domingo 23 de febrero de 2020
Sociedad | Fernando Báez Sosa | violencia de género |

El crimen de Báez Sosa: cuando la fragilidad de "lo masculino" es lo que está en juego

El asesinato de Fernando, un joven que murió por los golpes y patadas que le propinaron diez rugbiers en Villa Gesell, reavivó el debate sobre la relación entre el machismo, el odio de clase y la violencia. También puso en relevancia, una vez más, la necesidad de una educación y formación con perspectiva de género.

El crimen de Fernando en Villa Gesell tiene a toda la sociedad y a los medios de comunicación consternados. ¿Qué tiene en común este caso con el asesinato de una mujer en manos de su pareja cada 31 horas? Es el patriarcado el origen de todos estos crímenes, el que no sólo oprime mujeres y disidencias, también forma hombres violentos y reprimidos.

Leer más ► Familiares y amigos marcharon por Fernando Báez Sosa: "Estoy muerta en vida", dijo la madre del joven

Los deportes son una buena opción para trabajar las violencias en adolescentes, inclusive las adicciones, porque permiten y prohíben. Son espacios de recreación y compañerismo. Pero muchas veces, hacer deporte entre varones es demostrar y medir "cuán puto sos", o "qué tan larga la tenés". Y no sólo en el deporte, pensemos qué pasa también en los grupos de militares, donde humillar al que está debajo en una organización estratificada es un derecho no escrito (porque el que humilla ya fue humillado, y así sucesivamente).

La homofobia está siempre ligada al machismo. Y en esta lógica, el único modo de vincularse con otro varón es mediando violencias físicas y simbólicas. Es la forma de celebrar y enaltecer la propia masculinidad, demostrarle a los demás -y a uno mismo-, cuán "no-puto" se es. Un entramado del que padres y entrenadores (cuando se trata de grupos de varones que hacen deporte) son partícipes necesarios e instigadores en muchos casos.

Leer más ► Declaró uno de los rugbiers detenidos: "Me llenan de mensajes deseándome la muerte y que me violen"

Tomando la idea de Rita Segato, el narcisismo masculino inculcado a los chicos desde que nacen hace que deban enmascarar y silenciar lo que les falta. Hay un sufrimiento detrás de este mandato: el verdadero hombre no puede llorar, no puede quejarse. Tiene que mostrarse socialmente como una persona a la que no le falta nada, dramatizar su completud.

Y como a la masculinidad hay que demostrarla a los golpes, es en el deporte donde se disputan estos significados. Pero, ¿qué pasa cuando para un grupo de jóvenes la vida social y el espacio público se convierte en una cancha de juego, donde tienen que seguir dirimiendo su masculinidad? ¿Por qué si dentro del campo de juego tienen marcados los límites de cómo ejercer la violencia de sus cuerpos, afuera no los aplican de igual manera?

Testigos que presenciaron el hecho en Villa Gesell dicen que se “cebaban” entre ellos: “Matalo, dale que vos podés”, se alentaban. Una patada de más o una de menos, definía justamente, la masculinidad. En un mundo donde ser macho es un privilegio, perder puntos en la "escala de macho" es perder la categoría de privilegiado. Y nadie quiere eso.

Leer más ► "Lo vas a matar, dale que vos podés": la arenga a los rugbiers que golpearon a Fernando Báez Sosa

En un mundo donde ser macho es un privilegio, perder puntos en la "escala de macho" es perder la categoría de privilegiado. Y nadie quiere eso.

"Quizás mis nietos andan en la joda, pero no son ignorantes, tuvieron educación, no les faltó escuela, fueron al mejor secundario de acá", dijo la abuela de tres de los asesinos, y deja entrever una lógica de pensamiento muy común: si fuiste a una escuela privada, incluso la más cara de la ciudad, sos o serás una buena persona, pero si dejaste la escuela a los 12 años porque tuviste que ponerte a trabajar, o caíste en el flagelo de las adicciones, sos una mala persona.

