Cinco de la mañana en Doha del domingo 18 de diciembre del 2022. Apenas se disipa una brisa que va ingresando desde el Este donde están las costas del Golfo. Todavía en Argentina es sábado.
Una tensa calma se va despertando en el amanecer con los rezos que se escuchan en los altoparlantes de las Mezquitas que están distribuidos por toda la ciudad. Musulmanes nos están avisando que ya es un nuevo día. Miles de argentinos no pueden dormir. Llegó el día de la final.
Después de 40 días en Qatar, llegaba el momento más esperado por todos. Nadie por las calles. En las inmensidades de la ciudad con avenidas interminables apenas dos y tres Uber que circulan.
Los colectivos de a poco se van poniendo en marcha en las paradas para llevar a la gente gratis a Lusail. Todo es hermoso. Las sensaciones que íbamos a experimentar de manera única en un país en el medio de la nada. La temperatura empieza a aumentar a medida que el sol se refleja en la arena del desierto.
Ya habíamos pasado de todo. La decepción ante Arabia Saudita, donde se nos había caído el mundo abajo. La tensión vs. México hasta el gol de Messi en el segundo tiempo para la tranquilidad de todos.
El nerviosismo ante Polonia luego ver a Messi errar un penal, aunque ahí sacó chapa el equipo y se quedó con el partido. La gigantesca figura del Dibu Martínez en la última jugada ante Australia en octavos.
La batalla anta Países Bajos donde el capitán fue NUESTRO capitán. Y el baile a Croacia en la semi. Habíamos pasado por todos los estados de ánimo. Nos faltaba ese último pasito para tocar el cielo con las manos.
Nos esperaba el imponente Estadio de Lusail. Un anillo dorado le daba la vuelta. Imponente desde donde se lo observara. De lejos, llegando en el metro o de cerca, a punto de entrar.
Afuera es el Día Nacional de Qatar y en el cielo hay un espectáculo impresionante de la fuerza aérea. Poco nos importa a los argentinos que solo queremos que arranque el partido. Somos más que los franceses. El mundo árabe acompaña a Messi, todos lo quieren ver. Tantas son las ganas que se animan a comprar entradas de reventa por 8.000 dólares.
Los jugadores de la Selección están a 10 minutos en la enorme Universidad de Qatar. Salen para el Estadio. Baja Messi y todo es locura. Personas de todas partes del mundo se agolpan para verlo, aunque muchos no lo logran. Los nuestros ya están en los vestuarios.
Salen De Paul y Paredes al terreno de juego para hacer el reconocimiento comiendo golosinas, un ritual que se repitió en todos los partidos desde la victoria ante México.
90.000 espectadores no se imaginan que están a punto de vivir la mejor final del mundo de la historia. Reyes, Jeques, Sultanes, Príncipes, Presidentes, gente común, todos esperando un espectáculo único e irrepetible.
La Selección Argentina jugaba los 80 minutos más perfectos desde el Mundial del 30 hasta la fecha. Una perfección plasmada en el juego y en la ejecución. El 2 a 0 parece irreversible. Aunque apareció Mbappé y en dos minutos fatales nos empató el partido. El estadio parece aturdido.
Ni los franceses pueden creer que su selección llegó al tiempo extra. El alargue parece eterno. Tan eterno que Messi pone a Argentina en ventaja y luego Francia lo vuelve a empatar. 3 a 3. Y hasta lo pudo ganar. Pero apareció la atajada del Siglo XXI. El Dibu Martínez agigantó su figura sobre Kolo Muani y tapó una pelota de oro.
La jugada defensiva más excluyente de un final. Luego en los penales fue enorme, hasta Montiel, que con su patada hizo delirar a un país entero. Un país donde un 18 de diciembre cerró cualquier grieta posible. Donde no hubo colores políticos, ni religiosos, ni futboleros.
Un país que se unió en un solo abrazo gritando por Argentina. Ese, ese fue el día más feliz de nuestras vidas (futboleras).
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