El punto de partida está en el calendario: el 21 de septiembre marca el comienzo de la primavera en el hemisferio sur. Es una estación asociada con el renacer de la naturaleza, los días soleados y la vitalidad después del invierno. En ese contexto, regalar flores siempre fue un gesto cargado de simbolismo, y el amarillo resulta especialmente significativo: evoca el sol, la alegría, el optimismo y la fuerza de lo nuevo.
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Sin embargo, la costumbre no se consolidó solo por la estación. Su verdadero impulso vino de la ficción televisiva. A mediados de la década de 2000, la telenovela juvenil Floricienta, creada por Cris Morena, incluyó una escena que se volvió icónica: la protagonista soñaba con recibir flores amarillas, gesto que se convirtió en un símbolo de amor romántico e idealizado.
La canción homónima, parte de la banda sonora del programa, reforzó esa imagen y quedó grabada en la memoria colectiva de toda una generación.
floricienta
Floricienta: flores amarillas.
Con el tiempo, las redes sociales hicieron el resto. A partir de publicaciones virales, memes y desafíos, regalar flores amarillas el Día de la Primavera dejó de ser solo una referencia a Floricienta y se transformó en un ritual compartido, especialmente entre jóvenes.
Cada septiembre, las florerías reportan un aumento en la demanda de girasoles, rosas o margaritas amarillas, mientras que las plataformas digitales se llenan de fotos y mensajes con el hashtag alusivo.
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¿Qué significa el color amarillo?
El significado del color también aporta fuerza a la costumbre. El amarillo no solo transmite alegría y vitalidad; también está asociado a la esperanza, a los nuevos comienzos y a la energía renovadora de la primavera.
De este modo, entregar flores amarillas puede entenderse como un deseo de bienestar, un gesto de amistad, una declaración de amor o incluso un mensaje de ánimo en tiempos difíciles.