Siempre esa dicotomía: bueno/malo, blanco/negro, fino/grasa, rico/pobre. Cuando en realidad, lo que está en juego, es un sistema de valores patriarcales que convierte a varones en machitos fuertes, dignos de ser dominadores de todo lo que sea distinto, lo otro, de todo lo que puedan oprimir, sea una mujer, una trans, un homosexual, o un hombre que encuentran solo en una vereda tomando un helado después del boliche.

El caso de Villa Gesell no es aislado, hace dos semanas, un rugbier uruguayo le quebró la mandíbula a un joven que intentaba separar un pequeña discusión. Sin mediar palabra, le pide permiso a una chica, “una sola” le dice, y le pega totalmente a traición. El año pasado se difundió un video en el que un grupo de rugbiers taclean y agreden a un hombre en una fiesta del club. Dos años antes, en Monte Hermoso, Emanuel Eduardo Orta Díaz, de 17 años, terminó hospitalizado e intervenido quirúrgicamente por un coágulo de sangre en la cabeza tras el ataque de un grupo de jugadores de rugby en una pelea callejera en pleno centro de la ciudad. 13 años atrás, tres rugbiers correntinos mataron a Ariel Malvino en brasil, su padre aún espera justicia.

Leer más ► Antecedentes de rugbiers que asesinaron violentamente en manada

Y hay muchos casos más. Se habla de “manada” como si fueran animales, ¿es salvajismo? No. ¿Son enfermos mentales? No, porque en ese caso serían inimputables. Más bien es un esquema totalmente consciente y racional, incorporado en quienes practican un deporte en el que la violencia es legítima, y que siempre estuvo basado en una distinción de sexo y clase (porque claro está que el rugby es históricamente un deporte de clase alta).

Según el informe de Estadísticas Vitales publicado por el Ministerio de Salud de la Nación, en 2018 un total de 604 hombres jóvenes entre 15 y 29 años murieron en el país víctima de agresiones. Especialistas afirmaron que estos datos expresan una de las consecuencias del "mandato de masculinidad", que estos mandatos atraviesan a todos los grupos de hombres, pero en cada grupo se expresa de distinta forma, y la división sexual del trabajo y la represión de lo sensible juegan un papel importantísimo. No hay un solo patrón de masculinidad, porque depende de las experiencias determinadas y del contexto sociohistórico la manera en que se desarrolla en cada época.

Al igual que todos los conceptos que se tienen almacenados en la mente humana, el concepto de "joven" es una construcción social. Por lo tanto, no se puede creer que la violencia es inherente a la juventud por naturaleza. Así como tampoco puede justificarse con la ingesta de alcohol u otras sustancias, aunque sí es cierto que influyen. Pero tomar no te vuelve un asesino. Ser hombre y joven, tampoco. No es nada de eso, es el patriarcado el que inculca los gestos de violencia hacia el otro.

Como siempre desde el dolor, en esta sociedad hija del rigor, las cosas que pasan nos invitan a pensar y pensarnos, cada uno desde su individualidad y en comunidad, qué tipo de sociedad queremos construir para que estos casos no vuelva a suceder. Para que paren de matar mujeres y trans. Y para que dejen existir los micromachismos de la vida cotidiana.

En este punto, resulta fundamental reivindicar la importancia de formar con perspectiva de género a todos los integrantes de instituciones, sean estatales o privadas. Sobre todo aquellas que atraviesan a los jóvenes, que serán los hombres adultos de mañana. E incluir por supuesto, la educación sexual.

El problema son todas las formas de masculinidad que se construyen cuando se disfraza al machismo y la violencia como valores propios de un hombre, que es evidente que en los grupos de rugby se inculcan con más fuerza que en otros deportes. Por eso la necesidad de enseñar a respetar y amar al otro, para erradicar –de una vez por todas– todos los discursos y prácticas de odio, que terminan con Fernando, mujeres y personas con identidades de género disidente asesinadas.