sábado 7 de mayo de 2022
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Cómo ser madre y sobrevivir a la cuarentena

Nosotros trabajamos y las bendis están como dueños de casa intentando en esta nueva normalidad pasar los días entre el encierro, las demandas de una escuela patas para arriba y un hogar con padres desbordados. Hermosa postal de esta pandemia que será una foto inolvidable del año que vivimos en cuarentena.

Sí, ya sé que estamos en distanciamiento y no aislamiento, pero las madres (bueno, y también padres) para eso no notamos la diferencia. Las que trabajan en casa o afuera. En sus profesiones, ocupaciones o misiones de paz, en las que se convierte cada uno de los días en casa.

Nos reinventamos en todo, económica, social y personalmente. No quedó otra en este año que vivimos en cuarentena. Porque lamento decirles, que sí, el año está perdido. El coronavirus llegó para hacer estragos en nuestra salud física y mental.

"Maquinita de afeitar? Deberían estar en oferta porque llevan menos" me dijo la cajera del súper. Inmediatamente pensé cuantas barbas habrán crecido con los barbijos, y cuantas piernas estarán en condiciones de pasearse libres, por no ahondar con el repaso de cosas que dejamos de hacer. Nos llenamos de nuevos conflictos, pero por suerte en la época de empoderamiento femenino quizá sean más fáciles de resolver. Y tras pensar eso, ahí me preocupé más.

Leo por ahí “la mujer empoderada es la que se vale por ella misma. Tiene una actitud firme ante sus decisiones, admite sus debilidades pero las convierte en fortalezas. La mujer empoderada se siente libre ante las adversidades”.

Listo. CASI soy una mujer empoderada.

Miro después que la escritora y defensora de los derechos de las mujeres, Margaret Shuler, define el empoderamiento como: El proceso por medio del cual las mujeres incrementan su capacidad de organizar sus propias vidas y su entorno, una evolución en la concientización sobre sí mismas, en su estatus y eficacia en las interacciones sociales”. Conclusión: no entren a internet para ver si son mujeres empoderadas o no.

Como mujeres, hoy luchamos por cumplir con cada uno de nuestros roles dentro de una sociedad, esa que primero juzga y luego tritura, antes de valorar la labor y el esfuerzo que cada uno coloca en lo que hace. Y ahí estamos nosotras, como una suerte de pulpo queriendo y teniendo que hacer todo para que no nos coma viva la culpa.

Porque todos los slogans son muy lindos, hasta que tenés que empezar el día saliendo presentable a la calle. Peinada, con algo de maquillaje que disimule las ojeras y el cansancio que no oculta el tapabocas, todo eso, si por milagro, llegaste a desayunar decentemente sin apelar al “me tomo unos mates y arranco”. El desayuno saludable y fitness que ves en las redes sociales se convierte en una utopía que nunca llega a tu mesa, donde ya sentarte un segundo parece un placer ligado sólo a los dioses.

Pero no todo termina ahí, ni arranca. Antes de cruzar el umbral del hogar tenés que dejar todo organizado para que "las bendis" sobrevivan tus horas de ausencia sin que intervenga servicios sociales, no quedando exenta por esto, de llamadas reiteradas, envíos de stikers, fotos que bien valdrían la tapa de Crónica; mensajes llenos de emojis y wasaps: “MAMÁ, mamá, mamita, mamuchita, mamaaaaaaaa, maaaaaaaaaaaaa” escrito 67 veces uno abajo del otro. Preguntas, que siempre llegan en momentos inoportunos (reuniones, firmas, teleconferencias y en mi caso, salidas al aire): “Tenemos azúcar mascabo? Porque vi una receta en tic toc”, “Ma, no encuentro la bolsa de agua caliente, es URGENTE”, “mamá no entiendo nada el trabajo sobre sistemas, puedo jugar a la play y después lo hago con vos”, “MAAAAAAAA…no encuentro la comida, te mando video de la heladera”, “mamaaaaaaaá Guille me pegó una patada en la nariz y me duele”, o cuando no detectas actividad durante toda la mañana y crees que explotó todo... hasta que encontrás el mensaje tranquilizador de “me acosté 4.30 de la mañana, de ser posible no me despiertes antes de las 13 hs, no tengo clases” , lo que a esta altura consideras una bendición.

La matemática de ahora parece para astronautas de la Nasa. La mirás y decís "yo dí eso??". Tratás de ayudar en algo y te advierten "la seño me lo enseñó diferente", y le decís "claro, si yo no soy la seño y no entiendo que cosa hacen con esta plataforma virtual". Todo esto, casí aceptable si no es que de la escuela te mandan un mensaje diciendo "se nota la ausencia de los padres". En serio??? Claro que hay ausencia si trabajamos 20 hs por día!!!...

Y ahí está la culpa, esa vieja compañera de viaje de la maternidad. Culpa vinculada a esa necesidad de hacernos cargo de todo. De las exigencias propias y ajenas que nos empeñamos en cumplir. Por las ausencias o las presencias ausentes, por la distancia, por el cansancio, por el trabajo, la profesión o la vocación. O el ocio dedicado a una misma, el mimo de encerrarse en el baño como un búnquer sagrado, para estar un rato solas, casi como un pecado capital que no pasaría ningún examen de conciencia.

Todo parece complicado hasta que vemos fuerza en ellos, cosas nuestras reflejadas en sus actos y pensamientos; hasta que te dicen “si te gusta hacelo, que nosotros después volvemos a nuestras rutinas y vamos a estar menos en casa”, o “si sabés que sos grossa mami, que hacés de todo”, y el abrazo al final del día recae en vos. Entonces pensás, después de todo a lo mejor sí puedo, volvés a sentirte empoderada, te dormís y arrancás el día otra vez.