martes 17 de mayo de 2022
La bitácora | Zumba |

El muerto se fue de zumba

Crossfit, spinning, funcional y zumba. Los diferentes universos por los que nos lleva Luchi Trinchieri en una nueva columna de La Bitácora.

No soy de esas personas que adoren ir al gimnasio. Nunca llegué a tener esa sensación que escuché hasta el cansancio de "estoy como loca que no puedo ir a hacer spinning” o de traspasar ese período de acostumbramiento para llegar a la época de disfrute por hacer 400 abdominales, 300 espinales y levantar mil kilos con las pesas. En síntesis, nunca llegué a la etapa de "qué bien me hace”. Una vez de hecho, en un momento bastante malo de mi vida, una amiga quiso meterme en el mundo del Crossfit, donde me decían de hacer ejercicios que no entendía ni el nombre, y que tampoco iba a memorizar: pulls up, push Up, squats, pistol squats, burpee. ¡¡Todo esto al grito de “vamos carajo”!! “¡¡A este ritmo no se ponen ni el camisón de la abuela para ir a la pileta!!”; “No duele, más fuerte, sino podés, dejá tus cosas y andate “. Esto rodeada de carteles “Entrena porque los zombies se comerán al más lento” o “Mejor el dolor de la disciplina, que el dolor del arrepentimiento”. Y por adentro pensaba, con arrepentimiento, “pero si yo que quería venir a despejarme y sentirme bien”.

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El profesor, medía 1,50 mts y estaba inflado como un globo, un día nos puso a caminar en cuatro patas, pero para atrás (si, ya sé que debe tener un nombre, pero no me acuerdo), situación que me pareció excesiva, y como lo hacía a mi ritmo me gritó "acá tengo un CANGREJO VIEJO que me demora la clase”.

No había cumplido 40 y después de pensar "chichón de suelo quién te crees que sos”, abandoné para siempre esa actividad.

Insistí en mi convicción que "algo tenía que hacer" y me anoté en una clase de funcional. El primer día la profe no fue y me ofrecieron hacer otra de Zumba que estaba a la misma hora. Por entonces, nadie conocía qué era esto, a mí me sonaba a baile y por entonces Jesica Cirio estaba preocupada en otros menesteres. Y si bien dudé cuando vi que estaba oscuro el salón, con luces de boliche y repleto de mujeres, que hacían algo entre bailar y aeróbicos, entré. Respiré hondo, todas hablaban entre sí, se sabían las coreografías, tenían sus lugares en el salón, delimitados por una línea imaginaria.

La verdad, le ponían una onda un tanto exagerada para cada uno de los temas que sonaban. Lo más parecido a un aquelarre moderno. Yo quería tonificar un poco el cuerpo que se caía por la ley de gravedad y dudé que ese fuera el lugar.

La profesora era una morocha de músculos marcados, con unas calzas fluorecentes y raras, que entre las indicaciones para los ejercicios nos alentaba a: bailar por las parejas, el ex, la amante del ex, los jefes, el amor, la primavera, las ganas de salir de noche, de día, los amores imposibles, la panza, la cola, las lolas y la cabeza. Les confieso que un poco de pudor me daba, pero terminé gritando contra el mundo al ritmo de Chino y Nacho (que conocí ahí) en ese grupo sudoroso pero también casi terapéutico donde afloraban todo tipo de cuestiones.

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Arranqué en el fondo, y no pegaba una. Al mes ya estaba en el medio, me había comprado una calza violeta con trazos amarillos, fucsia, rojo y verde. Una furia. Musculosa rosa chicle y zapatillas turquesa. Era imposible perderme y ni yo me reconocía entre tanto color. Yo que era de los colores clásicos.

Esa era mi forma de salir de mi zona de comfort. Y ése era mi traje de superchica.

Me sabía las coreografías, tenía mi toalla a lo Rocky y me creía mejor que la protagonista de Flashdance. Aunque por ahí también era Moni Argento con María Elena Fuseneco, un dúo implacable que hacíamos con la flaca que estaba en primera fila, que se había ganado el lugar a fuerza de perseverancia y alegría. Otra flaca de una sonrisa eterna me explicaba amablemente lo que no lograba hacer. Todo bajo la mirada atenta de una señora súper elegante que nunca perdía las formas, que se atravesaba media ciudad para estar ahí, y supervisaba todo como leona desde la colina. Y esa gimnasia de “mamis”, “de flojitas”, “viejas locas” y otras yerbas que tanto criticaban, en realidad se había convertido para muchas en una terapia contra los males del día, las tristezas, las carencias, los sueños perdidos, los brazos cansados, los ojos llorosos y las piernas sin rumbo.

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Y ahí me di cuenta de todo. No importaba si eras buena o no, si podías saltar o bailar, si tenías resistencia o coordinación, si eras vieja o joven, porque la cosa ahí pasaba por otro lugar. La gimnasia era una fachada. En realidad, éramos un grupo de mujeres que durante una hora se olvidaban de todo. Que reían, bailaban, intentaban dar dos pasos y se volvían a reír, mientras endurecían los músculos y fortalecían el alma. Alguna lloró también alguna vez. Cada una con una historia de vida tan diferente que no había nexo místico ni terrenal que quizá las pudiera haber cruzado en otro lugar. Pero lo hicieron, olvidando las luchas cotidianas por un momento. Porque hasta las mejores vikingas, merecen un descanso entre tantas batallas todos los días.

Ah, y se preguntarán si seguimos haciendo esa gimnasia. Ni ahí, pero cuando nos juntamos, vamos con las “chicas de Zumba”, pero eso, es para otra historia.

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