Hay mucha gente que no sabe que en la provincia de Santa Fe hay monos. Son los más australes del mundo, muy pocas veces bajan de los árboles y tienen el aullido más potente en un animal terrestre. Se escucha a cinco kilómetros y suena más fuerte que el rugido del Rey León.
¿Por qué hay monos en Santa Fe y cómo sobrevivieron al avance de la frontera agrícola y la degradación de la cuña boscosa? Romang y Reconquista marcan el límite sur del hábitat de los monos carayá, que viven en los bosques y selvas de Corrientes, Misiones y parte de Brasil, Paraguay y Bolivia.
“Los monos son de latitudes tropicales, pero el microclima de las islas de la ancha cuenca del Paraná -más de 30 kilómetros entre una costa y la otra- es más húmedo y cálido. La selva de inundación del Paraná Medio generó las condiciones para que el hábitat de los monos carayá llegue hasta el noreste santafesino”, le explicó a Aire Digital Gustavo Rotta, uno de los especialistas que más sabe de monos en Santa Fe. Es biólogo y su tesis de doctorado en Ciencias Naturales (Universidad Nacional de La Plata) es sobre la ecología de los monos carayá.
Si pueden, se quedan siempre arriba de los árboles, como Cósimo, el protagonista de “El barón rampante” de Italo Calvino.
“La mayor amenaza para la especie es la fragmentación de su hábitat -los árboles- por el avance de la agricultura. Por eso en la islas están las poblaciones más importantes”, indicó el biólogo. Pero los monos santafesinos no sólo se refugian en las islas y todavía se pueden ver algunos grupos en las zonas boscosas cercanas a Villa Guillermina.
En la Argentina, los monos carayá son considerados una especie vulnerable por la deforestación y su sensibilidad al virus de la fiebre amarilla (la enfermedad tiene una alta tasa de mortalidad en la especie). Hasta el momento, en Santa Fe no se hizo un censo de monos, pero la densidad que registró Rotta en las islas cercanas a Reconquista y Puerto Ocampo (Bellavista) oscila cerca de los 2 monos por hectárea.
En las islas y en lo que queda de la cuña boscosa, los monos carayá comen frutas y hojas de 30 especies de árboles como el timbó blanco, colorado y la fruta del ingá. “También buscan mucho los higos chiquitos que crecen en las higueras”, contó Rotta.
Duermen mucho. Entre diez y catorce horas por día y con largas siestas porque necesitan digerir el alto contenido de celulosa que viene en las hojas de los árboles y plantas. Se “acuestan” en ramas gruesas y altas. En invierno, que tienen frío, los monos se amontonan y se hace como una bola de monos en los árboles.
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Si pueden, se quedan siempre arriba de los árboles -como Cósimo, el protagonista de “El barón rampante” de Italo Calvino- y sólo bajan para tomar agua cuando no la pueden obtener de las gotas de lluvia que quedan acumuladas en las hojas de los árboles o de algunas frutas.
No quieren bajar porque en el suelo están sus predadores. Antes eran el puma, el yaguareté y más al norte -por ejemplo, en Misiones o en Brasil- algunas águilas grandes, pero en el norte de Santa Fe el mayor riesgo lo corren con los perros, que los atacan.
¿Por qué aullan?
El que nunca haya escuchado vocalizar a un mono carayá se va a sorprender y hasta se puede asustar. Es un aullido gutural, muy fuerte y que las machos usan para advertir que en ese territorio los que mandan son ellos. “Suele aullar a la mañana bien temprano, a la tardecita y antes de que llueva, cuando escuchan los truenos. El sonido es muy potente, más fuerte que el rugido de un león, porque tienen expandido uno de los huesos de la garganta y se forma como una caja de resonancia”, destacó Rotta.
El grito es importante para evitar violentas peleas. Como el homo sapiens, el mono es un animal gregario y vive en una comunidad que domina un macho alfa (son de color negro y las hembras y los juveniles de un tono dorado, tirando a rubio o amarillo). Si otro macho lo desafía y lo derrota, se queda con las hembras y mata a todas las crías.
Una especie “paraguas”
Rotta, que ha pasado muchas horas de su vida observando a estos monos, asegura que en la zona de islas al norte de Reconquista y Villa Ocampo -en muchos puntos de Jaaukanigás- es posible avistarlos, sobre todo con la ayuda de algún guía que conozca la región. Es importante llevar binoculares y una cámara con un zoom potente para poder mirarlos de cerca.
No son animales que se puedan domesticar y hay que protegerlos de la tentación de convertirlos en mascotas. "Hace algunos años pasaba que los ofrecían en las rutas del norte de Santa Fe y Chaco. Además de que no es ético arrancarlos de su ambiente natural existe el riesgo de que los machos sean dominantes y más agresivos cuando crecen. No son mascotas", insistió Rotta.
“Para nosotros, lo importante también es que es una especie paraguas, que puede proteger a otros animales. Como los monos son carismáticos, pueden funcionar como una herramienta para proteger un hábitat que incluye a muchas otras especies importantes de aves, mamíferos y reptiles”, destacó el biólogo.
Es cierto. Las 492.000 hectáreas de Jaaukanigás, que es un sitio Ramsar, tienen un enorme potencial para el turismo sustentable y con un enfoque muy parecido al de los famosos Esteros del Iberá en Corrientes.
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