Redacción Aire Digital
El 9 de agosto no es una fecha cualquiera en materia de olimpismo. La historia de la máxima competición deportiva a nivel mundial abarca miles de momentos emocionantes, que se cruzan con la historia social y politica que se impregnaron en las 31 ediciones de verano disputadas hasta el momento desde Atenas 1896.
La historia de esta anécdota, se ubica entre las mejores de la historia del deporte. Debemos ubicarnos en el año 1936, donde se celebraban los Juegos Olímpicos de Berlín. El contexto político-social era claro: pleno auge del nazismo, y el preludio de un conflicto sangriento, dos años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.
Aquellos Juegos Olímpicos serían la excusa perfecta para que Adolf “mostrara al mundo la superioridad de la raza aria”, a través de una propaganda política similar a la utilizada por Benito Mussolini en la Copa Mundial de la FIFA de Italia 1934. Pero una persona, lo arruinó todo; o mejor dicho, se ubicó para dejar una marca inmortal en la historia del olimpismo.
Jesse Owens nació en Oakville, el 12 de septiembre de 1913. Nadie hubiera pensado que aquel muchacho morocho y raquítico, hijo de un granjero y nieto de esclavos; que estuvo al borde de la muerte a los siete años debido a una neumonía, pudiera llegar a hacer semejante proeza. Antes de los Juegos, ya había mostrado su potencial: logró cuatro récords mundiales en 45 minutos durante una competición estatal en Michigan.
Las cuatro medallas en Berlín 1936
Owens obtuvo su primera presea de oro el 3 de agosto; el día 4, la segunda; el día 5, la tercera; y el día 9, la cuarta, de la que se cumplen 83 años en la jornada de hoy. Las modalidades en las que triunfó fueron la de 100 metros, la de 200 metros, la posta 4×100 metros, y la de salto en largo. Esta marca olímpica no fue igualada hasta los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 por otro atleta afroamericano, Carl Lewis.
Aquella proeza fue un golpe duro para el régimen nazi. Tan así, que el propio Hitler, que generalmente se ubicaba en los palcos y saludaba a los atletas, no lo hizo con el “atleta negro”, proveniente de los Estados Unidos. Si bien Alemania ganó cómodamente el medallero, aquella victoria no estuvo en los planes de los dirigentes antisemitas.
Algo ya no andaba bien. Los Juegos Olímpicos, luego de esta cita, tuvieron que esperar doce años para volver a disputarse. El mundo, se preparaba para un enfrentamiento sangriento, en el que el deporte no tenía ningún tipo de lugar.
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