Operativo Cóndor: la gesta de 18 jóvenes que hicieron flamear la bandera en las Malvinas

En 1966, un grupo patriótico desvió un avión comercial a las Islas Malvinas para recuperar la soberanía y desafiar al Imperio británico.

Aquel vuelo libertador no fue un hecho aislado, sino una de las páginas más gloriosas de la resistencia argentina. 

Aquel vuelo libertador no fue un hecho aislado, sino una de las páginas más gloriosas de la resistencia argentina. 

En septiembre de 1966, el país atravesaba momentos de oscuridad institucional bajo la dictadura de la autodenominada “Revolución Argentina”, encabezada por Juan Carlos Onganía. Sin embargo, en la profundidad del tejido social, el fuego sagrado del patriotismo ardía intacto en el corazón de la juventud. Fue en ese contexto de sometimiento donde emergió una acción de audacia sin precedentes, destinada a marcar a fuego las páginas de la historia nacional: el Operativo Cóndor.

Liderados por el joven militante Dardo Cabo, un grupo compuesto por 18 valientes argentinos —integrado por trabajadores, estudiantes y militantes de la Juventud Peronista y de la resistencia— decidió emprender una epopeya que desafiaría no solo al poder militar local, sino al Imperio británico. No los movía el odio ni la ambición personal, sino el mandato categórico de la historia: reafirmar que las Islas Malvinas fueron, son y serán argentinas.

Operativo Cóndor: la gesta de 18 jóvenes que hicieron flamear la bandera en las Malvinas

Liderados por el joven militante Dardo Cabo, un grupo compuesto por 18 valientes argentinos —integrado por trabajadores, estudiantes y militantes de la Juventud Peronista y de la resistencia— decidió emprender una epopeya que desafiaría no solo al poder militar local, sino al Imperio británico. No los movía el odio ni la ambición personal, sino el mandato categórico de la historia: reafirmar que las Islas Malvinas fueron, son y serán argentinas.

Liderados por el joven militante Dardo Cabo, un grupo compuesto por 18 valientes argentinos —integrado por trabajadores, estudiantes y militantes de la Juventud Peronista y de la resistencia— decidió emprender una epopeya que desafiaría no solo al poder militar local, sino al Imperio británico. No los movía el odio ni la ambición personal, sino el mandato categórico de la historia: reafirmar que las Islas Malvinas fueron, son y serán argentinas.

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Aquel 28 de septiembre de 1966, estos 18 jóvenes abordaron en Buenos Aires el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas con destino a Río Gallegos. En pleno vuelo, con una determinación inquebrantable pero con absoluta precisión y sin recurrir a la violencia contra los pasajeros ni la tripulación, el grupo tomó el control de la aeronave. La orden impartida al comandante fue clara, firme y épica: cambiar el rumbo con dirección hacia el Atlántico Sur, con rumbo directo al corazón del territorio usurpado.

El rugido del Cóndor sobre la turba austral

El avión cruzó los cielos sobrevolando el mar helado hasta avistar la fisonomía austera de la Isla Soledad. Ante la inexistencia de un aeropuerto formal en la zona, el piloto debió realizar una maniobra de altísimo riesgo: aterrizar la pesada mole de acero en una pista improvisada, en un terreno turboso y desolado cercano a la capital insular.

Cuando las ruedas de la aeronave tocaron suelo malvinense, el suelo tembló y el destino pareció detenerse. Los 18 jóvenes no vacilaron. Descendieron con el pecho henchido de orgullo y desplegaron sobre esa tierra austral siete banderas argentinas que flamearon victoriosas contra el viento helado del sur. En ese preciso instante, la soberanía nacional dejó de ser un reclamo diplomático estéril para convertirse en un hecho concreto de ocupación territorial y dignidad criolla.

Aquel 28 de septiembre de 1966, estos 18 combatientes del ideal abordaron en Buenos Aires el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas con destino a Río Gallegos. En pleno vuelo, con una determinación inquebrantable pero con absoluta precisión y sin recurrir a la violencia contra los pasajeros ni la tripulación, el grupo tomó el control de la aeronave. La orden impartida al comandante fue clara, firme y épica: cambiar el rumbo con dirección hacia el Atlántico Sur, con rumbo directo al corazón del territorio usurpado.

Aquel 28 de septiembre de 1966, estos 18 combatientes del ideal abordaron en Buenos Aires el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas con destino a Río Gallegos. En pleno vuelo, con una determinación inquebrantable pero con absoluta precisión y sin recurrir a la violencia contra los pasajeros ni la tripulación, el grupo tomó el control de la aeronave. La orden impartida al comandante fue clara, firme y épica: cambiar el rumbo con dirección hacia el Atlántico Sur, con rumbo directo al corazón del territorio usurpado.

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En un acto de profundo valor simbólico, el grupo rebautizó inmediatamente la capital insular con el nombre de Puerto Rivero. Aquel homenaje rendía tributo al gaucho Antonio Rivero, el héroe legendario que en 1833 había liderado la primera resistencia armada de peones y criollos contra la invasión británica. Con el himno nacional brotando de sus gargantas y resonando entre los cerros de la isla, los integrantes del Operativo Cóndor exigieron ante las autoridades británicas el reconocimiento de la soberanía argentina sobre el archipiélago.

Treinta y seis horas de gloria y el legado de la dignidad

Durante 36 horas continuas, aquel puñado de héroes mantuvo la bandera patria en alto, rodeados por fuerzas militares británicas superiores en número y armamento. La desproporción de fuerzas no amedrentó a los jóvenes. Se mantuvieron erguidos en su puesto, custodia de la dignidad de todo un pueblo, hasta que, habiendo cumplido con el objetivo histórico de mostrar la presencia efectiva y el reclamo irrenunciable sobre las islas, depusieron las armas sin que se derramara una sola gota de sangre.

De regreso al continente, la dictadura militar de Onganía, temerosa del fervor popular que despertaba semejante acto de heroísmo, los juzgó y encarceló. Sin embargo, las rejas del régimen no pudieron encarcelar el espíritu patriótico de la gesta. El sacrificio y la prisión sufridos por Dardo Cabo y sus compañeros terminaron por agigantar la leyenda del Operativo Cóndor.

La bandera que estuvo 36 horas flameando en Malvinas en 1966, fue recibida por la expresidenta Cristina Fernández durante su mandato.

La bandera que estuvo 36 horas flameando en Malvinas en 1966, fue recibida por la expresidenta Cristina Fernández durante su mandato.

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Aquel vuelo libertador no fue un hecho aislado, sino una de las páginas más gloriosas de la resistencia argentina. Los 18 del Cóndor demostraron al mundo que la soberanía no se negocia en despachos sumisos, sino que se defiende con el alma, la entrega y el coraje. Su hazaña de 1966 sigue siendo un faro encendido para las generaciones presentes y futuras, un recordatorio indestructible de que mientras exista un argentino dispuesto a hacer flamear la bandera en nuestras islas, la causa Malvinas jamás podrá ser derrotada.

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