El impuesto que comenzó a regir a fines de abril para los tenedores extranjeros de Lebac (letras del Tesoro) desató una salida masiva de capitales financieros especulativos atraídos por las altas tasas de interés y la flexibilización absoluta de los flujos financieros. A esto se sumó que la desconfianza cada vez mayor en la política económica gradualista de Macri llevó a los inversores a desarmar sus posiciones en pesos y apostar por el dólar, lo que generó mayor presión sobre la divisa argentina.
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Las tan ansiadas inversiones extranjeras no llegaron, una fuerte sequía golpeó a la producción agropecuaria, con pérdidas de hasta u$s 8.000 millones, ingresaron menos divisas que las esperadas y la demanda se hizo sentir acelerando la devaluación.
El multimillonario blindaje financiero otorgado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) no alcanzó para recuperar la confianza de los mercados y ahora el país le pidió al organismo que adelante el envío de fondos.
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La economía argentina volvió a demostrar que es muy sensible a los factores externos. La decisión del Presidente Donald Trump de subir las tasas de interés en Estados Unidos, que fortaleció al dólar en todo el mundo, repercutió en los mercados emergentes y particularmente en Argentina. Luego, el peso argentino se vio golpeado por las devaluaciones de la lira turca y del real en Brasil -el principal socio comercial de Argentina-, y la guerra comercial entre Estados Unidos y China.
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El equipo económico de Macri enfrentó desde el inicio dificultades para lidiar con el déficit fiscal y la inflación.
Apeló al gradualismo (adoptar medidas de a poco) para evitar que un shock de ajuste de gastos impactara en una población con un tercio de la gente sumida en la pobreza. Pero el plan no dio resultados y no se alcanzaron las metas fijadas. Se cometieron “errores no forzados”, justificó un ministro.
Una de las promesas electorales de Macri fue domar la inflación, pero el presidente no logró frenar el alza de los precios.
Después de un 2016 con una inflación de cerca de 40%, en 2017 el índice bajó a casi 25%. El Gobierno fijó como meta para este año un 15% pero en los primeros siete meses del año el aumento de precios alcanzó ya casi un 20% y según documentos oficiales podría cerrar en diciembre en torno al 40%. Se estima que la fuerte devaluación del peso en agosto, de un 35,5%, llevará a una nueva alza de la inflación porque muchos de los precios de las materias primas y el combustible se rigen por su valor en dólares.
El presidente Macri heredó una economía con amplias restricciones en el mercado de cambios, alto déficit fiscal, inflación y estancamiento. La nueva gestión desactivó el tipo de cambio fijo y redujo la emisión de moneda, pero pasado el plazo de adaptación la nueva administración no llegó a corregir otros problemas y hoy lidia con un contexto de desequilibrios en las cuentas externas, esfuerzos por reducir el gasto público y una política dependiente del financiamiento externo, que multiplicó el endeudamiento público.
El Gobierno intentó frenar la presión sobre el peso con un alza de las tasas de interés, primero al 40% y la semana pasada, a 60%, pero sin mayores resultados.
La economía está a un paso de caer oficialmente en recesión, si se confirma que, después del derrumbe del 6,7% que registró en junio, se suma una nueva caída de la actividad en julio y se completan los dos bimestres en números negativos. Los principales indicadores económicos están en rojo, los salarios cayeron en junio un 4,3%, se perdieron 106.000 puestos de trabajo en el primer semestre y el consumo -uno de los principales motores de la economía doméstica- se derrumba.
En agosto, las ventas al por menor de la pequeña y mediana industria bajaron un 8%. Las negociaciones de aumentos salariales quedaron retrasadas respecto a la inflación y la pérdida del poder adquisitivo se acelera, al tiempo que los sectores más humildes quedan más expuestos a la subida de precios de alimentos y crece la pobreza, que podría superar el 30% de la población, según estiman los expertos.
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Fuente: DPA






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