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Sociedad escuelas | Adolescencia | Tiroteo en una escuela de San Cristóbal

Amenazas en escuelas de Santa Fe: por qué castigar no alcanza

Tras el ataque en San Cristóbal y las amenazas en Santa Fe y en todo el país, la especialista Carina Kaplan advierte sobre la angustia en la adolescencia y el rol de las escuelas.

¿Las escuelas siguen siendo el lugar más seguro para las adolescencias? Después del ataque en San Cristóbal, vinieron las amenazas. Y la zozobra. La respuesta estatal fue: “No es una broma, es un delito”. Mientras, investigadores y organizaciones se preguntan qué está diciendo la pibada.

“La escuela es un lugar seguro. De hecho, es un espacio pacificado si lo comparamos con la cultura de la violencia que predomina en nuestra sociedad”, considera Carina Kaplan, doctora en Educación por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Ciencias Sociales con mención en Educación por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.

Para eso, primero hay que saber algo que Kaplan enuncia con todas las letras: “Las y los jóvenes están gritando desesperadamente que no pueden soportar las condiciones de su existencia: se les dificulta hacer lazo social, se les obstaculiza encontrar sentido a ir a la escuela en una sociedad donde el desempleo juvenil y la precarización laboral son alarmantes”.

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Las escuelas son los lugares para expresar ese miedo y esa angustia.

“En la vida cotidiana de las escuelas se trabaja para promover formas de buen trato que posibiliten hacer trama afectiva”, apunta la especialista.

carina kaplan investigadora
Carina Kaplan es especialista en educación y resalta la importancia de las escuelas.

Carina Kaplan es especialista en educación y resalta la importancia de las escuelas.

La trama afectiva

¿Cómo se arma esa trama? “Sentirse seguros en la escuela significa ser escuchados, acompañados, alojados en una experiencia común, donde el aprendizaje está en el centro del proceso de escolarización”.

En un contexto de pluriempleo, sobreendeudamiento, padres y madres desbordados por las obligaciones y la incertidumbre, “la escuela es una caja de resonancia de los problemas sociales”.

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Así lo considera la especialista, autora de varios libros, entre ellos Educar en la empatía. “No es una isla. No puede estar ajena a las condiciones de la desigualdad y al malestar social que atraviesa a la gran mayoría de las familias”, afirma.

“Los niños, las niñas y los jóvenes, en ocasiones, no pueden tramitar con la palabra la conflictividad que los atraviesa, que les provoca sufrimiento, y se manifiestan a través de prácticas de violencia, contra los demás e incluso contra sí mismos (autolesiones, suicidios)”, analiza con preocupación.

Por eso, según surge de su experiencia de escucharlos, “los propios jóvenes denuncian que se sienten invisibles y prefieren desaparecer de sí”.

san cristóbal detenido en córdoba
Uno de los mensajes que apareció en una de las escuelas de Córdoba.

Uno de los mensajes que apareció en una de las escuelas de Córdoba.

Lo que propone Kaplan dista de ser una receta, pero sí una pauta. “Los episodios dolorosos que hemos vivido, que son extraordinarios pero interrumpen el devenir de la cotidianeidad, que se han llevado una vida y donde hay jóvenes heridos, y donde el miedo es una emotividad que penetra en la experiencia escolar, todas esas escenas necesitan ser simbolizadas por la comunidad educativa. Darse tiempo para la elaboración colectiva. En la escuela lo traumático se tramita comunitariamente”.

Angustia y respuestas punitivas

Esa tramitación comunitaria —que ocurre porque en las escuelas hay comunidades que ven más allá del Código Penal— ya viene absorbiendo los desafíos de una época muy difícil para ser adolescente.

“Ha aumentado el suicidio adolescente de una manera dramática. En este contexto, necesitamos preguntarnos y preguntarles: ¿dónde les duele la vida? Es indispensable que la ciudadanía toda se sensibilice por el sufrimiento de nuestras infancias y juventudes”, plantea la especialista.

Lo que dice Kaplan se apoya en datos muy concretos. En su último informe de gestión, la fiscal general de la provincia, María Cecilia Vranicich, reveló que la tasa de suicidios es muy alta en Santa Fe: 12,7 cada 100 mil habitantes. Fue, de hecho, la principal causa de muertes violentas en 2025.

Y, según el informe del Sistema de Alerta Temprana del Ministerio de Seguridad de la Nación, el 45% de las personas que se quitaron la vida tenían entre 15 y 34 años. En su gran mayoría (8 de cada 10), eran varones.

allanamientos por amenazas a escuelas
La respuesta estatal fue: “No es una broma, es un delito”.

