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Sociedad H.I.J.O.S. | desaparecidos | dictadura

Los H.I.J.O.S. de la dictadura: quiénes siguen la búsqueda en Santa Fe

Guillermo Ángel López Torres y Graciela Susana Capoccetti fueron secuestrados el 18 de agosto de 1977 en Rosario. El terrorismo de Estado los "chupó" junto a otras 30.000 personas durante la dictadura cívico-militar. Su hijo Gustavo es uno de los tantos hijos de desaparecidos que continúa la lucha colectiva por la memoria.

Cuando Gustavo nació en 1976, su padre y su madre ya vivían en la clandestinidad. Gustavo López Torres se crió en la ciudad de Santa Fe: es hijo de desaparecidos y su historia comienza mucho antes de que él naciera.

Su padre Guillermo Ángel López Torres nació en 1948 y su mamá Graciela Susana Capoccetti en 1951. Se conocieron en la época de estudiantes en la Universidad Católica, él estudiaba abogacía y ella Letras. La pareja comenzó a militar en la Acción Católica hasta que se unieron a la Juventud Peronista y a Montoneros. En 1974 nació su primer hijo Diego y en el ’76 el segundo, Gustavo.

Casamiento de Guillermo Ángel López Torres y Graciela Susana Capoccetti.
Casamiento de Guillermo Ángel López Torres y Graciela Susana Capoccetti.

Casamiento de Guillermo Ángel López Torres y Graciela Susana Capoccetti.

El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas junto a sectores poderosos conservadores de la sociedad civil argentina instauraron en el país una política de terror que se tradujo en un plan sistemático de desaparición de personas. El terrorismo de Estado tuvo como víctimas a 30.000 personas: fueron secuestradas de sus casas, de sus trabajos o a plena luz del día. Interrogadas, torturadas o asesinadas.

Diego y Gustavo López Torres son dos de los tantos niños que la dictadura cívico-militar forzó a criarse sin sus padres y en una constante lucha por reconstruir sus historias.

El día que los secuestraron

El hecho de militar en Montoneros había puesto a Guillermo y a Graciela en alerta. Durante un tiempo vivieron en Paraná hasta que un día los paró la policía y les pidió los documentos. Se los dieron pero al pedirle los papeles del auto y no tenerlos, les solicitaron que los acompañen hasta la comisaría. “Estaciono y bajo”, le contestó Guillermo. Pisó el acelerador y huyeron. La maniobra para escapar les terminó costando el figurar en la lista de buscados.

Durante tres meses tuvieron que vivir en la casa de un familiar en Guadalupe hasta que recibieron la orden de trasladarse a Rosario a fines de 1975. Se mudaron a una casa en Bv. Seguí y Vera Mujica y desde ese momento cambiaron sus nombres a “Carlos Franco” o el “Indio” y ella a “Elena”.

Guillermo Ángel López Torres y Graciela Susana Capoccetti.
Guillermo Ángel López Torres y Graciela Susana Capoccetti.

Guillermo Ángel López Torres y Graciela Susana Capoccetti.

Su segundo hijo, Gustavo, nació el 30 de julio en el Hospital Provincial de Rosario. “De grande me contaron que mi vieja se cambió como si hubiese ido a visitar a alguien al hospital y me metieron adentro de un bolso. De esa manera no tenían que entregar mis documentos ni dar a conocer mi verdadera identidad, no querían arriesgarse”, cuenta hoy Gustavo López Torres en el comedor de su casa en Santa Fe a Aire Digital.

El 18 de agosto de 1977 Guillermo Ángel López Torres y Graciela Susana Capoccetti fueron secuestrados en Rosario. Años más tarde, su hijo menor Gustavo reconstruiría la historia a partir del relato de la gente del barrio: “Mi papá trabajaba de albañil y el hijo de 15 años de la vecina era su ayudante. Esa mañana, el chico lo pasó a buscar a mi papá para ir a trabajar pero él se excusó diciendo que tenía rota la bicicleta. Miró las ruedas y no vio nada raro, entonces pensó que quizás tenía problemas con mi mamá y se fue solo”, explica el entrevistado.

Caja de recuerdos de Gustavo López Torres.
Caja de recuerdos de Gustavo López Torres.

Caja de recuerdos de Gustavo López Torres.

Sin embargo, confiesa que quizás su padre sabía lo que estaba por ocurrir. Pareciera que ese 18 de octubre Gustavo salió finalmente con su bicicleta pero se encontró en la calle con varios camiones del Ejército. Según los vecinos, lo metieron en un auto a él y a su madre que estaba embarazada de unos seis meses. “Mi vieja le dice antes de irse a mi hermano: ‘cuidalo a Gustavo que nosotros vamos a centro a comprar zapatillas’. Pero nunca más los vimos”, confiesa sin recordar con claridad lo ocurrido debido a su corta edad.

