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Germán de los Santos | Juan Guaidó | Nicolás Maduro

El fantasma de una invasión de Estados Unidos moviliza y exalta a los chavistas

Germán de los Santos/Enviado Especial a Venezuela

CARACAS.- Simón González es “vigilante” privado y custodia un edificio en el Chacao, uno de los barrios residenciales y más ricos de Caracas. “Todos los que viven en la torre son antichavistas y vende patrias”, advierte. Y cuenta que el chavismo le dio a su “clase, la trabajadora”, el “orgullo” para mirar de frente y “nunca bajar la cabeza”. “Yo los miro y les digo. Esto está mal, pero con ustedes nosotros vamos a estar peor”, relata.

Este mulato de 41 años espera en la fila, que tiene media cuadra, para firmar un documento en contra de la “invasión de Estados Unidos”. En el puesto que tiene un toldo rojo, uno de los colores insignias del chavismo, hay un televisor de 20 pulgadas con tubo, y en el momento en que Simón está por firmar el presidente Nicolás Maduro arranca poco después de las 10 de la mañana un intenso discurso desde Orinoco, cuyo prólogo es una arenga que hace un niño de 11 años que grita y grita: “Fuera tiranos”. Simón y el resto de la gente que está en la fila se paraliza cuando empieza a hablar Maduro. No vuela una mosca y hasta los vendedores de chupetines y los que cambian oro en la Plaza Bolívar hacen silencio. Dejan de gritar por un momento.

Maduro les habla a ellos, a los que se movilizan en Venezuela y se preparan para una posible invasión de Estados Unidos. El chavismo mueve esa fibra del miedo, y a la vez genera una resistencia más dura, aún más convencida, a su gestión. El presidente de Venezuela les habla a los chavistas. El resto, no interesa, y representan la otra mitad, conformada por miles de venezolanos de clase media y alta que se movilizan a favor de Juan Guaidó, “el fantasma”, según los chavistas de la plaza Bolívar.

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Daniel Díaz se tapa la cabeza con una revista para atajarse del sol demoledor de la mañana. En la fila dice que él firma ese documento porque no quiere que “se metan los gringos en Venezuela”. “Ellos (Estados Unidos) nos tienen bloqueados por un loco, como Guaidó, que se subió a un escenario y se creyó presidente”. A medida que sus palabras salen de su boca sube el tono no sólo por su fervor sino porque un hombre con gorra roja sube aún más el volumen del televisor, donde la voz de Maduro se escucha distorsionada. Fernando Ramírez, pensionado de 71 años, aplaude y promete dar la vida por Maduro. “Estoy de acuerdo a pleno con este gobierno”, repite.

A su lado, Marco Corredor, de 58 años, explica que “la situación es muy grave porque Estados Unidos quiere hacer con Venezuela lo que le da la gana. Si hay una intervención nos defenderemos hasta morir”. La mayoría de los que hacen fila para firmar son hombres mayores, que están cerca o superan los 60 años.

“Está firmando el pueblo por la paz, para que no invada Estados Unidos. Queremos que respeten nuestra Constitución”, afirma Richard Martínez, coordinador de la sede socialista.

La arenga y el fervor de los chavistas que escuchan a Maduro contrasta o es complementaria de la política que transita por otros caminos, quizá menos efervescentes y más calculadores de lo que sucede en la plaza. La crisis de Venezuela se juega en todos lados. En las calles pero también en los despachos.

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Durante las últimas horas Maduro  reveló que el canciller venezolano Jorge Arreaza se reunió en Nueva York con uno de los hombres claves en materia de esta crisis del gobierno estadounidense: Elliott Abrams. El presidente dijo que lo invitó a visitar el país. Esto dejó al descubierto que hay negociaciones abiertas en el plano internacional sobre una salida de la crisis. Desde el 23 de enero conviven dos presidentes, Nicolás Maduro, que ganó las elecciones por el 67 por ciento, cuyos resultados fueron cuestionados por muchos países, entre ellos Argentina, y Juan Guaidó que se autoproclamó jefe de Estado “encargado”.

Hace tres días, después de que el Papa Francisco pareció soltarle la mano a Maduro, el presidente estadounidense Donald Trump aseguró que tiene “un plan B, C y D” para Venezuela, en caso de que Nicolás Maduro no abandone el poder. El juego de Trump siempre deja abierta la puerta a una intervención, y el chavismo exalta esta posibilidad para abroquelarse en una de las peores crisis que vive desde que llegó Hugo Chávez al poder. Una de las grietas que Washington busca que se ensanche es en las Fuerzas Armadas, que hasta ahora se mantienen leales a Maduro. Guaidó presiona a los militares para que dejen entrar la ayuda humanitaria que está varada en la frontera con Colombia.

El coordinador socialista Richard Martínez señala hacia la derecha, donde a 10 cuadras de allí, de la Plaza Bolívar hay un mercado popular. Allí, dice, la gente puede comprar productos mucho más baratos y vestirse. Los mercados bolivarianos están diseminados por todo Caracas. Están conformados por productores y fabricantes que venden directo al público, con precios que -según ellos- son entre un 20 y un 30 por ciento más baratos.

Ignacio Córdoba, de 57 años, fabrica medias y ropa interior, sobre todo para chicos y jóvenes. Tiene un local en el ingreso del Mercado Bolivariano Loyada, que está instalado en el centro de Caracas, muy cerca del Banco Central que es una mole de hormigón de los tiempos en que este país parecía que se iba a convertir en la Arabia Saudita de América Latina por ser uno de los países con las mayores reservas de crudo del mundo. Pero esa ilusión de nación rica choca con la calle, donde la gente se la rebusca todo el tiempo para poder comer y vestirse en un contexto económico desquiciado, sin moneda y prácticamente sin precios por la inflación que, en 2018, alcanzó el 1,7 millones por ciento.

“La mayoría tenemos producción propia. Yo fabrico ropa interior y remeras que una parte la vendemos a una cooperativa y otra la ofrecemos directamente al público”, explica el hombre calvo de lentes que admite que la situación económica es “muy preocupante”. “Es necesario que hagamos algo, que todos ayudemos a superar la crisis porque de lo contrario nos vamos a hundir todos”, señala Córdoba.

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