Uno podría suponer que ningún melómano –gente a la que se le va la mano coleccionando y escuchando música– necesita que le presenten a Franco Luciani. Tampoco a ningún consumidor promedio de música popular argentina. Con audiencias masivas, proclives al mainstream de las industrias culturales, la cosa se pone más difícil. Y sabemos que a Franco eso no le preocupa, la híper fragmentación de audiencias y consumos, que esa falta de apego a la historia musical como historia viva, como memoria esencial, que la deriva de la música popular argentina (que convierte en clásico a cualquiera que tenga más de 500.000 reproducciones en Youtube o Spotify) no lo afecta solamente a él.
“Ya hay personas, muchísimas, que no saben quién fue Mercedes Sosa o tienen una referencia muy vaga”, parece que exagera. Pero completa:
“Cambió el paradigma, no hay más de esos artistas conocidos por varias generaciones, los que quedan son muy puntuales o recontra clásicos con más de 25 años de carrera. Yo encima soy un tipo de muchos lugares, abro tanto el juego que finalmente quedo en un camino con muchas líneas tiradas, para nada simple, más lento. Ha cambiado el concepto de artista popular y masivo, no es solo un problema de Franco Luciani.
Por eso invertimos un párrafo para presentarlo a les lectores de AIRE. Tiene 40 pero cumple 20. Nació en una ciudad que nos enorgullece y últimamente nos duele, donde la marca turismo compite con motes tales como “capital nacional del delito complejo”. Es hincha visceral –como el Che, Fontanarrosa, Nebbia, Olmedo y Fito– de Rosario Central, a quien le obsequió su primera composición: "El Canaya". Estudió percusión sinfónica y como percusionista o baterista tocó en varios pre-cosquines, hasta que alguien le sugirió dedicarse a un instrumento con el que haría la diferencia, pero le costaría horrores hacerse famoso y millonario: la armónica cromática. Franco colaba la armónica y se decía que desde el increíble Hugo Díaz (que al igual que el Chango Farías Gómez, tocaba y arreglaba sin leer música, como si Dios los soplase) no se había escuchado nada igual.
Aquí aparece el padre, que guardaba una armónica en la guantera del auto, la primera que cayó en sus manos y en donde empezó a replicar la técnica de disociar las manos y frasear yeites aprendidos con la percusión. También fue su papá el que le acercó material de Toot Thielemans, acaso uno de los mejores de todos los tiempos en su instrumento y para que descubriese las tremendas posibilidades expresivas de ese pequeño recorte metalizado que solía fungir como complemento o filete de arreglos country, rockeros o jazzeros. Hoy Franco es uno de los mejores armonicistas de América y del mundo y también es papá, del pequeño Arandú, y compañero de vida y músicas (si son la misma cosa, una maravilla) de la rafaelina Victoria Birchner, una de las más bellas y jóvenes voces del folklore argentino.
Tiene nueve discos registrados y tocó con artistas de la talla de Mercedes Sosa, Fito Páez, Egberto Gismonti, Lila Downs, Snarky Puppy, Pedro Aznar, Gotán Project, Víctor Heredia, Divididos, Raúl Carnota, Jaime Torres, María Volonté, Los Wawancó y Eva Ayllón y más. En uno de sus viajes a Bélgica, conoció a uno de sus héroes y referentes: sentado en el living de Toot Thielemans, tocó a capella el tango "Garúa", un maravilloso arreglo más bien, porque todo lo que Franco toca –respetando las rítmicas del cada género– se convierte en otra cosa, en eso que era y en algo sorprendente y mejor.
En 2002 fue revelación de Cosquín y premiado como Mejor Solista Instrumental. Pero no se quedó donde tantos se quedaron o empezaron a languidecer:
“Yo hago retrospectiva y veo que la verdad es que le puse mucha energía, las cosas no pasaron porque sí. Fue todo luego de la revelación en Cosquín, pero si luego de ese premio de gran envergadura no hacés nada, no pasa nada” (…) “Hay muchos, muchos y muchas que ni siquiera se dedicaron a la música, yo me propuse ir por lo mío. Por eso estoy muy agradecido a mi familia, porque si hay un prejuicio acerca de poder vivir de la música, no te cuento con un instrumento como la armónica. El clásico de…”vas a vivir de la música, ahá… y sos violinista en una orquesta estable ¿por ejemplo? ¿Armonicista? ¡Déjate de joder!”.
En un espacio cultural del nivel y la imponencia del Pompidou, en el Centro Cultural Néstor Kirchner (cuando Franco lo nombró estalló una de las muchas ovaciones de la noche) y más precisamente en la “Ballena Azul”, festejó sus 20 años de trayectoria.
Piedra y camino
Ya dijimos algo que él jamás aceptaría sin reparos: es uno de los mejores del mundo en su instrumento, grabó un disco homenaje a Thielemans con los mejores y en 2015 participó de un “mundial de armoniquistas” en Alemania, patrocinado por Hohner, la fábrica de armónicas más importante del mundo, donde forma parte de una galería de maestros del instrumento. Scaloni: Luciani es argentino, más precisamente santafesino y hace rato juega en los mejores escenarios nacionales e internacionales, como en la Ballena Azul, en la ciudad donde está radicado desde hace varios años. Si tocó el himno de Central en Arroyito, puede y merece tocarlo en Qatar.
El show completo está libre y generosamente servido en el enlace que figura al final de la nota, se disfruta por casi dos horas y vale la escucha atenta. Allí se plantaron dos inoxidables como Leonardo Andersen (guitarras) y Pablo Motta (contrabajo y arreglos), a los que sumó Bruno Resino (batería y percusión) y un ajustadísimo cuarteto de cuerdas (Javier Weintraub, Julia Testa, Eduardo Peroni y Nicolás Rossi); y desfilaron como invitados Guillermo Fernández –por un momento imaginamos un tema que ambos interpretan increíblemente y nos pusimos a temblar: Oblivion, pero temblamos igual– José Pepe Colángelo, Victoria Birchner -donde Franco condensa “amor, familia y respeto profesional”- Teresa Parodi, Mavi Díaz, Daniel Godfrid, Peteco Carabajal, Lidia Borda y también rosarino Juan Carlos Baglietto, con quien hicieron tal vez el punto más alto del setlist: El Témpano, con un arreglo donde se ensamblan increíblemente zamba, chacarera y una balada rockera.
Sobre el final todos fueron invitados a cantar “Piedra y Camino”, esa zamba donde Yupanqui donde paisaje interior y exterior se funden para contarse mutuamente. Franco se emociona pero no se despide, promete 20 años y muchos más de la más maravillosa música, que debería ser un regalo accesible para todo el pueblo. Alguna vez nos dijo que “en los cuarentas o cincuentas, el tipo que laburaba se limpiaba las manos con grasa, se empilchaba y se iba a bailar con la orquesta de Troilo, entonces que el pueblo tenga buena calidad y cultural es un derecho, y los gobiernos deberían garantizarlo”.
Derecho al Mono Villegas, a Astor Piazzolla, a Mercedes Sosa, a Luis Spinetta, a Waldo de los Ríos, a Horacio Salgán, al Cuchi Leguizamón, y en esa lista, también derecho a Franco Luciani.
Recital completo: Franco Luciani 20 años / Centro Cultural Kirchner / 10 de noviembre de 2022
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