martes 17 de mayo de 2022
La bitácora | Chupetómetro | Carlitos Balá |

La trampa del chupetómetro 

El chupetómetro de Carlitos Balá para nosotros, era una especie de ritual tribal que nos obligaba a abandonar nuestra primera infancia. En su tercera columna en Aire Digital, Luciana Trinchieri nos cuenta qué fue de nuestro niño o niña interior.

Niñez... ese momento de brazos, berrinches sin palabras y un mundo visto desde abajo, donde esa primera relación de dependencia con un objeto nos traía tranquilidad, algo que ya Sigmund Freud definía como “el goce adictivo producido por el reforzamiento de la pulsión”. O sea, desde chiquitos ya empezaban los “no” a las cosas que nos gustaban y las adicciones a elementos externos que calmaban nuestra ansiedad.

Ese tubo cilíndrico desaparecía para siempre nuestros objetos de deseo, nuestros tesoros infantiles, como el cocodrilo que se había comido la mano del Capitán Garfio, en Peter Pan. En la historia, el caimán por tragarse enterito el brazo del malvado pirata tiene un reloj en sus entrañas y eso hace temblar de terror al corsario cada vez que escucha su tic-tac-tic-tac. Así, ese mismo efecto generaba en nosotros la frase - “¿le vas a dar el chupete a Carlitos Balá? ¿Y la mamadera?”-.

Si bien entonces no lo sabíamos, ese miedo de Garfio planteaba cómo el tiempo devoraba todo, implacable a su paso... como el chupetómetro, que se llevaba impasible nuestra primera infancia con él. Si bien entonces no lo sabíamos, ese miedo de Garfio planteaba cómo el tiempo devoraba todo, implacable a su paso... como el chupetómetro, que se llevaba impasible nuestra primera infancia con él.

Teníamos que salir al mundo, y para eso debíamos dejar los dos elementos del mal que nos dio el plástico y el látex de nuestra tierra. Más de uno habrá pensado "- pero qué les hizo el chupete”- ? que calmó llantos y angustias; que estaba cuando mamá se iba a dormir a otra pieza y quedábamos mirando el techo imaginando los monstruos nocturnos que dibujaban las sombras. Ese chupete que escuchó mil cuentos y canciones antes de dormir, y que con las mantitas y los peluches hacían la cajita feliz de nuestra niñez. Pero lo peor, es que no todo terminaba allí, sino que después que cayó el primero, nos obligaron a ir por la mamadera, y nos demostraron que, ni nuestros padres ni Carlitos Balá, nunca tendrían paz.

Porque la vida se iba a tratar de eso, de una sucesión de momentos construidos eternamente a partir de lo que vivimos, una despedida constante de lo que pasó y la nostalgia siempre presente de volver atrás el tiempo.

Y ahora nos damos cuenta entonces, que el Chupetómetro era en realidad un agujero negro que se llevaba todo, además del chupete y la mamadera. En momentos de melancolía, nos hacían mirar el televisor en el horario del programa y nos decían: "- ¡ahí está! ¿Lo ves? -”, entre millones de adminículos celestes, rosados, blancos y amarillos librados a su suerte. Y creo que ahí fue también, cuando sufrimos nuestro primer abandono.

Tuvimos que escuchar argumentos viles como “no te van a dejar entrar al jardín” y, hasta los más empedernidos y revolucionarios, soportaron el “no te van a dejar entrar a 1° grado”, situación incomprobable con la que sembraron el terror. Tuvimos que escuchar argumentos viles como “no te van a dejar entrar al jardín” y, hasta los más empedernidos y revolucionarios, soportaron el “no te van a dejar entrar a 1° grado”, situación incomprobable con la que sembraron el terror.

Y así dejamos todo atrás: el berrinche y el llanto porque sí, la mano al cruzar la calle, la seguridad del beso de las buenas noches (o encontrar una tormenta como excusa que nos permita huir a la cama grande de los viejos), el disfrute de la leche con pan y manteca, los cuentos, el ring raje, las escondidas, las manchas venenosas y la tocada. Parecía el fin del mundo, pero lo que no entendían es que, como Peter Pan, no queríamos crecer.

No nos dimos cuenta que era una trampa. Y de pronto nos convertimos en esos viejos de 40 y pico, que impartían autoridad, porque eran mayores y que, al mirarnos al espejo, no reflejaba la imagen del espejo a nuestros cuarenta y tantos (¿así eran nuestros papás que parecían tan grandes?)

Pero lo bueno de todo ¿saben qué es? Que muchos supimos ganarles a esos años tiranos y escondimos para siempre ese niño chiquito con nosotros. Lo retamos para que no aparezca o se quede callado. Pero muchas veces es más fuerte que él y no puede evitar saltar de dos en dos alguna baldosa en la calle imitando la rayuela, querer ganar siempre en el juego de la vida y correr al viento imaginando, que si no para, puede escapar de esa paradoja del tiempo y decir “tochi, libra para todos mis compas”.

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