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Deportes Fútbol femenino | fútbol mixto |

Gambeta, amague y gol, en Santa Fe las chicas se prenden al fútbol cinco y hay muchos turnos mixtos

Los picaditos mixtos de entresemana forman parte de un fenómeno que encuentra su explicación en el crecimiento y consolidación del fútbol femenino. El principal debate: ¿el fútbol podría ser mixto en todas sus divisiones?.

Pato Barone se ata con fuerza los cordones de los botines mientras suena la chicharra que marca el comienzo del turno. Empieza a avanzar por el lateral, corriendo con la pelota pegada. Uno de sus rivales varón sale a marcarla, pero ella mete un pase corto y se la pasa a otro de los pibes en un golpe seco. Entre amagues y enganches una chica marca gol, con una fuerza de patada voladora.

Afuera de la cancha, una de sus compañeras se pone la camiseta con el número 10: controla el asador para garantizar el éxito del famoso tercer tiempo. Choripanes y cerveza para celebrar que Pato Barone se convirtió hace unos días en Ingeniera Eléctrica: hace 16 años no se recibía de esa carrera una mujer en la Universidad Tecnológica Nacional de Santa Fe.

El equipo de Pato Barone. Foto: Maiquel Torcatt / Aire Digital

El fútbol mixto es uno de los tantos espacios conquistados: en un gran número de países se ha implementado en los últimos años el sistema donde nenes y nenas juegan juntos -en algunos hasta los 12 años y en otros sin límites. Que se planteen estos espacios en un deporte históricamente masculino significa abrir nuevos espacios de diálogo e intercambio. Pero el mayor debate gira en torno a si el fútbol podría ser mixto en todas sus divisiones.

¿Son juegos distintos? Una mirada desde la sociología

Pato Barone se abrió lugar en espacios históricamente ocupados por hombres: en un laboratorio de seguridad eléctrica y en la cancha. De uno en uno la saludan para felicitarla en la entrada de la canchita de fútbol 5. Ella responde: “Estoy tocando el cielo con las manos”.

“A jugar empecé hace tres años pero siempre me gustó desde muy chica. Lo veía pero nunca pensé que iba a poder participar. Como cuando vas a la plaza de chica y están jugando tus vecinos, vos sos espectadora. En mi casa no se sabe lo que es el fútbol, por eso yo de repente rompí con los esquemas: salí ingeniera, sabalera y feminista”, cuenta Barone.

Foto: Maiquel Torcatt / Aire Digital

Muchas de las compañeras se inician y desarrollan a una edad en la que deberían estar compitiendo en alto rendimiento, cuando el varón ya es profesional. Pero si desde la educación se apuesta a la competencia mixta el cambio cultural sería importante.

En su tesis de la carrera de Sociología, Celeste Tritten hace un estudio comparativo entre mujeres que trabajan en espacios masculinizados (como jugadoras, periodistas deportivas y árbitras) y varones en espacios feminizados (como enfermeros y maestros de primaria). “Cuando somos chicas hay un primer momento en el que jugamos con otros varones, pero ellos nacen con la pelota y a nosotras nos regalan muñecas. Después en la adolescencia encontramos más estigmas en el deporte y de más grandes nos reencontramos –con ayuda de la explosión del feminismo. Lo que sí no tenemos que hacer es intentar compararnos al juego de los varones, porque son cuerpos distintos ”, explica Tritten.

Las que mamaron mixto desde chicas

Alejandra Haas tiene 27 años y es jugadora de Colón de Santa Fe. Ella forma parte del grupo de compañeras que vivieron el fútbol desde pequeñas. “Me crié entre varones en el barrio: tuve la dicha de tener un potrero cruzando la calle y un papá muy futbolero. Como jugaba en los recreos con los chicos un profesor de Educación Física me invitó a jugar en el club de Basavilbaso. Primero practicábamos con los más chiquitos que les llevábamos dos años y después con varones de nuestra misma edad”.

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En el barrio era una fenómena. Recuerda que fue de igual a igual hasta los 14 años. A partir de esa edad, muchas compañeras coinciden que los comentarios sexistas comenzaron a aparecer. “En alguna práctica podías llegar a quedar mal si le metías un caño a un varón o lo pasabas. En el último partido que jugué en Basavilbaso el profesor empezó a repartir las camisetas y a mí me dio la 10. En la hinchada visitante comenzaron a señalarme y se escuchaba por lo bajo la 10 es una mujer”.

Así como hay chicas que se dedican al ámbito profesional, otras comparten la pasión desde otros lugares. Thamina Habichayn estudia Comunicación Social y tiene un tatuaje bostero en la cara externa de la pierna derecha. En su familia el que no es de Boca no es de la familia, dice. Su abuela es una de las que más sabe sobe posiciones y jugadores.

“Desde chiquita jugábamos con nuestros amiguitos de Marcelino de Escalada en la calle. Mi hermana y yo éramos las únicas mujeres. Empecé a ir a la cancha a los 6 años: la primera vez fue Colón-Boca, yo estaba vestida de rosa de pies a cabeza. Era chiquita pero todavía me acuerdo de gritar un gol por primera vez ahí adentro. Mi papá en un momento no me encontraba y yo estaba desesperada colgada en el alambrado. En la escuela con mis compañeras fuimos a las olimpíadas y quedamos terceras”, explica Habichayn.

Mujeres transpirando la camiseta: una lucha histórica

Hace varios años ya la FIFA declaraba que “debe haber una separación clara entre el fútbol masculino y el femenino”. La realidad es que varones y mujeres se encuentran en las canchas cada vez más.

Foto: Maiquel Torcatt / Aire Digital

Argentina es un país futbolero y la cancha era un territorio a conquistar. A partir de movimientos como el Ni una Menos en el 2015, la trayectoria por la apropiación de espacios ha sido larga. Y para la agenda feminista el 2018 fue un año de explosiones.

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Se trata de un reflejo de lo que está pasando en la sociedad. Ayelén Pujol lo explica en su libro ¡Qué jugadora!: “Nadie escribió nunca que un equipo de mujeres argentinas derrotó a Inglaterra en el Estadio Azteca en 1971 con cuatro goles de Elba Selva. Nadie nos contó sobre Las Pioneras, ni sobre las primeras futbolistas en ir a Europa. No sabíamos que había mujeres jugando mundiales”.

Pujol lo describe como un choque de placas tectónicas: cuando el feminismo y el fútbol se encontraron hubo una implosión. Esta historia no tiene un inicio claro en Argentina, pero sí un punto que marca un antes y un después: 1991, el año en que la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) creó un campeonato. Sin embargo, hay archivos que demuestran que en la década de 1920 ya hubo partidos femeninos.

Maca Sánchez se animó a denunciar al club que la echó y logró la visibilidad de una demanda histórica: que el fútbol femenino sea profesional. Para que Amalia Flores deje de ser la “Maradona” y Estefanía Banini la “Messi”. Así empezamos a construir a nuestras propias referentes. Un camino desde las pioneras de los 70, 80 y 90, el empuje del feminismo, la potencia de la lucha colectiva, el gran logro anunciado por la AFA y un picadito mixto organizado por Amnistía Internacional.

Alejandra Haas de Colón defiende que “el feminismo tuvo mucho que ver: el fútbol es un frente más de lucha. Y uno de los más conservadores y reacios, pero la lucha se está dando”. Se escucha a las pibas cantando: “y dale alegría alegría a mi corazón una cancha disidente es mi obsesión”.

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