La ciudad es como un todo dominado por un sin sentido y de la nada estallan pirotécnicas palpitaciones que hacen un esfuerzo magnífico para navegar hacia esos faros sucesivos que dé a tramos van alumbrando el camino rumbo a algún lado, pero no, no se puede ir a ningún lado hasta después del partido, hasta después del atardecer del domingo.
Mientras tanto, somos como hinchadas, como tribunas, como filosofía expresiva de banderas, ahí donde la locura tiene armonía de ritmos, de colores, de líneas o de sonidos que confluyen en que hay tantas pasiones como almas capaces de beber de ellas, como quien bebe verdad y libertad, ahí en esas doctrinas de cementos y paravalanchas donde se tragan esos licores venéreos, ateos, estoicos y pragmatistas. En esa embriaguez el fútbol es exactamente el lugar y el instante cuando un pueblo se hace digno, buscavida, virtuoso o sinvergüenza.
Afuera están las calles ardiendo como ramas, un hervor de ciénaga abraza la ciudad como si ese fuego pudiera acabar con todo. La siesta del clásico suda en el delirio que la deshace, en esta tierra de aguas ardientes, de raíces sedientas con el fútbol como un furor oculto cuál ceniza invisible la enloquece volcánicamente desde los huesos como un horno perpetuo.
La tarde del clásico quema como sabe quemar el fútbol, como corre y camina el tiempo entre sus mismas pisadas con su aliento, igual que escribió Eduardo Galeano: “... Se burla de los límites que le inventamos para creernos el cuento de que él nos obedece...” . Sin embargo, el tiempo no pasa, se le ha antojado detenerse y pareciera que nunca más va a llegar la hora del partido.
El domingo se siente inmortal y se atreve a robarle la gorra al diablo en el peor de los infiernos donde los trapos se llevan hasta cuando te vas abajo de la tierra, mientras la vida se enamora babeada de espumas mirando como los soles doran la silueta espléndida de un torso urbano que baila la danza pintoresca de los corsos como una hermosa lucifer.
Jugadas imaginarias van arando el cielo, son rayos atronando el aire como pájaros diabólicos desencarnando un medio día asándose en las parrillas, como canta el Indio Solari: “...soplando brasas en tu corazón...”.
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En las mesas del domingo el clásico va de plato en plato entre promesas de vida o muerte, con el misterio del resultado escondido en la eternidad de una película basada en hechos reales, donde maniatados por la ceguera buscan su dicha los genios, los santos y los héroes desdeñando toda sumisión al presente para originarse los prohombres de la historia.
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Unión y Colón vienen juntando escombros de sueños sobre este arranque de campeonato con promesas vestidas de ambiciones estéticas, ásperas y frustradas a la vez. Los entrenadores como deseos imposibles hacen acrobacia para no caerse jugando a lo que necesitan más no tanto a lo que quieren y aunque el lastre de la actualidad los condene, a la hora del duelo todo será como si volviera a empezar entre cantos y gritos inspirados donde tatengues y sabaleros saldrán al campo de batalla por esa risa funambulesca de la victoria.
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