Redacción Aire Digital
La primera mitad del siglo XVII vio uno de los programas espaciales más ambiciosos de la historia: los primeros esfuerzos por volar a la Luna. ¿Te sorprende?
Cuando Galileo Galilei miró por primera vez a la Luna a través de su telescopio en enero de 1610, se sorprendió al descubrir que parecía ser un “mundo”.
Y es que, a diferencia de la Luna perceptible a simple vista, con el telescopio fue posible apreciar montañas, continentes y lo que Galileo confundió con mares.
Por su parte, el astrónomo galés contemporáneo William Lower dijo que su telescopio hacía que la Luna se pareciera a una carta marina holandesa, con bahías, islas y ensenadas.
Estos descubrimientos atrajeron la imaginación de los pensadores europeos y, dado que que eran tiempos profundamente religiosos, muchos se preguntaron si Dios había hecho de la Luna un mundo como la Tierra.
¿Habría puesto vida inteligente en ella? De ser así, ¿podríamos comunicarnos con esos seres?
Esta tentadora posibilidad se encuentra justo en el corazón del programa espacial del reverendo John Wilkins, un joven clérigo inglés y apasionado amante de la nueva ciencia.
En 1638, su libro titulado “Descubrimiento de un nuevo mundo… en la Luna” proporcionó la primera oportunidad real para que los lectores en inglés interpretaran las ideas de Galileo.
Lo que es más, Wilkins era un copernicano, que creía que la Tierra se movía alrededor del Sol, y sugirió que no solo la Luna podría estar al alcance de los viajeros humanos, sino también otros planetas.
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Wilkins se propuso intentar utilizar la ciencia y la tecnología más avanzadas de la época para diseñar algún tipo de nave espacial, que incorporaría detalles técnicos del diseño de barcos, más ciencias atmosféricas, estudios ornitológicos y física experimental.
Durante la siguiente década, utilizó esa serie de teorías y habilidades para crear una propuesta increíble.
Un aspecto central del esquema de Wilkins era su comprensión de la atracción gravitatoria de la Tierra, ya que era algo que cualquier viajero espacial potencial necesitaba evitar.
En este momento, sin embargo, 50 años antes del trabajo de Isaac Newton, el pensamiento científico aún confundía la fuerza de la gravedad con la atracción del campo magnético de la Tierra.
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A partir de su observación de que un imán dejó de atraer la aguja de una brújula en un punto determinado de separación, Wilkins concluyó que el tirón de la Tierra cesaba a unos 30 kilómetros de su superficie.
Por supuesto, ahora sabemos que se equivocó, pero la ciencia a menudo avanza gracias a los errores.
Para lograr subir hasta superar esos 30 kilómetros iniciales, Wilkins propuso el desarrollo de un vehículo notable.
Su carroza voladora iba a ser como una pequeña nave, en medio de la cual se encontraría un potente motor de reloj accionado por un resorte.

La fuerza de la pólvora podría usarse para enrollar esta máquina, de modo que, cuando su mecanismo se encendiera, haría que su gran par de alas, parecidas a las de un pájaro, se batieran.
La carroza se elevaría y, cuando hubiera ascendido 30 kilómetros, el motor podría apagarse. A partir de este punto, esperaba deslizarse hacia la Luna.
Los astrónomos de 1640 conocían la distancia a la Luna con bastante precisión, así que Wilkins calculó que los tripulantes de la carroza voladora pasarían varias semanas en un viaje relativamente rutinario, como los que enfrentaban los grandes navegantes oceánicos.
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Cuando los astronautas sintieran el tirón mucho más débil de la Luna, simplemente necesitarían encender las alas con mecanismo de relojería para garantizar un descenso y aterrizaje seguros. Simple, ¿no?
Wilkins también imaginó el encuentro con los posibles habitantes de la Luna, a los cuales llamaba “selenitas”, por la diosa griega de la luna Selene.
Si existían, escribió, los comerciantes podrían comerciar con ellos y establecer nuevos mercados lucrativos.
Además, Wilkins señaló que el suministro de alimentos para los viajeros del espacio no supondría un problema pues, argumentó, solo sentimos hambre debido al constante tirón de la Tierra sobre nuestros estómagos.
En otras palabras, en el espacio no tendríamos hambre debido a la falta de gravedad.
No hace falta decir que la carroza voladora de Wilkins nunca se convirtió en una realidad astronáutica.
De hecho, la ciencia avanzaba tan rápido que, 24 años después de su propuesta, en 1664, Wilkins ya se había dado cuenta de su imposibilidad.
Nota de Redacción: en esta noticia se utilizó información de BBC Mundo





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