La respuesta estatal fue: “No es una broma, es un delito”.

Ante esta realidad, la tentación es poner el problema afuera, como un problema individual o familiar de ese chico o esa chica que concretaron la amenaza. Sin embargo, según los propios datos del gobierno provincial, hubo un promedio de entre 70 y 80 llamados con amenazas durante varios días en la provincia.

Mandar notificaciones a adultos seguramente desbordados, con dificultades para afrontar la vida diaria, no va a eliminar el síntoma.

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“Cuando se desestima la angustia, aparece muchas veces como violencia. Por ello, la escuela es una institución a la que hay que revalorizar en su función de reparación de las heridas sociales”, sostiene Kaplan.

¿Qué hacer? “Necesitamos redoblar el esfuerzo en las escuelas para interrumpir las violencias naturalizadas (humillaciones, apodos, burlas, discursos racistas). Es necesario contraponer una trama vincular basada en la justicia afectiva”.

Justicia afectiva y soledad

El concepto de justicia afectiva es crucial en las adolescencias, porque esas personas en plena formación necesitan límites, los piden con urgencia, pero también acompañamiento, escucha y contención. Y en una trama social rota, todo eso se hace más difícil.

“La justicia afectiva refiere al derecho a ser y sentirse amados, protegidos y cuidados. La escuela promueve valores como la solidaridad, el respeto, la empatía, pero lo hace a contracorriente de lo que circula en general en otros espacios sociales”, sostiene Kaplan.

Así como la violencia “se aprende”, también se “desaprende”.

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Pero —atentos quienes creen que no es un problema de ellos— “la escuela no puede sola. El compromiso debe ser de la ciudadanía”.

Ante la angustia, en la sociedad hay diferentes respuestas. La negación, sí, pero también la necesidad de poner el problema afuera, en un solo lugar.

La conferencia de prensa en la que el gobierno provincial y el nacional atribuyeron el ataque en San Cristóbal a la pertenencia de Gino —el atacante de 15 años— a la comunidad True Crime puede ser tranquilizadora. Porque, sí, “la cultura digital está plagada de múltiples expresiones de violencia”.

El vínculo roto

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“La conectividad permanente transforma la violencia en línea en una experiencia permanente que insensibiliza. Necesitamos preguntarnos qué buscan, o más bien, qué encuentran los jóvenes en el universo digital donde desaparece el vínculo humano que construye lazo social. ¿Cómo forman comunidad?”, se pregunta Kaplan.

“Una de las preocupaciones que tengo, conversando con estudiantes en nuestras investigaciones, es que suelen expresar que se sienten solos. Tal vez, la experiencia de soledad pueda permitirnos interpretar la desconexión emocional y ciertas formas de aislamiento”, detalla.

Esas sensaciones también están relacionadas con la pandemia, un gran trauma colectivo que todavía debe simbolizarse, y con una sociedad que promueve el emprendedurismo, demoniza la organización colectiva y descree de los espacios comunitarios. Para mantener a todo el mundo —de todas las edades— pegado a las pantallas, sentirse solo no es una exclusividad adolescente.

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“La soledad es una emotividad que es signo de nuestra época y que da cuenta de la dificultad de vincularse con los otros”.

La pregunta que surge es qué hacer. “Lo que necesitamos comprender es que a los jóvenes se les debilita el sentido de la vida; por lo cual es imperioso reponerles lo vital en el presente y construir horizontes de posibilidad, esperanzas a futuro”.

Por eso, las respuestas punitivas se quedan cortas. “Los protocolos formalizados son necesarios para interrumpir lo urgente”, concede Kaplan.

A la vez, advierte: “Pero la respuesta punitiva no resuelve los problemas de fondo. Necesitamos más rituales de cuidado mutuo, más disponibilidad a la escucha, más sensibilidad adulta, más recursos para ayudar a nuestros niños y jóvenes”.

Reparar el daño

Lo que plantea la especialista, que también escribió Afectividad en la escuela, es que son esas instituciones —hoy también marcadas por los bajos salarios docentes, las dificultades de contener los efectos masivos de una crisis social y la falta de horizonte común— donde “se aprende a reparar el daño causado a un compañero o a un docente y en este proceso familias e instituciones necesitan caminar juntas”.

El problema de fondo, la angustia juvenil, la falta de horizonte y la dificultad para armar un proyecto de vida no se resuelven con cédulas judiciales que, cuando sean necesarias, estarán. El diálogo, la trama colectiva y la escucha atenta podrán desarmar una violencia que no está encriptada, sino que forma parte de toda la sociedad.

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