengo donde caerme muerto.

-Perdóneme Dylan, pero yo he leído una carta firmada por usted en la que dice que el Alberto es cariñoso, amable, que no le hace faltar nada…

-Palos no me faltan, eso póngale la firma

-¿Y la carta?

-Y dale con la carta…esa carta la escribió él; yo no tengo nada que ver.

-¿No me está mintiendo?

-Pero cómo voy a escribir una carta, si ya le dije que no sé escribir, que él nunca se preocupó por mandarme a la escuela

-¿Sabe que en cualquier momento se muda a la Casa Rosada?

-Algo me dijeron.

-Allí tal vez cambie su suerte.

-Si el Alberto está ocupado tal vez me afloje un poco, pero tengo que cuidarme.

-Pero en la Casa Rosada nadie lo va a maltratar.

-Yo no sería tan optimista; el Alberto cuando se calienta no le importa nada.

-¿Conversó alguna vez con Balcarce?

-Pocas veces. Como dicen ustedes los humanos: Balcarce es un flor de perro, piola, canchero, medio agrandado por la prensa, pero buen perro.

Con Balcarce de vez en cuando conversamos. Es muy gorila para mi gusto, pero es un flor de perro. Me aconsejó que me le anime al sillón de Rivadavia como se animó él, pero creo que me voy a quedar en el molde. Por lo que pude olfatear son varios y varias las que le tiene ganas a ese sillón. Yo con una cucha en el patio, un par de mantas y un par de huesos me arreglo.

 

-¿Perro gorila?

-Y medio gorila es, pero a mí me trata bien. Además no le hace asco a nada. Según me contaron, el año pasado se avanzó a la perra de Graciela Camaño y la dejó preñada.

-¿No me diga?

-Se armó un kilombo grande, dicen que hasta Barrionuevo se metió en el batifondo porque esa perra era la niña de sus ojos. Pero Balcarce la sacó de arriba porque Elisa Carrió y Patricia Bullrich hicieron pata ancha y lo defendieron.

-¿Y los cachorros?

-Según me pude enterar, la mitad se los regalaron a Victoria Donda; la otra mitad a Federico Pinedo.

-¿Cuándo fue la última vez que estuvo con Balcarce?

-Nos cruzamos de casualidad en la plaza y como el Alberto estaba conversando con un amigo pudimos intercambiar algunas palabras.

-¿Y qué le cuenta ese perro?

-Me pasó algunos datos útiles de la Casa Rosada, me dijo dónde quedaba la cocina; me dio los nombres de algunos ordenanzas que son gauchos con los perros y me anotó la dirección de un par de perras viejas medio ligeras que a veces se caen por la Rosada y punto.

-Diga lo que diga, va a ser el perro del posible presidente.

-Ojalá se ocupe de su cargo, es lo que más deseo.

-¿Por qué?

-Así se olvida de mí.

-Se va a quedar solo.

-Me la voy a rebuscar, después de pasar las que pasé, lo que venga va a ser siempre un poquito mejor…

-Pero siempre va a seguir siendo Dylan.

-Como viene la mano, preferiría llamarme Pichicho. No me fue bien con Dylan. Además, sabe una cosa: el nombre no me gusta.

-¿No me diga?

-Rogelio…yo me siento un perro nacional y popular, pero cuando me junto con la perrada y les digo que me llamo Dylan, me desconfían, me tratan de botón o se me cagan de risa.

“A usted no necesito decírselo Rogelio, pero quiero que sus lectores sepan que la fama es puro cuento. Y aflójeme con las fotos que solo problemas me han traído”.

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