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Sin competencia interna entre partidos, las Paso se transforman en una virtual primera vuelta
Por Hernán Lascano
Las elecciones primarias tendrán el domingo próximo un distintivo que, a nivel presidencial, las convierte en una virtual primera vuelta electoral. La primaria es la prueba donde dos o más precandidatos de un mismo espacio se enfrentan y el que gana es el candidato del espacio. Nada de esto ocurrirá en 2019 porque los partidos o alianzas que participan llevan un solo aspirante a la presidencia.
Esto transforma a la elección en una encuesta de muy alta validez porque se votan preferencias positivas. Los motivos por los cuales el votante de un partido podría intervenir en la interna del otro quedan eliminados porque no habrá tal interna. El domingo a la noche, en consecuencia, lo que habrá es una foto bastante nítida de lo que cada habitante de la Argentina siente como mejor gobernante posible.
El segundo punto interesante de estas Paso (Primarias abiertas, simultáneas y obligatorias) es la proyección de una ventaja escueta entre el primero y segundo más votado. Las encuestadoras más importantes difieren como siempre pero sitúan una distancia no mayor a cinco puntos entre Alberto Fernández (Frente de Todos) y Mauricio Macri (Unidos para el Cambio). Eso supone un escenario de paridad, aunque hasta los encuestadores más próximos al gobierno prevén una derrota del oficialismo. En todos los escenarios de los sondeos Fernández está arriba. Pero en un contexto de fractura del electorado que instala un pronóstico imposible sobre quién se pondrá la banda en diciembre. Habrá una polarización marcada entre dos candidatos que tienen un núcleo duro de adherentes pero que también producen importantes rechazos.
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Las PASO, como se dijo, no serán una interna abierta, que es el motivo por el que nacieron. Como se parecen más a la elección general del primer turno, que será el 27 de octubre, los competidores fueron modificando sus artefactos discursivos. El que más cambió fue Unidos para el Cambio. En el primer momento el gobierno sostuvo que al no haber internas las primarias eran un gasto insensato y bregó por suspenderlas. Pero al no poder apartarse del sistema electoral advirtió el alto precio que tendría para sus chances una deserción masiva de sus posibles votantes.
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¿Por qué razón las PASO le importaron al oficialismo? Porque el macrismo necesita producir el escenario de una elección reñida para atraer esos electores que solo optarían por votarlo, como sucedió en 2015, para desnivelar un cabeza a cabeza con el kirchnerismo. La necesidad de una participación amplia se empezó a agitar en Santa Fe con el propio Macri en la cumbre del Mercosur hace dos semanas. “El 11 de agosto hay que dejar todo en la cancha. Hagamos como en la final del mundo. Importa y muchísimo el resultado”, sostuvo el diputado provincial Federico Angelini.
Por el lado del Frente de Todos parecieron meditar en lo peligroso de persistir en una sensación de triunfalismo que bañaba al espacio desde la sorpresiva apuesta de Cristina Fernández de Kirchner de consagrar a Alberto Fernández como candidato a presidente. Hace dos semanas el eje de Alberto son los indicadores malos de una economía real cuya estabilidad depende del endeudamiento externo. Una plataforma solvente porque como candidato Macri, sin un solo indicador que mostrar, no puede hablar de economía. El norte del FDT es sacar la ventaja decisiva ahora. El de Cambiemos, no quedarse muy atrás ahora.
La falta de competencia interna entre partidos perfila que entre el domingo y la primera vuelta del 27 de octubre habrá resultados parecidos. En 2015 Cambiemos obtuvo 6.780.982 votos presentando en las primarias a tres contendientes: Macri cosechó el 79%, Ernesto Sanz el 12% y Elisa Carrio el 8%.
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Esto implicaba entonces que alguien decidido a no votar a Cambiemos podía meterse en esa interna para bloquear, por ejemplo, al que le gustara menos de los tres. Con esas actitudes en las Paso es posible generar incertidumbre sobre el resultado de las elecciones posteriores. Tal cosa el domingo próximo no existirá porque no hay precandidatos.
Lo significativo entonces fue que Cambiemos, que tuvo tres candidatos en las Paso, retuvo los votos sumados de esos tres aspirantes en la primera vuelta y agregó nuevos. Hace cuatro años Cambiemos sacó el 30,12% en las Paso. En la primera vuelta obtuvo el 34%. Y en el ballottage, donde solo compiten dos, el 51%. Perdió dos veces, pero no en el momento decisivo.
En 2015 en las Paso, el Frente para la Victoria, con Daniel Scioli, obtuvo el 38,67 de los votos, con 8.720.146 votos. Sus porcentajes fueron semejantes en el primer turno celebrado dos meses después. Sacó el 37,08% con 9.338.490, alza que se explicó por la mayor presencia de electores. Tras esos dos triunfos fue derrotado en la segunda vuelta con el 48 %.
La experiencia de este año es parecida a la de 2011 porque tampoco hubo que definir candidatos. Lo distinto es que entonces no había incertidumbre sobre quién ganaría. Cristina barrió con el 54%, segundo quedó Hermes Binner con el 16% y tercero Ricardo Alfonsín con el 11%.
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Las opciones se modifican según el tramo electoral que se disputa. Solamente en una segunda vuelta podrá saberse qué orientación tomarían los votantes que ahora optarán por Roberto Lavagna o José Luis Espert. El volátil universo de las encuestas no permite vaticinios a excepción del más obvio. La presidencia se dirime entre Alberto Fernández y Mauricio Macri en un contexto donde el estado de la economía no pesará más que las adhesiones o rechazos emocionales.
En el punto central, macrismo y kirchnerismo coinciden: el golpe de efecto que deje el resultado de las PASO, una virtual primera vuelta, definirá el presidente.