Quisimos gritar y muchos no pudimos. Nos ahogaron los recuerdos de años peregrinos en la cancha, creciendo con el sueño de un día ser campeón.
Algunos nos quedamos mirando fijo la pantalla del televisor, otros se agarraron la cabeza sin soltarla, o la escondieron con la frente en el piso como agradeciendo lo que habían pedido toda la vida.
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Cuatro años atrás, Colón venció a Racing en San Juan y bordó su primera estrella arriba del escudo.
Los que pudimos miramos/llamamos/abrazamos (según la distancia por el Covid lo permitiera) a padres, abuelos, tíos, vecinos o cualquier humano que superara los 65 años para festejar, lo que ellos mismos dijeron después, temieron “nunca poder llegar a ver”.
Los relatos en la radio y en la televisión nos decían “¡Gritalo, Sabalero!”, pero el sonido no salía de la garganta, ni la voz de la boca. Quizá por no terminar de recorrer el cuerpo con los años de pasado sufrido, que nos llevaron hasta ahí. Nos quedamos suspendidos en un tiempo entre asimilar lo que estaba pasando, lo que venía y lo que nunca creímos poder vivir.
Cualquier lector de fino criterio podría pensar en lo ilógico de todas estas reacciones espontáneas y casi de manicomio de muchos, pero la mejor explicación es citar la frase del Negro Fontanarrosa que decía “creo que, si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastante inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa en el fútbol”. No le busquemos lógica, sólo hay corazón con historia, lazos y recuerdos de dónde venimos.
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El "Pulga" Rodríguez, líder y figura del Colón campeón.
Hasta el desahogo, pasaron unos segundos que hicieron más profundo el silencio del aislamiento por la pandemia. Tiempo donde las miradas se perdieron y nos debatimos entre gritar o llorar, nos arrodillamos agradeciendo una vida de rezos futboleros. Y después, salió.
Lloramos, saltamos, gritamos, nos abrazamos, abrimos puertas y ventanas para que el mundo se entere de lo que estaba pasando, cosa que ni nosotros creímos posible.
Los abrazos entre todos los cambiamos por bocinazos, que ensordecieron las calles uno, dos, tres días y parecía no terminar nunca.
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Ser campeones. Tener una estrella bordada en la camiseta sin imaginar siquiera que las estrellas se podían bordar en alguna parte del corazón, con las puntadas de los latidos que nos reventaron el pecho ese día. Todas realidades inimaginables para los sabaleros que parecían, a lo largo de la historia y desde sus comienzos, nacidos para sufrir.
Y sí, los “Negros de Colón” soñamos ideas grandes, enormes como el Brigadier López, y nos acostumbramos a vivir gestando sueños e imaginando realidades que esperábamos cumplir. Camino forjado con años de gloria y desgracia, el descenso y el ascenso, los tablones de madera y las miles de almas eternas que siempre acompañaron de forma incondicional.
colon estrella
Pese a las restricciones de la pandemia, los hinchas de Colón salieron a las calles para festejar su primer campeonato.
Aire de Santa Fe
“¡Solo te pido Negro, que vos salgas campeón! Y cuando yo me muera, yo quiero mi cajón, pintado rojo y negro como mi corazón”, cantamos como un mantra o una plegaria que parecía imposible hacer realidad para un club como Colón, al que nada le fue fácil. Los sabaleros soñamos con la estrella en el pecho, pero nunca imaginamos que el momento llegaría y cómo llegó, para hacernos felices para siempre.
No figura seguro en ningún libro de astronomía, pero desde ese día el universo se quedó con un puntito menos en su inmensidad que ilumina ahora en momentos no tan buenos y más oscuros, demostrando que los imposibles no existen y los sueños se cumplen. Por eso, desde hace cuatro años los sabaleros festejamos eso: “El día de los sueños cumplidos”, para toda la eternidad.