¿Qué circuitos hacen en Santa Fe los que les gustan los motos? ¿Qué recorridos eligen en una provincia sin montañas y que está lejos del mar? A los que hacen enduro, les gusta la naturaleza donde sea que vallan y en Santa Fe exploran caminos rurales "maltratados", se miden con la arena, el barro y disfrutan de los paisajes del Litoral -como los fanáticos de la bici, del kayak o los runners-, pero con algunas diferencias.
La primera es el equipo de seguridad. Botas de caña alta reforzadas para proteger pies, tobillos y piernas, con punteras de hierro por los golpes contra piedras, raíces y rocas. También rodilleras, coderas y pecheras rígidas para amortiguar los golpes en las caídas, que son parte de este deporte. La campera está hecha de cordura de poliamida, tiene teflón -entre muchas otras tecnologías- y es impermeable.
El casco y los guantes requieren un párrafo aparte. "El casco es abierto para tener mayor ventilación cuando los senderos exigen mas esfuerzo físico y las antiparras mantienen la visión libre del polvo del camino", explica Juan Fernández, uno de los cinco “enduristas” que recorrieron junto a un equipo de AIRE los caminos rurales y los paisajes del norte de la ciudad de Santa Fe. En esta "aventura" lo acompañan Mauro Mariano, Patricio Toledo, Rubén Chatelain y Fernando Castillo.
Cuando arrancan las motos comienza una de las tantas travesías que se pueden hacer en una moto enduro en el Gran Santa Fe. En este caso, la idea es recorrer una parte de la costa en la zona que va del Chaco Chico a Monte Vera y después seguir por distintos caminos rurales hasta Campo Andino y la laguna Añapiré.
Pero hay circuitos que recorren las calles de arena de Rincón y Colastiné Norte, y otros que exploran algunos tramos de las cuencas de los ríos Salado y Cululú. En aventuras más largas, este grupo viajó a la laguna El Palmar, cerca de Margarita, pero en realidad recorrió todo el país. Literalmente, de Ushuaia a La Quiaca
Sobre la costa en el Chaco Chico, los pilotos avanzan firmes sin titubeos, pero al ingresar a una vieja senda abandonada con arena profunda y suelta, las motos comienzan a sacudirse y la salida va subiendo la temperatura de los pilotos y sus maquinas. Es un buen lugar para observar la destreza y el oficio que implica manejar una moto enduro: se paran, saltan y aguantan con las manos, las muñecas y los brazos cada imperfección que hay en el terreno.
¿Por qué no quedan "duros" por el esfuerzo para controlar la moto? “El secreto es no hacer fuerza”, explica Fernández. Se trata de fusionarse con la moto, convertirla en una extensión del propio cuerpo.
¿Qué pasa en las caídas? Hay que aprender también el arte de acomodar el cuerpo para intentar mitigar cada “porrazo”. En este desafío, las botas, el casco y la ropa son muy importantes para proteger el cuerpo del peso de la moto y del impacto contra el suelo. Pero también el oficio y la experiencia.
La aventura sigue. “El arroyo vos lo cruzás a los Benavídes”, bromea Mariano con uno de sus compañeros. Todos se ríen, porque Kevin Benavides es campeón argentino y latinoamericano de enduro y corrió el Dakar.
En este tramo, los enduristas van jugando por el barro al limite de la tracción y siguen hacia un camino rural que está en las afueras de Monte Vera y que va a paralelo a la ruta provincial 2. Un baqueano le advierte al equipo de AIRE que no vamos a poder pasar con el móvil porque está destruido, pero las motos siguen adelante. "Cuando más complejo es el camino, mayor el desafío y la diversión", insiste Fernández.
En el ingreso a Arroyo Aguiar, el paisaje vuelve a cambiar con un hermoso monte de eucaliptos en el acceso a la estación de trenes. Con la luz del sol del otoño, la procesión de las motos enduro es una postal.
Después de Arroyo Aguiar, el recorrido sigue por la ruta provincial de tierra N°82s, que a la siesta es un camino solitario y polvoriento, con dirección hacia Campo Andino.
Luego de pasar el pueblo, los enduristas atraviesan el camino que cruza la laguna Añapiré, que se hizo famosa por los flamencos y tiene muy poca agua por la larga sequía de estos últimos dos años y medio. La misma escena se observa en la laguna de San Pedro, que ahora parece un riacho.
En ese punto, con una picada, unos choripanes y el relato de muchas aventuras, termina este paseo corto -bien de fin de semana- y empieza otro, el que los va a llevar a recorrer una vez más la Patagonia hasta Ushuaia, por rutas que ninguno de nosotros tomaría y con la carpa en las “alforjas” para poder disfrutar de los atardeceres y el amanecer.
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