Allá, por el 2002, cuando José Teixeira recibió un beso en la mejilla por parte de otro hombre quedó paralizado. En sus 24 años de vida nadie, y menos un hombre, lo había besado de ese modo jamás, ni siquiera su padre. Argentina tenía varias costumbres extrañas, pero esa, tal vez, fue la que más lo sorprendió, junto a la ausencia del arroz con porotos para acompañar cada comida. Con el tiempo se fue habituando a ambas situaciones como a tantas otras, hasta el punto de adoptarlas con naturalidad. Pero en un comienzo, sin dudas, sentía el vacío de sus raíces brasileñas, a pesar de encontrarse en una tierra tan cercana en el mapa.
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Fue cuando su padre llegó de visita, que decidió poner a prueba sus incorporaciones. Allí, al verlo en el aeropuerto, se acercó a él y lo besó en la mejilla por primera vez en su vida: “Así se suele saludar en la Argentina”, le dijo, en un acto que funcionó un poco a modo de advertencia, pero en el que aprovechó para demostrarle su amor por una vía antes desconocida.
El seminario, una duda y un camino inesperado: Argentina
José nació en un pequeño pueblo de Brasil llamado Monsenhor João Alexandre, perteneciente a la ciudad de Cláudio, Minas Gerais. Con tan solo 17 años dejó su casa para ingresar al seminario, quería ser cura, o, al menos, eso creía. Allí estuvo seis años, tiempos en los que sus emociones fluctuaron hasta el día en que la duda acerca de quién era y cómo quería vivir el resto de su vida se instaló en él: “Me di cuenta de que no era mi camino, pero pedí un año para pensarlo”, revela hoy, mientras repasa su historia.
Fue en aquel año, 2002, que José decidió viajar a la Argentina por primera vez, a través de un intercambio organizado por el movimiento de los Focolares. Así, llegó a O’Higgins, una localidad situada en el partido de Chacabuco, en la provincia de Buenos Aires, donde permaneció un año para pensar, recorrer y conocer gente de todo el mundo. “Argentina me dio esta oportunidad”, asegura. “Era la primera vez que salía de Brasil a un país extranjero. Lo hice, sin imaginar que un día se convertiría en mi hogar”.
Volver a Brasil, renunciar al seminario y vivir el segundo evento inesperado: enamorarse de una argentina
A su regreso a Brasil la decisión ya estaba tomada: renunciaría al seminario. De inmediato, comenzó a trabajar de mozo –actividad en la que se había desempeñado en Argentina- y, después de tres meses, ingresó en el mundo de la enseñanza como profesor de español, un idioma que dominaba con excelencia, gracias a un curso avanzado con certificado extendido por parte de la Universidad de Salamanca.
Cierta vez, entre la docencia y varios intercambios virtuales en foros de idiomas, José conoció a Julieta, una chica argentina que compartía sus intereses. La conexión fue inmediata y pronto forjaron una sólida amistad a la distancia: “Ella me recordaba todo lo lindo que había vivido en Argentina. Me reactivó el cariño por el país”. A medida que las semanas avanzaban, José comprendió que se había enamorado, que la quería y que anhelaba viajar para conocerla en persona. Se lo dijo. Ella, para su fortuna, sentía lo mismo.
Llegó a Buenos Aires por cuatro días, donde formalizaron su relación. Juntos continuaron a la distancia por dos años y medio y, tras un intercambio por parte de él en Nueva Zelanda, José decidió instalarse definitivamente en Buenos Aires. “Algunos familiares y amigos me apoyaron, otros me decían que era una locura, pero nunca me caractericé por ser alguien que le diera importancia a lo que la gente opina de mis decisiones. Pienso mis decisiones y me hago responsable de ellas. Estaba seguro de venir y empezar el nuevo camino”.
Calidad de vida, calidad humana: “Tener trabajo depende de la capacitación, pero mucho más de la flexibilidad y las ganas”
Aún más diez años después, a José todavía le maravilla el ritual del asado, la espera, la paciencia, el aplauso para el asador cuando ya todos están sentados en la mesa. Entre amigos argentinos y nueva familia extendida, el brasilero encontró uno de los aspectos más sobresalientes de la calidad humana: “Valoro mucho la sobremesa, una palabra que en portugués no tenemos. Hablar y charlar después de la comida es algo que acá le dan importancia, es muy lindo”.
“Siento que en Argentina se integra a todo el grupo en la conversación, en Brasil rige más el uno a uno, por más que haya varios integrantes en la mesa. Argentina me obligó a practicar la escucha, algo que sigo aprendiendo”. “Respecto a la calidad de vida hay mucho por hacer, en especial respecto a la inseguridad, pero creo que muchas cosas se han mejorado. Buenos Aires es una ciudad que da posibilidades de ocio, con o sin plata. Se puede disfrutar de la vida participando de varias actividades u organizaciones. Es decir, hay posibilidades de que el trabajo no sea lo único y uno tenga otras riquezas en la vida”.
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“Por otro lado, en lo laboral, siento que hay oportunidades, todas acorde a las propias habilidades y equipaje. Personalmente, me siento agradecido y nunca ha pasado un momento en el que estuviera preocupado por no tener trabajo. Creo que depende de la capacitación, pero mucho más de la flexibilidad y las ganas”, observa. “Y en otro orden de las cosas, valoro mucho la salud y la educación universitaria del país. Se pueden mejorar aspectos, pero las raíces no las modificaría. No hay que perder la esencia de la salud y la educación universal para todos”.
“Argentina es vivir un día a la vez”
Hoy, a sus 43 años, José repasa su vida, maravillado de cuánto puede cambiar la existencia en una década. En otra dimensión quedó el seminario y una cotidianidad en un país al que siempre regresa con felicidad. El amor lo trajo a la Argentina, pero sus costumbres también supieron conquistarlo.
“Bert Hellinger decía que la primera gran necesidad humana que uno tiene es la pertenencia, sentir que uno forma parte. Dice que es lo que asegura la supervivencia del clan y de la propia especie”, dice pensativo. “Cuando uno se muda a otro país siente este vacío de haber dejado el lugar de pertenencia para ir a uno donde se es un extraño. Eso se soluciona, no desde la nostalgia, sino agradeciendo todo lo que uno ha recibido de su propio país, cómo este te forjó hasta un determinado momento de tu vida, y, a la vez, en el acto de abrirse a lo nuevo que uno puede aprender”.
“Y los errores y las dificultades de este nuevo país te ayudan a crecer. Creo que cuando uno se acopla a su presente, explorándolo, probando nuevas maneras de ver y hacer las cosas, incluyendo personas y costumbres, se puede llenar ese vacío”, reflexiona. “Este país me enseñó a expresar lo que pienso. Lo bueno y lo malo. Al principio es chocante, pero termina siendo positivo, porque se trata de exponer lo que sentís. Esto es algo que sigo aprendiendo y que en Brasil no podía: expresarme”.
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“En Argentina algo siempre está en movimiento, en estado de incertidumbre, pero eso mismo te da levedad, te ayuda a vivir el presente y decir: no soy dueño del día de mañana. Al principio impacta, pero después puede ser un aprendizaje. Argentina es vivir un día a la vez”, concluye.
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