Diciembre resultó revolucionario, alentador y feminista. Muchas mujeres despertaron ante la denuncia de Thelma Fardín contra Juan Darthés, por violación. Que según la acusación ocurrió en el año 2009, en una gira internacional de “Patito Feo”. El “destape”, se dio públicamente en conferencia de prensa de Actrices Argentinas.
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Gran parcialidad de la sociedad apoyó a la actriz como víctima de la atroz situación. Lo cual se reflejó en las redes sociales con la etiqueta #MiraComoNosPonemos. Pero muchas personas, emitieron sus críticas y dieron a conocer sus dudas, entre las cuales una de las más frecuentes fue: ¿por qué Thelma Fardín demoró tantos años en denunciar?
Para profundizar en la temática, consultamos a la psicóloga Carla Elisabet Korol Ribles (M.P. 1880) para puntualizar por qué las víctimas tardan en hablar.
Ante la mirada de una sociedad patriarcal, generalmente el juicio lo recibe la persona que sufrió el acuso o abuso sexual. “¿Por qué estaba ahí?”; “Se la buscó, ¿por qué estaba así vestida?”; ¿Así que estaba alcoholizada?”; “Si estaba en su departamento, ¿entonces no accedió a tal situación?”; y cuántas frases más. Éstos cuestionamientos son parte de un discurso que se vive reproduciendo y que existe a nivel inconsciente – como los arqueotipos que plantea Carl Gustav Jung, teórico, médico psiquiatra y psicólogo -.
Lo que plantea Jung, es que hay cuestiones que se repiten de generación en generación y se normalizan sin que nadie diga nada al respecto. Volviendo a suceder una y otra vez, sin que nos demos cuenta. Así, de boca en boca esas preguntas sometedoras se han naturalizado. Llevando a la mujer, a no hablar ni denunciar.
En algunos casos, las víctimas cuentan sobre el acoso o abuso sexual padecido, a amigos y familiares. Quienes le aconsejan que no denuncien para no exponerse, porque “todo va a quedar en la nada”. Entonces, las mujeres no efectúan la denuncia.
Al intentar proteger a la mujer para evitar su exposición, cooperan en que el trauma permanezca y no sane.
Muchas veces los victimarios forman parte del entorno íntimo de la mujer. Encontrándose entrampada, ella no sabe si denunciar porque es una persona en quien confiaba y a quien quería. Lo cual, genera un desequilibrio emocional muy importante.
En estos casos se dan los mismos síntomas de un trastorno post traumático. Lo cual significa que reviven todo el tiempo las imágenes del momento de abuso. Y aparecen las consecuencias: síntomas de ansiedad, sintomatología depresiva, no quieren salir de sus casas, empiezan a interrumpir todas las esferas de su vida – como las actividades laborales, sociales y de ocio -, tienen miedo de salir a la calle y empiezan a desconfiar de absolutamente todos los hombres.
Ante las relaciones de desigualdad de poder, las amenazas del victimario la condicionan. “Fijate qué vas a hacer, me vas a arruinar la carrera, el trabajo, la vida.” Cuando en realidad, ellos le arruinan la vida a la mujer. Dejando un mundo destruido que hay que recomponer.
En gran cantidad de casos, quienes toman la denuncia poseen muy poca perspectiva de género o carecen de la misma. Cuando las víctimas toman coraje y se acercan, las tratan mal. Lo cual se hace de conocimiento público, y otras mujeres entonces prefieren no acudir.
La mujer siempre corre en desventaja. Tiene miedo de qué van a decir los demás y cómo van a mirarlas. Se encuentra con el miedo constante de que si habla, la van a lastimar o no le van a creer. Esto lleva a que la persona dilate la denuncia, o directamente no la haga.
El abuso implica exponerse y dar explicaciones. Al tener que relatar con detalles todo lo que pasó, se da lo que se llama una “revictimización”. Esto significa, que cuando las personas cuentan cómo fue, vuelven a experimentar los mismos sentimientos y sensaciones que tuvieron durante el abuso. Lo cual es muy complicado a nivel emocional.
Al no enfrentar el acoso o violación, con el paso del tiempo, el dolor no es resuelto y queda estancado, bajo la alfombra. Muchas mujeres creen que “va a pasar”, y “ya van a sentirse bien”. Pero allí empiezan a aparecer todos los síntomas negativos que afectan cada ámbito de sus vidas. Un ejemplo de esto, es que hay mujeres que no vuelven a tener relaciones sexuales. El abuso deja marcas indelebles en su cuerpo.
La mujer tiende a culpabilizarse. Más aún, si el acosador o abusador la amenaza, generando en ella una gran confusión mental, que como resultado genera que no se anime a contar qué pasó. El victimario suele hacerle creer que la responsabilidad es de ella y la culpa también, a través de la manipulación.
Pero cuando una se anima a hablar, comienzan a atreverse otras más, que también cuentan las situaciones traumáticas que vivieron. Esto se manifiesta gracias a lo que en el círculo del feminismo denominan “sororidad”, que es la hermandad entre las mujeres.
“Durante mucho tiempo nos enseñaron que eramos amigas, contrarias, rivales. Que teníamos que criticar a la otra, destruirla y no creerle. Ahora nos damos cuenta que juntas somos fuertes, y nos animamos mucho más“, explicó la psicóloga.
La profesional recomienda primero realizar la denuncia, antes que un escrache público. Porque a la inversa, la víctima corre en desventaja. Si bien tiene derecho a la expresión y denuncia pública, lo positivo de realizar primero la denuncia penal, es que así, no se pone en duda el relato de la víctima.
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“Quienes tenemos perspectiva de género elegimos siempre creerle a la víctima, apoyarla y escucharla. Por momentos llegan pacientes a las cuales nadie escuchó y nunca pudieron relatar los abusos, porque tenían miedo. Sumado a que generalmente los violadores son personas conocidas y de su entorno. Hay que empezar a hacer algo al respecto.”
“No tiene que haber penetración para que aparezcan los síntomas post traumáticos. También existen si ejercen violencia de género y acoso sexual sobre las mujeres, a través de amenazas, generando sentimientos de inferioridad, intimidación o molestias. Por lo cual, muchas veces no se animan a denunciar, pensando que no van a prestarles atención y no les tomarán la denuncia.”
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Existen dos tipos de miedo: uno es el paralizador, el cual usan los abusadores a través del poder sexual. Por naturaleza los hombres tienen más fuerza que las mujeres, encontrándose ellas en situaciones de las que no pueden escapar.
En segundo lugar, está el miedo que moviliza. Primero paraliza, pero luego se transforma en algo que sea positivo. Pudiendo ayudar así, a otras mujeres. Y esto genera una oleada: si una denuncia, denuncian tres más.
Muchos se preguntan… ¿cómo puede ser que ahora denuncien todas? Esto se debe a que se necesita una mujer que sea el chivo espiatorio, tomando el valor de exponerse, para que la bomba de tiempo explote y se sepa cuántas mujeres más viven la misma situación a diario. “Hay muchas personas que cuestionan y juzgan, inclusive mujeres. La sociedad debe deconstruirse.”
Si sos víctima o conocés a alguien que sufra violencia de género llamá al 144 durante las 24 hs.
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