En 1972, aún exiliado en Madrid y poco antes de volver a Argentina, Juan Domingo Perón difundió un texto que, medio siglo después, todavía sorprende por su actualidad: el “Mensaje ambiental a los pueblos y a los gobiernos del mundo”, donde alertaba sobre “la marcha suicida que la humanidad ha emprendido mediante la contaminación del medio ambiente y la biósfera y la dilapidación de los recursos naturales".
En esos años se comenzaba a hablar de ecología a nivel global y algunos países empezaban a construir entramados institucionales para ocuparse del tema, con eje en la contaminación del aire y del agua, la gran preocupación socioambiental de ese momento. En ese contexto se realizó la Conferencia sobre el Medio Ambiente Humano en Estocolmo en 1972, la primera gran conferencia mundial sobre el tema.
Según el análisis de Eduardo Toniolli, diputado nacional peronista por Santa Fe, el mensaje ambiental de 1972 “alerta a los pueblos y -particularmente- a los líderes mundiales, que la relación que el orden mundial dominante venía estableciendo con la naturaleza ponía en riesgo la misma supervivencia de la humanidad”.
Ante este equilibrio del miedo que planteaba la Guerra Fría, Perón plantea -según Toniolli- “una idea de desarrollo orientada a satisfacer las necesidades básicas de la humanidad toda, y no las que imponen los sistemas sociales de despilfarro masivo, como define a las sociedades de consumo”.
Las claves del mensaje ambientalista de Perón
Ya como presidente argentino por tercera vez, Perón decidió en 1973 crear la primera secretaría ambiental nacional: la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano (SRNAH). “Esto ocurría al mismo tiempo que los países noroccidentales creaban sus primeras agencias ambientales”, señala el trabajo “Luces y sombras de la política ambiental argentina entre 1983 y 2013”, de Ricardo Gutiérrez y Fernando Isuani, que agrega que la primera secretaría ambiental británica fue creada en 1971, mientras que la agencia ambiental estadounidense data de 1972.
Toniolli subrayó ese punto: “En el corto período de tiempo que le tocó gobernar tras su vuelta a la Argentina, creó la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano, la primera en la materia en nuestro país y en la región, y nombró en el cargo a la científica Yolanda Ortiz”. Fue en homenaje a esa científica que el Congreso Nacional aprobó en 2020 la Ley Yolanda, “que tiene como objetivo garantizar la formación integral en ambiente para las personas que se desempeñan en la función pública”, agregó el diputado.
La dinámica feroz de la política argentina de ese momento se llevó puesto todo: tras el golpe de Estado de 1976 esa secretaría fue desmantelada y la preocupación por la naturaleza quedaría, como tantas otras cuestiones, relegada hasta bien avanzado el retorno de la democracia.
La crítica a la civilización del automóvil que hace Perón
En algunos tramos de ese texto, Perón destaca la necesidad de que la acción política acompañe a la evidencia científica, a la hora de tomar decisiones para garantizar la defensa del ambiente: “La concientización debe originarse en los hombres de ciencia, pero sólo puede transformarse en la acción necesaria a través de los dirigentes políticos”, escribió, al tiempo que alertó sobre las consecuencias de no hacerlo: “Si se continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, sólo puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas”.
En el “Mensaje ambiental a los pueblos y a los gobiernos del mundo”, Perón habla también del auto: “El hombre inventó el automóvil para facilitar su traslado, pero ahora ha erigido una civilización del automóvil, que se asienta sobre un cúmulo de problemas de circulación, urbanización, seguridad y contaminación en las ciudades, y que agrava las consecuencias de la vida sedentaria”.
Eso está ligado, en su análisis, con las “mal llamadas sociedades de consumo que son, en realidad, sistemas sociales de despilfarro masivo, basados en el gasto porque el gasto produce lucro”. “Se despilfarra mediante la producción de bienes innecesarios o superfluos y, entre estos, a los que deberían ser de consumo duradero, con toda intención se les asigna corta vida porque la renovación produce utilidades” dice el documento escrito en 1972.
También destaca el contraste entre “llegar a la Luna gracias a la cibernética” y “matar el oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, y elevar la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biológicas. Ya en el colmo de su insensatez, mata al mar que podía servirle de última base de sustentación”, agrega Perón.
Contaminación y agricultura industrial
En la década de los ’70, la contaminación del aire y del agua era, probablemente, el gran tema de debate desde un análisis ambiental. Por eso Perón retoma ese tópico y critica “la creciente toxicidad del aire de las grandes ciudades”, así como “el despilfarro de agua dulce, tanto para el consumo humano como para la agricultura”.
También menciona “la erosión provocada por el cultivo irracional o por la supresión de la vegetación natural”, y el “pretender reemplazar con productos químicos el ciclo biológico del suelo, uno de los más complejos de la naturaleza”.
Para detener la degradación de la naturaleza por el ser humano Perón propone “una revolución mental” que permita comprender “que el hombre no puede reemplazar a la naturaleza en el mantenimiento de una adecuado ciclo biológico general; que la tecnología es un arma de doble filo; que el llamado progreso debe tener un límite y que incluso habrá que renunciar a algunas de las comodidades que nos ha brindado la civilización; que la naturaleza debe ser restaurada en todo lo posible, y que los recursos naturales resultan agotables”.
¿Cómo se llega a eso? A través de “nuevos modelos de producción, consumo, organización y desarrollo tecnológico que, al mismo tiempo que den prioridad a la satisfacción de las necesidades esenciales del ser humano, racionen el consumo de recursos naturales y disminuyan al mínimo posible la contaminación ambiental”.




