Tanto en la aviación general como en la comercial —ya sea con aeronaves pequeñas y livianas, o con las que realizan viajes transoceánicos con centenares de pasajeros—, el despegue y el aterrizaje son las fases críticas de cada vuelo, ya que, de presentarse un problema (de la naturaleza que sea), el piloto deberá decidir, en algunos casos en milésimas de segundo, abortar la maniobra o continuar con la misma.
Entre otros aspectos, siempre se deberá tener en cuenta las condiciones meteorológicas (temperatura, presión, vientos, y visibilidad) y el peso del avión (incluidos el combustible, carga y pasajeros) porque, de acuerdo a estos parámetros, se calculará la longitud de la pista necesaria para operar con total seguridad.
Por eso hay pistas de kilómetros de extensión, otras de centenares de metros y, en estas últimas, suelen operan las aeronaves, civiles o militares, con características STOL (Short Take-Off and Landing, o despegue y aterrizaje cortos).
Pero hay una que llevó este parámetro al extremo y, pesar de ello, en la misma aterrizan y despegan habitualmente vuelos comerciales: es la del aeropuerto Juancho E. Yrausquin, ubicado en la pequeña isla de Saba, en el Caribe holandés —construida junto al mar, con abruptos acantilados a su alrededor y permanentes vientos fuertes—, y que solo mide ¡396 metros!, equivalentes a cuatro cuadras de una ciudad.
Un aeropuerto y una pista únicos
Saba es una pequeña isla rocosa de las Antillas Menores, en pleno mar Caribe, con una superficie de apenas 13 km² (equivalentes a 1300 hectáreas), que pertenece al Reino de los Países Bajos, y cuenta con una población de 1800 habitantes. Se encuentra a unos 250 kilómetros al sureste de Puerto Rico.
Las formas de llegar a la misma (tanto para residentes como para turistas) son dos: por barco (el trayecto en ferry desde St Maarten dura unos 90 minutos) y por aire. En este caso, la idea de contar con un aeropuerto cobró fuerza a fines de la década de 1950 y, el 9 de febrero de 1959, Remy de Haenen fue la primera persona que aterrizó en la isla.
Lo hizo al mando de un Dornier Do 27 (un monomotor alemán de ala alta y con capacidad para 4 o 6 pasajeros) en una pista de tierra y poco preparada, ubicada en la única llanura importante de la misma —llamada Flat Point—, donde hoy se encuentra la actual, y fue saludado por casi todos los habitantes de la isla, que concurrieron a presenciar este histórico momento.
El nombre del aeropuerto se instituyó en honor al estadista y político Juan Enrique (Juancho) Irausquin (1904-1962), ex ministro de Hacienda y Bienestar Social de Aruba (por entonces parte de los Países Bajos, bajo el dominio de la Colonia de Curazao y Dependencias), activo protagonista en el desarrollo económico de las Antillas neerlandesas, y a quien la reina Juliana le otorgó la Orden de Orange Nassau.
Su apellido correcto era Irausquin, pero, por un error tipográfico –cuyo responsable se perdió en el tiempo–, quedó inmortalizado en documentos oficiales y mapas como Yrausquin. Y no solo eso: también en el del aeropuerto de Saba, ya que en 1960 presentó el proyecto (y consiguió los fondos) para construir la aeroestación.
La misma fue la primera financiada íntegramente por Holanda porque, hasta ese momento, las islas neerlandesas del Caribe dependían del dinero generado principalmente en Aruba y Curazao. Los trabajos comenzaron pocos meses antes de la muerte de Yrausquin (que se produjo el 20 de junio de 1962) y, el aeropuerto, fue inaugurado oficialmente el 18 de septiembre de 1963.
Y, lo que hace especialmente singular al mismo, es la extensión de su pista asfaltada: mide apenas 1299,2 pies, o ¡396 metros!, lo que la hace un poco más larga que un moderno portaaviones nuclear, o que sea equivalente a casi cuatro cuadras de una ciudad.
Por esta particular característica, la de Saba es la pista comercial más corta del mundo y, por ello, no está habilitada para las operaciones de aviones a reacción, o jets. Por ejemplo, para que un imponente Boeing 747 pueda despegar con total seguridad —en el caso de que sus bodegas de carga y capacidad de pasajeros estén completas, además de sus tanques full de combustible— la pista debe tener una extensión de, al menos, 2,5 kilómetros de largo.
Por este motivo, las únicas aeronaves que operan en Saba son de características STOL, como los de Havilland Canada DHC-6 Twin Otter y los Britten-Norman BN-2 Islander. Ambos biturbohélices (de origen canadiense y británico, respectivamente) pueden variar sus configuraciones: el Twin Otter transporta hasta 19 pasajeros (máximo) y, el Islander, 9.
