viernes 24 de junio de 2022
Gritos de la Tierra | Incendios en Australia |

Australia: un país en llamas gobernado por un negacionista climático

Los incendios ya afectaron una superficie igual a la mitad de la provincia de Santa Fe. Su primer ministro, Scott Morrison, considera que la quema de combustibles fósiles no tiene consecuencias y que piensa, como su colega estadounidense Donald Trump.

Australia, un país grande como un continente al que a veces se compara con Argentina por sus enormes extensiones y su historia de inmigración, atraviesa desde el pasado mes de septiembre una crisis sin precedentes como consecuencia de incendios forestales fuera de control que ya han devastado partes enteras de su territorio.

A modo de ironía su primer ministro, Scott Morrison, es un negacionista climático que considera que la quema de combustibles fósiles no tiene consecuencias y que piensa, como su colega estadounidense Donald Trump, que todo es fruto de científicos exagerados que están en contra del crecimiento económico de su nación.

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En ese país, la industria del carbón es, junto a la minería, una de las más poderosas e influyentes. Australia es, de hecho, el primer exportador mundial de carbón. El problema es que, según todos los reportes y análisis científicos, la quema de combustibles fósiles (como el carbón) es la primera causa de emisiones contaminantes que generan el cambio climático al alterar las condiciones normales de la atmósfera.

Condiciones extremas

Tras padecer en 2019 el año más caluroso de su historia, la actual temporada de incendios, con seis millones de hectáreas quemadas (casi la mitad de la superficie de la provincia de Santa Fe) ya se cobró la vida de 23 personas y de casi 500 millones de animales, según estudios de la Universidad de Sydney.

Australia sufre actualmente un largo período de sequía y una subida de las temperaturas promedio que, desde 1910 a la actualidad, han subido alrededor de un grado.

Un punto de comparación interesante pueden ser los incendios en el Amazonas del invierno pasado, que causaron conmoción mundial y desataron incluso conflictos diplomáticos entre Brasil y algunos países europeos: la superficie afectada fue de 2,5 millones de hectáreas, menos de la mitad de lo que atraviesa ahora el gigante de Oceanía.

Australia sufre actualmente un largo período de sequía y una subida de las temperaturas promedio que, desde 1910 a la actualidad, han subido alrededor de un grado. Además, según información del propio gobierno de ese país, el período comprendido entre enero y noviembre de 2019 fue el segundo más seco registrado desde 1902, así como el más caluroso.

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Gran parte de esa nación experimenta una sequía prolongada debido a la falta de lluvias, un escenario que se agrava por fuertes vientos en todo el territorio que avivan y propagan las llamas, según consignó la agencia France Presse.

El peor alumno climático

La clase política de la nación oceánica, muy dependiente del lobby de las industrias del carbón y de la minería, han hecho poco y nada por enfrentar las consecuencias del cambio climático en su territorio, a pesar de que fue uno de los temas más debatidos durante la campaña electoral de mayo del año pasado, cuando se eligió al nuevo primer ministro.

Durante la última década, la política energética ha sido el talón de Aquiles de los sucesivos gobiernos laboristas y conservadores en el país oceánico.

La desidia política en relación al calentamiento global queda expresada, por ejemplo, a través del lugar que ese país ocupa en el Climate Change Performance Index, un ranking que cataloga a los países según su grado de acción climática positiva: Australia está en el puesto 56, entre los “peores alumnos” sobre todo por su escasísimo compromiso con las energías renovables y su falta de ambición para reducir las emisiones contaminantes de dióxido de carbono.

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Por el contrario, el gobierno de ese país sigue promoviendo la expansión de los combustibles fósiles y en abril de 2019 aprobó la apertura de la muy controvertida mina de carbón Adani.

Durante la última década, la política energética ha sido el talón de Aquiles de los sucesivos gobiernos laboristas y conservadores en el país oceánico. Si bien la presión ciudadana para que la acción climática sea política de estado es cada vez mayor, por ahora parece ganar el poder de lobby de las poderosas industrias del carbón y de la minería.

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