Travesti. Así le gustaría a Michelle Vargas Lobo que figure su género en el DNI. Una travesti de 43 años que vivió miles de vidas, que conoció la expulsión, el destierro y la violencia. Ahora vive el orgullo y el resguardo de reconocerse en la mirada de sus compañeras.
Esta no es una historia de superación individual, sino de conquistas colectivas. Que hoy están en riesgo.
Hace poco, en diciembre, Michelle se recibió de enfermera profesional en la Universidad Nacional de Rosario. Es presidenta de una cooperativa de cuidados y secretaria del Programa Andrés. Trabaja como no docente en la UNR, en el Programa de Inclusión Educativa y Laboral (PIEL).
Cómo forjó este presente la Michelle que llegó a Rosario, en 2003, con 21 años
Michelle Vargas Lobo nació en Comodoro Rivadavia y se crió en la ventosa Río Gallegos, en la provincia de Santa Cruz. Su mamá murió cuando ella tenía 11 años. Michelle cree que ella sí sabía desde siempre quién era su hija.
Aquel niñito quería hacer la secundaria en el Nacional República de Guatemala, un colegio de élite en su ciudad. Insistió, ese es uno de sus súper poderes. Y logró que su padre se lo pidiera al entonces gobernador Néstor Kirchner.
Lo logró. Pero no pudo terminar y no fue por falta de inteligencia. “Sufrí situaciones de discriminación que fueron expulsándome de la institución. Empecé a hacerme, como le dicen acá, ‘la chupina’, porque no quería ir a la escuela. La pasaba mal”.
Desde la escuela llamaron a su padre. “Se armó todo un quilombo y me mandaron a un nocturno”, sigue el relato.
En esa nueva escuela también la pasó mal. “Estaba con todo el tema de la construcción de mi identidad y la directora me dijo que no podía seguir estudiando ahí porque mis comportamientos no eran correspondientes a un varón”.
Su papá también la echó. “Me dijo que no quería un hijo puto”. “No lo dudé. Para mí, en ese momento, irme era mi libertad”. Poder ser quien quería ser.
Identidad en construcción
“Para las personas travestis y trans no es fácil la etapa de construcción de la identidad. Me hice a los ponchazos. En esa época no había travestis ni trans en los medios de comunicación”, sigue su relato.
Un día la vio a Cris Miro. Y sintió que era por ahí. “Era lo más referenciado que tenía”. Por eso considera importante que estén las personas travestis y trans en los medios de comunicación.
Esto es lo que cuenta Michelle: “Cuando echaron a Diana Surco de la televisión pública, me la crucé en Buenos Aires. Ella estaba mal, pero no por ella, sino porque la televisión pública llega a lugares donde no hay otra señal de cable”.
A Diana le escribían “muchas mariquitas de todo el país que la veían y sentían que ella era un puente”. Sin puentes, Michelle se encontró, a los 15 años, sin escuela y sin casa.
Vivir su propia vida
La acogió Cassandra, “una marica” —así la llama— que tenía una “casita” de personas trans en la zona de cabarets de Río Gallegos. Ella limpiaba durante el día, las compañeras trabajaban de noche. Hasta que un día un cliente le ofreció una copa y comenzó a ser alternadora sexual.
Así vivió y trabajó en Comodoro Rivadavia, en Puerto Madryn, en Rawson, en Piedrabuena, en Los Antiguos, pasó por Buenos Aires, pero la pasó “muy mal”. “Era otra época, en la calle se manejaban otros códigos, yo era muy chica”, recuerda ahora su fugaz paso por la capital federal.
En Punta Arena, en Chile, trabajó dos años. “Allá la lógica del trabajo es más formal, yo estaba como alternadora con contrato temporario y figuraba como showman”, cuenta. No la habían contratado como alternadora sexual como el resto de las pibas porque era travesti.
Desde Punta Arena viajaba a Río Gallegos todos los fines de semana. Conoció a unas chicas trans de Rosario y se largó a dedo. “Fueron tres días de viaje, casi 5000 kilómetros”, recuerda la travesía.
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Cuando llegó a la ciudad, tuvo que aprender otra forma del trabajo sexual, porque siempre había estado en cabarets. “Como en el sur hace mucho frío, pararte en la calle con 20 grados bajo cero no es muy recomendable”, abunda.
También conoció otras formas de cuidado y defensa. “En la calle es más complicado porque vos te subís a un auto y no sabes al auto de quién te estás subiendo”.
Su primera parada en Rosario fue en Paraguay y Pasco, no tan cerca de la plaza Libertad, el lugar donde paran muchas travestis. Fue el derecho de piso que tuvo que pagar, antes de llegar a Mitre y Pasco, el epicentro de esa “zona roja”, como la llaman las crónicas policiales.
“Sufrí la violencia institucional de parte de los milicos, sufrí violaciones porque la policía te llevaba con los artículos del código de Faltas (derogado en 2010) y me decían que para trabajar, me tenía que acostar con ellos”, tal era la extorsión.