La compañía aérea caribeña Windward Islands Airways International (conocida como Winair) cubre la ruta a Saba desde las islas vecinas de St Maarten (con origen y llegada en el famoso aeropuerto internacional Princesa Juliana) y St Eustatius, con una frecuencia diaria de cuatro vuelos en temporada alta, y cuya duración es de 15 minutos.
Otras aerolíneas regionales que suelen operar en Saba son las regionales Anguilla Air Services, St Maarten Airways (SXM Airways) y Windward Express, que ofrecen servicios de vuelos charter privados y de transporte de cargas.
La plataforma del aeropuerto es pequeña, al igual que la propia terminal, que fuera destruida en septiembre de 1998 por el devastador huracán Georges, y reconstruida y reinaugurada en diciembre de 2002.
Este aeropuerto no cuenta con un servicio de provisión de combustible, así que los aviones comerciales y privados que llegan a la isla lo hacen con el carburante suficiente para poder regresar a sus aeroestaciones de origen, ya que aquí no podrán reabastecerse.
Sí existe una dotación y un vehículo de bomberos y, la torre, no trabaja específicamente como una de control de tráfico aéreo, sino que solo le brinda información meteorológica a los pilotos: dirección e intensidad del viento, visibilidad, temperatura, y presión atmosférica.
La orientación de la pista es 12-30 (sureste-noroeste), y está flanqueada, por un lado, por altas paredes rocosas de la montaña, y con profundos acantilados que caen al mar en ambas cabeceras. Asimismo, la presencia de fuertes y constantes vientos incrementan significativamente la dificultad para aterrizar o despegar desde la misma.
Las operaciones en Saba siempre son en condiciones VFR (Visual Flight Rules, o Reglas de Vuelo Visual), y no IFR (Instrumental Flight Rules, o Reglas de Vuelo Instrumental), ya que en condiciones de baja o mala visibilidad –o con la presencia de lluvia–, los vuelos no arriban a la isla, como tampoco lo hacen de noche.
Todas estas restricciones obedecen a una sola razón: la pista es corta. Muy corta. Y, por eso, no hay margen de error posible en una aproximación y aterrizaje, o un despegue. En el primer caso, si el piloto calcula mal y se queda “corto”, podría tocar tierra antes pero, por la exigua extensión de la pista, este toque sería directamente en el acantilado. O en el mar…
Para ello, si la aproximación no es la correcta, indefectiblemente deberá realizar un go around (el llamado escape, que es la maniobra donde se aborta el aterrizaje y la aeronave asciende para intentarlo otra vez).
Y, en el caso de que haya aterrizado y no desacelere y frene a tiempo, la excursión (que es cuando la aeronave se sale de la pista, o se detiene fuera de la misma), también podría terminar con el avión en las aguas del Caribe.
Esto también es válido para el despegue: el piloto deberá aplicar la máxima potencia del avión durante la carrera para que este se vaya al aire antes de que se le termine la pista ya que, en caso de emergencia, no hay lugar donde detenerse y existe el riesgo de caer al agua.
Obviamente, todas estas características presentan un enorme desafío para los pilotos y, quienes deseen operar aeronaves comerciales en Saba, deben aprobar un examen para volar en las muy especiales condiciones del lugar, entre otras, las relacionadas con emergencias, peso y performance de los aviones, y vientos.
Esta capacitación –y posterior evaluación– se basa en las regulaciones de la autoridad aeronáutica neerlandesa, y que se aplica para las particularidades de Saba. En la actualidad, el inspector que certifica que un piloto comercial está en condiciones de operar en dicha isla es el capitán Roger Hodge quien, a la vez, es el instructor de la flota de Twin Otter de la compañía Winair.
“Volar a Saba a veces se vuelve complicado pero, al saber cómo actuar, hacemos que parezca simple y tranquilo. Aunque las vistas (para los pilotos) son excepcionales, la dificultad es grande”, expresó Hodge en una entrevista con la cadena CNN.
Años atrás y, en una encuesta global realizada por PrivateFly (una plataforma de reservas para vuelos charter privados), la de Saba fue elegida como la aproximación a un aeropuerto “más pintoresca del mundo” ya que, tras volar directamente hacia la pared de la montaña, el avión recién vira muy cerca de ella para alinearse con la pista, la que se ve increíblemente pequeña, sobre un acantilado golpeado por el mar.
No obstante, Saba tiene un historial de seguridad excepcional ya que, a la fecha, jamás se produjo un accidente. Y, aunque no se puede soslayar el peligro que conlleva operar en estas condiciones, es una de las experiencias de la aviación civil más atractivas de las que están disponibles en cualquier parte del mundo. Por eso, la isla recibe a más de 70.000 turistas por año, que arriban en casi 1000 vuelos.
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