Cuando se mira de cerca, el monte enseña. “Cada vez que venís, te llevás algo nuevo”, asegura Leonardo Leiva, el licenciado en Biodiversidad que empujó -con el apoyo de la dueña del campo- para crear hace apenas un año la Reserva Natural Puesto El Mesías, que está ubicada a metros de la ciudad de Sauce Viejo y a sólo 20 kilómetros de Santa Fe.
Leiva es el guía de una recorrida por unas 100 hectáreas de monte del espinal (la reserva tiene más de 300 hectáreas) que sobrevivieron porque a Beatriz Raquel Creus le gustan los árboles. Hace 50 años, junto a su hermano ya fallecido, decidieron dejar los algarrobos, chañares, talas y curupíes. Los árboles entre los que crecieron. Lo mismo siente por la Cañada de Malaquías, un humedal de 30.000 hectáreas que se llena de tuyangos, patos y flamencos cuando hay agua.
“De chica ya era así. En segundo grado, la maestra nos pidió que hagamos una composición y yo escribí un relato en el que entraba a caballo a una laguna de juncales toda florecida”, recuerda Creus, en una entrevista con AIRE. Si no fuera por el largo ciclo de sequía, que ya lleva tres años, en la Reserva Puesto El Mesías se podría ver algo muy parecido a ese paisaje de su infancia.
Para llegar a la reserva hay que salir de la Ruta Nacional 11 a la altura de calle Uspallata y doblar hacia el oeste, el lado que menos miran los que vienen a Sauce Viejo. Cuando se atraviesa el puente sobre la autopista Santa Fe - Rosario, el contraste es fuerte: parece un potrero del norte santafesino a pesar de la cercanía con el aeropuerto, el parque industrial y la ciudad.
Reserva Puesto El Mesías: un viaje del monte a la cañada
En la reserva hay dos ambientes muy definidos: los “parches” de monte del Espinal y las zonas bajas de la cañada de Malaquías, con juncales, arbustales de chilca dulce y pastizales de espartillos y pelos de chancho que son indicadores de suelos salinos. Entre estos dos mundos, hay áreas de transición.
El equipo de AIRE ingresa al monte para acompañar a Leiva a revisar una cámara trampa y observar huellas. Con este mismo método detectaron la presencia de pumas, aguará guazú, aguará pope y distintos tipos de zorros, entre otros animales.
Lo de los pumas es literal. Una cámara trampa, que está ubicada a 200 metros de la que revisó Leiva, detectó a uno de estos felinos la misma mañana que el equipo de AIRE recorrió la reserva. La foto la descubrió en el monitoreo que realizó este último lunes.
El monte enseña siempre, pero con un biólogo se revela una trama más profunda y compleja. El primer ejemplo es una línea de color blanco que aparece como un sendero entre los algarrobos y chañares. “Parece una huella de motos”, bromea el camarógrafo de AIRE. En realidad, es una autopista de hormigas.
“Es la huella que deja la hormiga defoliadora chaqueña (el género de hormigas Atta) y no saben lo grandes que son los hormigueros”, explica Leiva. El biólogo no miente. Al seguir el camino de las hormigas se llega a una “montaña” color terracota que tiene casi un metro de alto y una circunferencia de casi diez metros.
Muy cerca de las hormigas hay cientos de caracoles amontonados debajo de un poste de alambrado. Son los restos de otra escena de fauna. “Seguramente los comió un gavilán caracolero, una de las más de 180 especies de aves que se observan en la reserva”, precisa el biólogo.
El tercer ejemplo es el mantra del monte, el coro en el que se superpone el canto de la tacuarita azul, las cotorras, el espinero chico y la monjita coronada, entre muchos otros pájaros. Es el soundtrack de una caminata que comenzó apenas salió el sol y que ahora sigue por la Cañada de Malaquías.
La Cañada de Malaquías
La sequía, que llevó al río Paraná a su nivel más bajo en 70 años, cambió fuerte la postal en la Cañada de Malaquías. Lo que solía ser un humedal lleno de aves ahora parece un extenso pastizal. Junto a la vivienda en la que se quedan los biólogos en sus estadías de monitoreo, apenas queda un pequeño círculo de agua que se formó al rebalsar la aguada de los novillos y las vacas.
Entre los juncos que están al lado del agua, Leiva se agacha y muestra huellas recientes de aguará guazú y aguará popé. ¿Por qué esta cañada lleva el nombre de Malaquías? Creus recuerda que estos campos primero fueron parte de la Estanzuela de Santo Tomé, que administraban los jesuitas para abastecer de carne a la ciudad de Santa Fe. Tras la expulsión de la orden de América (1767) se “lotearon” el 12 de diciembre de 1772. “Esa fecha es importante porque se dividen los campos de lo que más adelante va a ser Sauce Viejo”, precisa.
En 1772, el primero que compra el campo -que los Creus adquieren en 1904- es Francisco Antonio Candioti, el primer gobernador de Santa Fe. “El presbítero Malaquías Duarte Neves era el administrador de la enorme estancia que está al lado, hacia el oeste, que sus tías habían heredado de Juan José de Lascoizqueta”, explica Creus. Es una historia mucho más larga y llena de intrigas familiares, cuyas idas y vueltas conoce bien la dueña de estos campos.
En la zona de la cañada, Creus encontró fragmentos de botellas de vidrio con el signo de la Compañía de Jesús y también de los tiempos de Malaquías. Su padre descubrió restos de lanzas y otras armas de la época en la que el Brigadier Estanislao López reunía a sus tropas, que se preservan en el Museo Etnográfico.
Reserva Puesto El Mesías: un centro de educación ambiental
En el 2015, Leiva llegó por primera vez a estos campos. Vino en bicicleta desde Santo Tomé para “bichear” -avistar y observar animales aves- y se sorprendió al descubrir que una buena parte de la fauna había logrado sobrevivir en esta zona de montes y cañadas que tiene muy baja aptitud agrícola.
Con la autorización de los dueños de los campos, empezó a hacer muestreos junto al biólogo Blas Fandiño, la estudiante en biología Patricia Bierig y Andrés Pautasso del Museo Ameghino. Cuando encontró a Raquel Creus, comenzó el camino para que el Puesto El Mesías ahora sea una reserva.
“Nuestra idea es que pueda ser un centro de educación e interpretación ambiental para que vengan escuelas y estudiantes ”, adelanta Leiva. Además están trabajando en circuitos de trekking y otras actividades que logran articular la aventura con el respeto y la preservación de la naturaleza.
En la práctica también funciona como un centro de estudios. Hay una bióloga, la que prestó las cámaras trampa (Ailén Dumont), que cree que hay una posibilidad de que en esta zona esté el yaguarundí, un gato “hurón”.
Leiva y Pautasso hace rato que buscan un anfibio muy singular después de las lluvias. “Le decimos el sapito fantasma, pero tiene un nombre científico mucho más complejo: Melanophryniscus. Lo estamos buscando porque en el Museo Ameghino se conservan algunos ejemplares que se recolectaron en la década de 1960”, cuenta el biólogo.
Algún día lo van a encontrar, y van a poder contarle a la gente que recorre la reserva otra escena de fauna del monte santafesino.
















