Pero en el fondo, sabía que no podía hacerlo y que, como escuché por ahí, las manecillas avanzan siempre adelante, nunca hacia atrás, así que no me quedaba más que afrontarlo y creo que fue la mejor decisión.
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Cuando estás lejos de casa y de todas las personas que amas puedes ver las cosas de una forma más objetiva. Los rencores se disipan y las peleas estúpidas, ahora son solo eso. Pasas tanto tiempo sola que aprendes a conocerte, a saber, lo que te gusta, lo que no y lo que te molesta. Mientras vives bajo las reglas de alguien te acostumbras siempre a soportar, pero cuando estás sola no tienes por qué hacerlo más.
En mi caso, nunca me llevé tan bien con las personas que me rodeaban, digamos que las sobrellevaba, pero todo el tiempo las consideré tóxicas. De esa toxicidad que te deja sin ganas de intentar algo, cualquier cosa, porque ningún intento es suficiente.
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A estas alturas puedo decir que alejarme de mi familia me devolvió la vida porque en ningún momento me había despertado con tantas ganas de iniciar mi día. De hacer lo que me gusta y de dar lo mejor de mí en las pocas o muchas cosas que pudiera hacer. De dormir cuando estoy fatigada y no solo dormir porque cierro los ojos.
El cambio más grande que he notado es que por primera vez en mi vida, toda funciona, claro siempre hay cosas que se salen de mis manos, pero puedo manejarlo y sobre todo, tengo ganas de hacerlo y creo que, al final, eso es lo que importa.
Fuente: www.actitudfem.com
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