Por Natalia Pandolfo y Shirley Miño
Manuela era torpe, olvidadiza, débil: la compañera de juegos que nadie querría. Tenía un sólo punto fuerte: las bolitas. Su puntería era extraordinaria.
La imagen de adulta la muestra dura, vista al frente, con sus mechones ondulados cayendo sobre los ojos como avellanas. Recia y dulce, bella y aguerrida: un conjuro raro. En el medio pasó la vida, una pérdida y la conversión en guerrera.
Con un fusil de chispas
y muchas ganas
peleó doña Manuela,
la tucumana,
dice su comprovinciana Mercedes Sosa en la canción que le rinde honor, escrita por Félix Luna con música de Ariel Ramírez.
Manuela Pedraza nació en 1780 en Tucumán, en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Vivió en Buenos Aires, en la esquina de Reconquista y Corrientes, con su marido que era soldado. La llamaban “la Tucumanesa”. Cuando fueron las invasiones inglesas, como todo el mundo entonces, salió a la calle a pelear. Buenos Aires ardía.
No duerme Buenos Aires,
las mechas arden
En medio de la batalla, un inglés mató a su marido en la Plaza Mayor, la actual Plaza de Mayo. La Tucumanesa hizo de su furia un motor. Respiró hondo, guardó sus lágrimas, le sacó el arma al esposo muerto y luchó cuerpo a cuerpo contra sus asesinos. Cuando logró vencerlos, les sacó los fusiles y se los entregó al virrey Liniers como si fueran un trofeo.
Cuarenta mil valientes
sólo un cobarde.
Liniers reconoció los méritos de esta mujer y su valentía. La nombró alférez y le dio un sueldo como soldado. En el informe que le manda a la Corona española, Liniers dice: “No debe omitirse el nombre de la mujer (...) llamada Manuela, la Tucumanesa, que combatiendo al lado de su marido con sublime entereza, mató a un inglés, del que me presentó el fusil”.
Este triunfo ganaron
nuestras mujeres.
Por su bravura, le fue otorgado el grado de subteniente de infantería con goce de sueldo de por vida, una insolencia para la época: era mujer y era criolla.
A 50 km. de Tucumán, el paraje Manuela Pedraza la evoca y le rinde honores.
Temas