El destino de los hermanos

A los dos hermanos los metieron en otro auto y los trasladaron a un Juzgado de Menores en Rosario. Estuvieron en el lugar tres días hasta que dos celadoras se los llevaron cada una a sus hogares. Vivieron tres meses separados pero el mayor recordaba las palabras de su madre y pedía incansablemente que lo reúnan con su hermano.

El 15 de noviembre de ese año publicaron en los diarios La Capital y El Litoral un anuncio con fotografías de ambos donde explicaban que habían sido dejados en la vía pública y que buscaban a sus familiares. “Yo solo tenía el carnet de vacunas como identificación así que tranquilamente podría haber desaparecido. Mi abuela paterna junto con mi abuelo vieron la publicación y nos fueron a buscar”, explica Gustavo.

Recorte del diario donde alertaban la situación de los hermanos López Torres.
Recorte del diario donde alertaban la situación de los hermanos López Torres.

Recorte del diario donde alertaban la situación de los hermanos López Torres.

Los dos se criaron en Santa Fe y con el tiempo Gustavo se acostumbró a decirle papá a su abuelo y mamá a su abuela. “Yo iba al jardín con ella y no entendía por qué el resto de las madres eran tan jóvenes y ella mayor. Ahí me empecé a preguntar un montón de cosas. Cuando ya iba a la escuela primaria, las maestras decían que iban a rezar por mis padres para que aparezcan. Y yo no entendía dónde estaban”, relata.

Así pasó su vida, entre los comentarios de sus compañeros que le decían que era “hijo de terrorista” hasta acusaciones y señalamientos de sus docentes por “tener padres desaparecidos”. En la casa tampoco le era fácil: su abuelo era un militar retirado que nunca hablaba del tema.

Diego y Gustavo López Torres.
Diego y Gustavo López Torres.

Diego y Gustavo López Torres.

A fines de octubre de 1976, apareció un bebé en la Plaza de las Banderas junto con tres cartas prendidas de la ropa. El nene se trataba de Ignacio Laluf, quien fue recuperado por su abuelo. Uno de esos sobres iba dirigido a la abuela materna de Gustavo: «Estamos bien pero cuidá a los chicos, ya vamos a volver». Sin embargo, nunca más tuvieron noticias ni de ellos ni del bebé que esperaba Graciela Susana Capoccetti.

Armando el rompecabezas: H.I.J.O.S. Santa Fe

Durante mucho tiempo, Gustavo López Torres se preguntó por qué su abuelo paterno nunca había investigado la desaparición de su propio hijo. Cuando el hombre muere en 1999, su abuela le entregó una caja llena de papeles. Lo recuerda en carne viva: “un día mi mamá… bueno, mi abuela, me entrega todo eso. Yo pensé que él nunca había hecho nada pero la caja estaba llena de Habeas Corpus a Videla y denuncias de todo tipo buscándolos”.

De joven conoció a quien se convertiría su compañera de vida: Melina Aranda. Cuando tenía 18 años recibieron la noticia de que esperaban a su primer hijo, por lo que las preocupaciones eran el trabajo y el día a día. De esa manera, la búsqueda por recuperación de la memoria quedó postergada en su trayectoria.

«Andá a la Secretaría de Derechos Humanos, ahí te van a ayudar», le dijo alguien un día. Así fue como Gustavo comenzó un proceso de sanción que le llevó en 2004 a unirse y militar activamente en H.I.J.O.S. Santa Fe.

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Gustavo atravesó la experiencia de conocer la casa de sus padres en Rosario y encontrarse con un hombre que la habitaba hacía más de dos décadas. “Le pregunté por Guillermo y Graciela, pero negaba con la cabeza. Hasta que le dije que era hijo de desaparecidos: enseguida se le iluminó la cara y me empezó a hablar del Indio y de Elena. Yo hasta ese momento no sabía que ellos se habían cambiado los nombres. Era la primera vez que alguien me hablaba de lo que ellos vivieron en esa época”, recuerda con una mezcla de angustia y alivio.

Con la información y recuerdos de vecinos, pudo iniciar la causa judicial como querellante en el año 2003 por la desaparición de sus padres e inició la búsqueda de su hermana o hermano que podría haber nacido meses después de que se llevaran a su madre.

Gustavo López Torres y Melina Aranda tienen un hijo y una hija. “A ellos les cuento desde que son chiquitos sobre sus abuelos, porque yo estoy muy orgulloso de que mis padres dedicaran toda su vida a defender sus ideas. Y eso es lo que seguimos pidiendo todos los 22 de octubre: que se sepa la verdad”, concluye.

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