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Las dos caras de una guerra: la desolación de los bombardeos y la resistencia cultural

En medio de los ataques rusos que dejaron muerte y destrucción en ciudades ucranianas, Lviv se transformó en el lugar de la resistencia cultural que busca defender el modo de vida que antes llevaban los ciudadanos.

Hay dos caras muy marcadas de la guerra en Ucrania. Las imágenes de la desolación que provocan los bombardeos, como mostramos en Aire de Santa Fe en Kiev, o la destrucción casi total de ciudades como Mariupol, un punto clave en el mar Negro. La otra que aparece definida con nitidez es el del éxodo hacia el extranjero, con una primera parada en Polonia. Pero también hay una migración interna, que tiene a Lviv como la ciudad predilecta. Leópolis, como se la llama en español, fue blanco de un solo ataque desde que comenzó la guerra el 24 de febrero. El jueves pasado a la madrugada se produjo un bombardeo con misiles en un depósito de aviones que está en la parte posterior del aeropuerto.

Lviv se transformó de otro modo y con otros matices también en una ciudad de la resistencia. Una resistencia con otras armas, como la cultural, que busca defender el modo de vida que antes llevaban los ucranianos. El número de habitantes de Leópolis, que posee una población estable de 750.000 habitantes, aumentó de golpe en solo unos días cuando los bombardeos rusos en Kiev comenzaron a espantar a los que viven en la capital.

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Por la tarde, en Lviv se escuchan músicos de todos los estilos posibles en las calles.

Por la tarde, en Lviv se escuchan músicos de todos los estilos posibles en las calles.

Desde el 24 de febrero llegaron más de 300.000 personas a la ciudad, de acuerdo a cifras oficiales. Algunos la usan como una escala para cruzar la frontera hacia Polonia pero muchos no quieren o no pueden irse y se quedan, porque es una especie de oasis en medio de un país en guerra. Lviv es un enclave antirruso desde mucho antes que comenzara esta guerra. Por su historia Leópolis mira hacia el lado inverso a Moscú; hacia Europa. Su fisonomía elegante, con edificios construidos entre tres y cuatro siglos atrás, la transformó en la Viena de Europa del este. Y a diferencia de Kiev, que tiene una matriz eslava muy marcada, en Lviv se vive o vivía de otra manera.

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En Lviv ahora hay toque de queda a las 20. Y se escuchan las sirenas que alertan sobre posibles bombardeos varías veces al día. Pero los ucranianos que están en Lviv parecen indiferentes. En las calles del centro histórico, que es bellísimo con sus iglesias y callejones de empedrado, hay una batalla de artistas que durante los últimos días reaparecieron. Como los teatros están cerrados y los bares no venden alcohol la calle se transformó en el lugar de reunión entre el mediodía y las 17. En ese lapso todos salen a caminar por las calles.

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“Cuando comienza la primavera Lviv explota. El clima más cálido y los días un poco más largos hacen que haya mucha actividad cultural, con recitales, espectáculos al aire libre y largas noches en los bares. Pero ahora la guerra cambió todo. Sin embargo, Lviv conserva su espíritu”, explica Ruper, un traductor ucraniano que vive en Odesa, pero que después de un bombardeo que rompió los vidrios de su casa hace diez días decidió viajar con su madre y su abuela a Lviv.

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Una tarde en las calles de Lviv.

Una tarde en las calles de Lviv.

Cuando llegué a Lviv hace ocho días no había tanto movimiento en las calles. La ciudad parecía más calma, como si estuviera expectante y con cierto miedo ante la posibilidad de un bombardeo ruso. Pero también la gente se empieza a acostumbrar a esta situación tan particular. Y en Lviv decidieron que la guerra no va a cambiar, por lo menos por ahora, un estilo de vida. A la tarde se escuchan músicos de todos los estilos posibles en las calles.

Desde ancianos que interpretan canciones folklóricas ucranianas, con acordeón, hasta una violinista que toca tango e interpreta piezas de Piazzolla de una forma magistral. O grupos de jóvenes que tocan temas de Metálica con chelo y violín. También se ven cabezudos para sacarse fotos con los niños, que hay muchos, porque los que emigraron hacia aquí son fundamentalmente mujeres y chicos, ya que los hombres entre los 18 y 60 años son considerados reservistas y no pueden salir de las ciudades donde viven. Como las escuelas están cerradas la calle tomó un brillo particular y también un sentido.

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Se ven en ellas una mixtura social llamativa, desde personas pobres que piden para comer, hasta hombres y mujeres que se mueven en Mercedes Benz o BMW y visten como magnates con las mejores prendas europeas. “Aquí se refugió la gente que huyó de la guerra y también los oligarcas ucranianos que se enriquecieron con el periodo de apertura tras la caída de la Unión Soviética”, resume el traductor, que agrega que esta elite es la que financió la campaña del presidente ucraniano Volodímir Zelensky.

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Lviv pertenece a la región de Galitzia. Y durante los últimos siglos perteneció a varios países, como Alemania, Polonia, la Unión Soviética y a Ucrania recién en 1990. Por ese recorrido Leópolis tiene un ansía de autonomía, algo que buscaron a fines de los 60 pero el bloque soviético lo impidió sin mucha discusión.

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El número de habitantes de Leópolis, que posee una población estable de 750.000 habitantes, aumentó de golpe en solo unos días cuando los bombardeos rusos en Kiev comenzaron a espantar a los que viven en la capital.

El número de habitantes de Leópolis, que posee una población estable de 750.000 habitantes, aumentó de golpe en solo unos días cuando los bombardeos rusos en Kiev comenzaron a espantar a los que viven en la capital.

El centro de Leópolis es un laberinto de calles con edificios antiguos construidos en distintos siglos. Ahora varios de los museos y edificios históricos están tapados con chapas y maderas para protegerlos de los bombardeos.

La otra cara de Lviv es Kiev, donde no hay un alma en la calle, porque los bombardeos son permanentes, sobre todo desde el domingo pasado. El gobierno dispuso un toque de queda general hasta hoy. Nadie podía andar en la calle porque era considerado un objetivo militar. Los periodistas que se quedaron en Kiev no pudieron salir ni siquiera a la vereda, porque la disposición del gobierno se hizo cumplir.

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