El guardia del estacionamiento me indica que tengo que llamar por teléfono para pedir lo que quiero y después me tienen que habilitar para ingresar. Consigo que una joven amable me atienda. Dice que los chalecos se terminaron el martes y que recién en tres días estará llegando una nueva partida. Le pido que me deje entrar para explicarle en detalle que lo necesito de manera urgente.
Primero atravieso una playa de estacionamiento y luego ingreso a un edificio viejo y destruido, que ni siquiera tiene ascensor. En las escaleras me encuentro con hombres que bajan con fusiles en fundas color verde oliva. Son fusiles, por la forma que tienen los estuches.
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Cuando llego al segundo piso hay un pequeño cartel que dice Acrópolis. Sale un hombre gigante, vestido con ropa negra, de unos 60 años. Me mira con desprecio y me dice algo que obviamente no entiendo. Le explico que soy periodista y que necesito un chaleco antibalas. Me vuelve a mirar con desprecio y me pide que le muestre el pasaporte. Lo mira y con la cabeza me dice que entre.
Adentro hay un depósito enorme de armas y municiones. Parece el arsenal de un ejército, pero es privado. La joven que me había atendido por teléfono me explica que hay una gran demanda de chalecos por parte de los milicianos civiles que se pliegan a la resistencia. Dice que el gobierno no provee de chalecos antibalas a los milicianos y que solo les suministra armas AK 47 que salieron de servicio del ejército. Cuenta también que los habitantes comunes están comprando armas y municiones.
Ya no rigen las autorizaciones de los organismos de control del gobierno, sino que la venta de armamento está liberada. Es algo que hizo el gobierno de Volodímir Zelenski para calmar la ansiedad de la gente por defenderse ante una invasión terrestre de las tropas rusas.
La llamada resistencia civil en Ucrania es otra de las cuestiones imposibles de comprobar por la prensa y que el gobierno agita de manera permanente, aún con el peligro de no poder parar las consecuencias.