Por Gustavo Borsato
Santa Fe está feliz, su tarde todavía tiene ruidos de semanas que van queriendo su fin. Tiene el fútbol en el cuerpo, mientras un marcador de punta sobrevive a la nostalgia. El silencio parece tener la psicosis del arquero que jura haber sido testigo de la felicidad.
Al domingo se le cruza un wing que hace del mareo una dulzura obstinada mientras de las calles viene el murmullo de un centrocampista quijotesco y coloquial.
Un gol se le mete a la tarde en la cabeza y, de a poco, le va ganando cancha como un 10 tranquilo y manso en su confidencia melancólica con el balón. Un clásico no es un partido de fútbol.
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Probablemente sea el partido de vaya uno a saber qué otro deporte: es una locura que se hace música en las cinturas más impuras mientras una radio enciende el tango sutil de los presagios que se echan en el berretín siestero de un bandoneón anguloso.
Un clásico es ese grado de alienación que lleva el fútbol en sus entrañas, un quebranto humano, animal, una vehemencia visible y otra invisible, más rica, sin clase, huérfana, que quizás explique la soledad del resto de los días que son deseos y abrazos de miles, pero en su caja de resonancia demencial, sobreviven en su cumbia, aislados con su mundo.
Un clásico puede ser todo en el mismo momento. Una locura irreversible, cada vez más grande y más loca, que podría ser la tuya, la mía. La de aquellos que gritan, la de los que ríen, o la de esos de ahí que lloran.
¿Quién le habrá dado guión a este teatro infame, maligno, a este sacrificio?…O acaso será todo lo contrario, un regalo de Dios, o del mismo infierno; o… ¿por qué no? tal vez, el palacio celestial de las extrañas felicidades humanas.
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