La ruta es riesgo, horas largas, curvas agotadas, inalcanzables estaciones de servicios, es comer lo que hay, es parar donde se puede, es descansar incómodo, es ir con el tiempo engrasando la piel, contracturando los nervios. La ruta es despertarse entre las cobijas de la ilusión con el rostro hinchado de madrugada en un paisaje extraño y no saber cuánto falta y no saber cuándo llegar. Viajar es ir sin importar cómo volver, en todo caso regresar, si es lo mismo, significa empezar de nuevo.
Rosarios, promesas, fidelidades, altares, muertes y resurrecciones. Qué clase de trastorno raro enloqueció al hombre tras un balón. Un pedazo de cuero, una esfera, un sueño que rueda y cuando se despierta expande enajenaciones como plagas insaciables entre los pueblos.
Pan y opio de los pueblos, espectáculo de masas, circo romano, hoguera vanidosa y sin fronteras hasta hacer de la tierra su propio sistema solar. El resto gira todo alrededor y todo en su lugar. Aquello que tenga la osadía de evadirse, o negarse a reconocerlo, caerá al infinito de los olvidos sin que el fútbol se entere, esto sería algo así, como no terminar de entender porque Santa Fe es cómo es, lo que el fútbol le mueve, o al menos, no analizarlo con todas las materias reales que le dan a su realidad, vida propia.
Acercarse quema, estar bajo su luz es una necesidad vital, no se puede vivir sin esta miel venenosa y a la vez decididamente cultural, una evidencia ampulosa y humilde a la vez. Se puede bromear con su ceguera en cualquier lugar, y muchos lo han hecho y lo hacen, pero también se puede atraparlos, con todos sus detalles asombrosos, los que se apoderan inalterablemente de los humores urbanos entre besos, abrazos, encuentros, desencuentros, violencia, guerras, complicidades, frustraciones, disparadores atomizados de comportamientos y movilidades de un fenómeno inalterable, latente, que tanto brilla, como a la vez, hierve la comodidad emocional para cocinar su olor a parálisis.
Una especie extraña de placeres y goces rociados de un herotismo irracionalmente carnavalesco, cuyas comparsas abren las alas de todos los pájaros, como si fuera una esencia y una inercia inconsciente de libertad.
La locura de la locura, una escala incluyente a la que todos pueden llegar con un grito, como puño cerrado atravesando el tiempo para hacerlo historia, para seguir viviendo en el insano y encabronado dolor divino que aunque tajea el corazón, sana porque hace reír y llorar de verdad.
En cada playa, desierto, cada relieve, llanura, pedazo de tierra, césped, asfalto, empedrados o madera, no hay suelo sin caminar, no hubo frontera sin pasar. Es el fútbol que ha sabido brotar de las piedras, que ha picado entre las bombas y en el camino ha unido almas desconocidas de un auto a otro sobre banquinas "sabalescas" con rumbo a Asunción. Vuelo y aleteos de palomas que será un asunto temerario para quienes pretendan dominar entre las sombras cual aves oscuras.
Pero volvió a quedar demostrado. Esta locura que en algunos bordes es letal, se llevó los últimos suspiros de Miguel Ramón Monzón, a la vez que también nos ha dejado portales con imágenes hermosas, manifestaciones revolucionarias, insaciables, y lo mejor que tiene, que en el próximo partido, nos atrapa de nuevo, como los vicios. Exquisitos y burlones de repente esos vicios, gritan antojados de delirio y qué difícil es imaginar algo que pueda hacerlos más felices, furiosos, crujientes y desafiantes.
Desprendimientos desgarradores, de gente que arranca todos los días ganándole al sol sin saberlo y se entrega para que tenga razón la luna, que no va a poder resolver su resaca y su luto mañana mismo, gente que en estas metamorfosis palpables, hacen que la fascinación sea inevitable, el miedo se haga coraje, la locura razón, la enfermedad salud y la muerte vida, reduciendo la derrota a una consecuencia y homenajeando la dignidad como la auténtica victoria.
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