El fin del mito: las razones detrás de la separación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
A más de dos décadas del último show de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, los detalles de la pelea entre el Indio Solari y Skay Beilinson que dinamitó a la banda más grande del rock argentino.
El Indio Solari y Skay Beilinson supieron ser la dupla creativa más influyente del rock argentino. El recelo por la custodia de los archivos históricos del grupo terminó quebrando una amistad de décadas y disolviendo a la banda en 2001
En agosto de 2001, sobre el escenario del Estadio Chateau Carreras de Córdoba (hoy el Estadio Kempes), nadie imaginaba que el acorde final de Un poco de amor francés sería, también, el final de una era. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se llamaban a un "parate por tiempo indeterminado". Lo que al principio pareció un descanso necesario tras el desgaste de la gira de Momo Sampler, terminó convirtiéndose en la separación más dolorosa y definitiva de la música popular argentina.
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Durante años se tejieron mitos urbanos, teorías conspirativas y secretos de pasillo. Sin embargo, con el tiempo, los propios protagonistas —el Indio Solari, el guitarrista Skay Beilinson y la mánager, la Negra Poli — rompieron el silencio y revelaron que el gigante no cayó por presiones externas, sino por una feroz interna por el control del patrimonio de la banda.
La disputa por "el tesoro": el detonante de la separación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
El punto de no retorno ocurrió en una reunión privada. El Indio Solari reclamaba una copia de los soportes originales de audio y video de los shows históricos de la banda, particularmente los recitales en los estadios de Huracán (1993 y 1994) y Racing (1998).
Skay y Poli, quienes custodiaban ese material, se negaron a entregar las copias argumentando que los archivos debían permanecer en un solo lugar seguro para evitar filtraciones, piratería o el asedio de las multinacionales discográficas. Para el cantante, esa negativa fue leída como una traición al pacto de horizontalidad que los había unido desde los sótanos platenses en los años 70.
"Me dolió que no me tuvieran confianza. Pedí una copia de los videos de Huracán y Racing, y Poli y Skay me lo negaron. Ahí me di cuenta de que ya no se respetaba la toma de decisiones común. Decidí que no iba a cantar más con una soga al cuello", confesaría el Indio Solari años más tarde.
El desgaste de la independencia y el factor musical
La ruptura no fue un hecho aislado, sino la cumbre de un desgaste que ya llevaba años. Gestionar el fenómeno ricotero de manera 100% independiente se había vuelto una tarea titánica y peligrosa. Pasar de los teatros a estadios de fútbol implicaba lidiar con operativos de seguridad gigantescos, tensiones políticas y tragedias como la de Walter Bulacio, que habían dejado cicatrices profundas en el grupo.
A esto se sumó una evidente distancia estética en los últimos discos (Último bondi a Finisterre y Momo Sampler). El Indio se inclinaba cada vez más por las computadoras, las bases electrónicas y la tecnología, mientras que Skay defendía el pulso clásico de las guitarras y el rock orgánico. Aunque lograron amalgamar ambos mundos en canciones memorables, la convivencia artística estaba agotada.
Un pacto roto que nunca tuvo retorno
Los Redondos no eran solo una banda de rock; eran una hermandad hermética que se manejaba bajo códigos de lealtad inquebrantables. Cuando la confianza del triunvirato (Indio-Skay-Poli) se quebró, el barco se hundió de inmediato.
El silencio posterior alimentó la mística, pero las heridas nunca sanaron. Tras la disolución, los caminos se bifurcaron de forma definitiva. El Indio Solari formó Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, manteniendo los shows de convocatoria religiosa. Skay Beilinson inició su camino solista junto a Los Seguidores de la Diosa Kali, refugiándose en un perfil más íntimo y guitarrero.
La separación de Los Redondos dejó un vacío insondable, pero también consolidó su mito. Demostraron que, fieles a sus propias letras, prefirieron quemarse por completo antes que oxidarse en la tibieza de la repetición.






