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El trabajo detrás del “control” de Gran Hermano
Años antes de convertirse en parte del equipo del programa, Porchietto, una joven estudiante de Letras, había sido muy crítica con Gran Hermano. "No entendía por qué la gente prefería quedarse mirando la pantalla en vez de salir a divertirse", confesó en su artículo. Sin embargo, su visión cambió cuando la llamaron para trabajar en el ciclo. Empezó a amar la televisión, y a comprender que en este género, al igual que en la ficción, las historias también se construyen.
El formato de Gran Hermano era una "fábrica fordista", un engranaje perfectamente ajustado donde todos tenían roles bien definidos: guionistas, productores, editores y técnicos. A medida que los concursantes vivían su día a día, los guionistas y editores observaban cada uno de sus movimientos desde el "control" a través de 36 monitores. El trabajo, de hecho, consistía en decidir qué momento de esos días sería narrado al público y cómo hacerlo.
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La narrativa: un juego de manipulación sutil
Contrario a lo que muchos piensan, los guionistas no escribían tramas ficticias, sino que seleccionaban y pulían los momentos reales de los concursantes para crear la narrativa. En sus palabras, la vida dentro de la casa era "cruda", y el trabajo de los guionistas era decidir qué recorte de esa realidad debía ser expuesto al público.
Es decir, no se trataba de inventar historias, sino de capturar "la emoción real", algo que la ficción a menudo no podía ofrecer.
En el control, dos guionistas seleccionaban qué situación debía ser seguida por las cámaras en tiempo real, creando una nota que luego sería editada y presentada a los televidentes. Según Porchietto, el guionista se convertía en un "espía" que observaba de manera obsesiva cada detalle de la vida de los concursantes, para luego transformarlos en una historia que enganchara a los televidentes.
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Gran Hermano comenzó en el 1999.
La edición: el último paso para crear la historia
Luego de que los guionistas entregaban su selección, el productor de edición y su equipo se encargaban de darle forma. La magia sucedía aquí: ¿qué música acompañaría la escena? ¿Qué fragmentos serían seleccionados para mantener el suspenso? "La manipulación es sutil", confesaba Porchietto, y reconocía que en este proceso estaba el verdadero poder: el que cuenta la historia es quien tiene la capacidad de decidir qué se muestra y qué se omite.
El trabajo de los guionistas se transformaba así en una suerte de danza entre la realidad y la ficción. Y mientras que la mayoría de los televidentes creía que lo que veían era el reflejo puro de la vida de los participantes, en realidad estaba cuidadosamente diseñado para captar lo más emocionante y dramático.
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Gran Hermano, un fenómeno inquebrantable
El regreso de Gran Hermano en 2022, con picos de audiencia que no se veían desde su época de mayor éxito, confirmó que el fenómeno del reality no había perdido su poder. "El monstruo de lo real", como lo llamaba Porchietto, seguía intacto, capaz de generar una especie de "morboso" magnetismo que no podía dejar de cautivar al público. Por más que los tiempos cambiaran y las plataformas de streaming fueran una competencia feroz, la esencia del programa, su capacidad para despertar emociones genuinas, seguía siendo inquebrantable.
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Lecciones sobre la manipulación de la realidad en Gran Hermano
En su reflexión, Porchietto no solo revelaba el funcionamiento detrás de Gran Hermano, sino también algo más profundo: el programa, con su mirada omnipresente, exponía la realidad de una manera que, sin dejar de ser manipulada, apelaba directamente a las emociones de los televidentes.
En este escenario, los guionistas se convirtieron en los arquitectos invisibles de una historia que, aunque en apariencia no era ficción, sí era una construcción narrativa muy elaborada.