sábado 19 de septiembre de 2020
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Esperando el timbre

La relación madres-padres/docentes/niños nunca fue sencilla y, en tiempos de pandemia, aumentan los problemas de comunicación y coordinación de actividades. Aquí Lu Trinchieri nos da luz sobre estos vínculos en una nueva columna para La Bitácora.

Un día nos anunciaron la cuarentena en marzo, cerramos los ojos, y cuando los volvimos a abrir ya estábamos en septiembre. Todos agobiados, cansados, enojados con el mundo, coordinando nuestras vidas que corrían por dos carriles distintos: el laboral, el de la actividad fuera de casa y el de nuestros pequeños (no importa la edad que tengan siempre van a ser así para nosotros) que se siguen debatiendo entre el ostracismo hogareño y la educación a distancia como ventana al mundo.

Y fue ahí, en ese revelador momento, que veo la notificación del chat de mamis, recordando que tiempo de organizarse para comprar el regalo del día del maestro. Más de una habrá pensado "este año zafamos”, pero ahí estábamos frente a ese debate por el presente a las docentes, ponerse de acuerdo, las mil opiniones, la coordinación y demás yerbas. En mi caso apareció una "mami" que, para mí, se convirtió en una suerte de San Martín a punto de cruzar los Andes, y que se ofreció a hacer el difícil encargo, y que redujo la discusión del tema sólo a agradecimientos.

En el medio de los mensajes y con orgullo, conté una charla con Feli de la Garma, una influencer de mamás catárticas que me dijo en una entrevista que hice para la radio:

“- no sean ratas y gasten en las maestras que bancaron los trapos todo este tiempo con los chicos -”.

Tras contar mi momento cholulo en este grupo hermoso, casi familiar, una me respondió "que llamarla rata le parecía mucho y una falta de respeto", tras lo cual, vimos el anuncio de “mamá sin onda" salió del grupo (carita con ojitos para arriba). Menos mal que no les dije que les había mandado saludos a todas las “conchumadres” del wasap del grado, porque me metía una denuncia.

Tras meditar un rato, pensé "tiene razón" (Feli de la Garma, jamás la “mamá sin onda").

Todos podremos quejarnos de un rosario más largo de temas que la lista del súper en el 1 a 1 sobre cuestiones relacionadas con la educación, pero ellas y ellos, los maestros, se merecen un abrazo contenedor que seguramente muchos usarían para llorar (y no lo tomen literal que ya sabemos que las manifestaciones cercanas de afecto no están permitidas).

Los docentes deben lidiar a diario con sus hijos y los de 30 familias más, con los mismos problemas a la hora de conectarse, de compartir la computadora, la tablet, el celular con una banda ancha que se vuelve finita porque son doscientos conectados a la vez; con los pedidos de los hijos, las preguntas que llegan a cualquier hora del día, con los pibes que se conectan y no sabes si están, hablan todos juntos sin escucharse, invitan a amigos compartiendo la sesión de Zoom a entrar a modo de travesura, lo que hoy debería ser perseguido como delito informático por el FBI.

Los docentes manejan también la frustración de los padres, que no somos maestros, y no entendemos nada de cómo hacer estas cosas nuevas que distan mucho de lo que recordamos de la escuela.

Y ahí pensás que nuestra época era más sencilla, con un manual que tenía las respuestas para todo, hojas de calcar que nos mantenían ocupados durante horas para copiar la zona de La Pampa húmeda o la selva tucumana. Donde las tareas si se hacían a las 10 de la noche, era con los gritos de mamá diciendo que no podemos hacer las cosas a último momento. Donde tu vieja te ponía con tu hermano enfermo para que te contagies y no tenga que pasar por el mismo perno dos veces, y las paperas era lo peor que te podía pasar. Ahí los recreos eran el mejor momento del día para compartir juegos e historias fantásticas con nuestros compañeros y amigos, como pequeños tesoros, que siempre vamos a guardar, y los sellitos de la seño en el cuaderno con un “felicitado” era el pasaporte a creerte el mejor alumno del año.

Tengo todavía grabado en la memoria lo que escribía mi mamá a la maestra en el cuaderno de comunicaciones, “Señorita Elbita, Señorita Duilia” y el saluda atentamente del final. Si te la mandabas te hacías cargo y encima después tenías que dar explicaciones en casa. Portarse mal era una tarea más complicada.

Las aulas vacían extrañan los chicos, como los docentes añoran también poder mirarlos a los ojos y descubrir qué pasa en esas cabezas ávidas de conocimiento. Y los chicos, que este año quedaron suspendidos en el tiempo, aprendiendo de otra manera, la manera de sobrevivir a un mundo cada vez más complicado.

Podemos enojarnos o adorarlos, pero los maestros son parte de nuestra familia.

Son nuestros cómplices en la educación de nuestros hijos, una tarea conjunta e inseparable que no se puede pensar de otra manera. Y sí, habrá maestros buenos y malos, como hay periodistas buenos y malos, médicos buenos y malos, jueces buenos y malos, pero en esto de criar a nuestras “bendis” somos un solo equipo. Seguramente habrán faltado saludos, abrazos, dibujitos y carteles para decir “feliz día”. Pero ya volverán los días de escuela, y cuando eso pase, alumnos y maestros valorarán más que nunca los gritos, peleas, los ruidos de las sillas arrastrándose, los cómplices de banco pasándose las cosas y el sonido del timbre, anunciando el recreo.

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