Orgullo y militancia
En Rosario tocó fondo: no tenía casa y estaba complicada con el consumo de drogas. En 2010, una compañera estaba en la organización de la Marcha del Orgullo porque se estaba peleando la ley de matrimonio igualitario. La invitó. Y Michelle fue. Otro capítulo de su vida empezó ese día en el Centro Cultural La Toma. El matrimonio igualitario se iba a aprobar. Fue en julio de 2010.
Las referentes travestis Lohana Berkins, Diana Sacayan, Nadia Echazú “y otras compañeras que ya no están”, esperaban esa conquista legislativa para abrirse paso con otra disputa, definitoria, la que darían por su derecho a la identidad de género. La primera reunión le quedó grabada.
“En el Centro Cultural La Toma había un montón de gente. Era un cuartito, me acuerdo de que había máquinas de coser, nunca me voy a olvidar. Arranqué ahí, yo no conocía la militancia, no conocía de política, no conocía de derechos, no había terminado de estudiar, no podía hablar”. Así recuerda Michelle sus inicios.
Tomar la voz
Es increíble que aquella trava sea la misma que hoy arenga en las marchas del Orgullo. Esa alta figura que se anima a hablarle desde el megáfono a la gente que mira desde los edificios. Ahora, dice lo que piensa con una soltura que más de un dirigente político envidiaría.
“Me costaba mucho hablar, poder decir las cosas. Me enojaba y gritaba, daba un portazo, me iba a las manos. Me costó mucho expresarme, algo que no me cuesta ahora”, recuerda.
Del activismo travesti, dio un paso a la política, estuvo en el Movimiento Evita, pero se fue por diferencias políticas. “Siempre me voy bien de los lugares”.
“Empecé a adquirir conocimientos sobre mis derechos y me di cuenta de que yo siempre pensé que mi lugar era la esquina, la calle y que iba a terminar en zanjón como terminaban todas”, subraya.
Otra vida posible
Al empezar a militar, supo que podía estudiar, que podía forjar otro destino. “Siempre digo que la militancia me salvó la vida, literalmente”. En 2012, cuando se aprueba la ley de identidad de género, la vida de Michelle Vargas Lobo tuvo un vuelco. “A mí el documento de identidad me dio el coraje que me faltaba”.
Lo siguiente fue volver al sistema educativo. “Quería dejar de trabajar en la calle, porque la estaba pasando muy mal, necesitaba salir de la calle”, cuenta.
En 2012 —aclara que fue en el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner— se creó el Programa de Seguro, Empleo y Capacitación, que eximía a las empresas privadas de ciertos impuestos si contrataban a “población en situación de vulnerabilidad”.
Con una expectativa de vida de 45 años por la falta de acceso a salud, educación y trabajo, por la violencia institucional, por las carencias de una vida en la que les negaron hasta su nombre, las personas travestis y trans son vulnerables.
Así entró como telemarketer a un call center. El período de prueba era de tres meses, y después la empresa decidía si esa persona continuaba en el puesto. Trabajó ahí durante cuatro años.
La oportunidad de la educación
Volvió a la escuela secundaria. Se recibió en el EEMPA 1147, y fue la abanderada. Esa fue una reparación: “Para mí fue un montón porque me hizo recordar que yo siempre fui inteligente”. Los ojos se humedecen. “Siempre me gustó estudiar, me gustó preguntar, escuchar y lo pude demostrar”.
Primero intentó estudiar profesorado en Matemáticas, pero en 2016 la situación económica la obligó a elegir el trabajo.Tenía dos trabajos. Su pareja de entonces la apoyó para que dejara esos empleos y priorizara el estudio.
No sabe por qué escogió estudiar enfermería profesional, pero sí que hoy está enamorada de su profesión. “Me parece que hay una gran deuda, creo que estudié enfermería porque tiene que ver con la salud”, reflexiona.
Crecer con otrxs
En la carrera llevó adelante una tarea pedagógica, para hacer visibles discriminaciones que están arraigadas. “Les explicaba a las profesoras cómo tienen que hacernos tacto a nosotras, cómo tienen que tocar las mamas de las compañeras que tienen silicona, qué es lo que tienen que fijarse”, cuenta su paso por la carrera.
“Me siento resguardada por la formación que vengo teniendo en los últimos años, desde 2010, cuando entré a La Toma, no paré de formarme. Todo el tiempo es formación, formación, formación, formación, formación”.
Pero sabe que muchas compañeras, especialmente las más jóvenes, “no están preparadas, no saben las leyes, no saben lo que es la violencia institucional”. Por eso, sigue entramada con sus referentes, que son Morena García, poeta, y Karla Ojeda.
“Valoro mucho a las compañeras que están en Buenos Aires, Marlene Wayar, Susy Shock, pero tengo a mis referentas en Rosario”.
Lloró el día que se recibió. “Mi paso por la Facu no fue mío, sino que fue colectivo, porque la mayoría de las personas que me conocen saben toda mi historia, de dónde vine, de dónde yo salí. Me han visto crecer como persona. Para mí es un logro colectivo”.
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