POR AGUSTÍN VISSIO
Estaba sentado allí, sobre la historia. En la mesa esperaba un alfajor envuelto en papel blanco cuando comenzó a elevar el pequeño pocillo con un café bien oscuro. Tras el primer sorbo bajó la taza abruptamente porque se quemó y quedó paralizado. Pestañeó varias veces, como queriendo reaccionar, pero siguió estupefacto.
Caminó algunos pasos hacia la puerta totalmente desorientado. Hizo un lento paneo general del lugar y seguía sin entender nada, no había autos y su celular no tenía señal. “¿Qué es esto?”, se preguntó. Ante sus ojos se encontraba la Plaza 25 de Mayo aunque el pequeño obelisco, las banderas de Argentina y Santa Fe ya no estaban, ni tampoco los habituales perros que deambulan por allí. En ese mismo lugar solo había tierra, mucha tierra que oficiaba de estacionamiento para las carrozas que decidían pausar o terminar su camino. El galope de los caballos interrumpían momentáneamente algunos tenues gritos que se escuchaban de fondo. De pronto un vendedor de velas lo volvió a traer sobre sí.
— Señor, ¿se le ofrece unas velas? —le consultó un joven mulato.
— No. No, no, no —tartamudeó el hombre que vestía una chomba con un jean.
Empezó a caminar sobre la tierra mezclada con arena, ya que el adoquinado llegaría recién en algunos años. La confusión subía con el nivel de los gritos que se escuchaban desde un edificio desconocido. En ese lugar estaba habituado a ver la Casa de Gobierno, esa construcción gris imponente y de gran altura. Pero lo que asomaba era una estructura que en el imaginario actual figura como una imagen porteña. Efectivamente, era un cabildo, pero el de Santa Fe: tenía dos pisos, un balcón y mucha historia, ya que, por ejemplo, en esas mismas habitaciones se había declarado la autonomía provincial en 1815.
Entre esas paredes levantadas con el sudor de los vecinos, algo despintadas y con arcos redondeados, se estaba discutiendo el pasado, debatiendo el presente, pero sobre todo forjando el futuro. Representantes de 13 de las 14 provincias (solo faltaba Buenos Aires) se encontraban votando el pilar que le daría forma y organización a lo que hoy conocemos como Argentina.
Debía ser aquí, en un pedazo de tierra litoraleña. La geografía le hizo un guiño y conjugó la humedad, la gran cantidad de ríos en la zona y las temperaturas extremas para generar un extraño imán que atrae eventos históricos. No fue el primero, pero tampoco sería el último.
Algunas miles de personas, que no superaban las 10.000, estaban siendo testigos de la historia. En las pulperías santafesinas como en los cafés de aquella época se hablaba de lo que estaba pasando. Constitucionales de todos los puntos del país se llevaban las miradas. Algunos paseaban por la zona, otros padecieron el intenso verano e incluso hubo algunos que se inclinaron por experimentar la pesca. En aquel momento nace una institución que resistió con los años: el Club del Orden. En ese espacio social elitista, se hacían negocios, había discusiones de todo tipo, un poco de diversión y hasta se terminaron formando algunos matrimonios.
Pero el hombre seguía incrédulo de lo que estaba viviendo, se refregó los ojos para ver si eso lo devolvía hacia dónde había estado hacía apenas unos 15 minutos, pero no funcionó. Con sus zapatillas manchadas de barro comenzó a deambular por la zona sin un destino claro. Su mirada perdida identificaba que algunas pocas casas tenían tejas y la gran mayoría techo de paja. Tras una vuelta, comenzó a asomar el Convento de San Francisco donde algunos convencionales decidieron alojarse, a diferencia de otros que se negaron por cuestiones de ideales políticos. La atmósfera del lugar estaba cargada, desde noviembre de 1852 la pequeña ciudad que gozaba de una gran arboleda entre sus 12 manzanas de sur a norte y 6 de este a oeste se había convertido en el escenario político de la Confederación. Algún que otro santafesino decía que todo estaba siendo cuidado espiritualmente por el Brigadier Estanislao López. El federalismo se estaba a punto de plasmar en un texto, a pesar de que los años venideros depararía momentos complejos.
Siguiendo con su indescifrable ruta el hombre se topó nuevamente con el Cabildo, todo giraba en torno al edificio blanco, protagonista de la historia provincial, pero que ahora pegaría el salto. Desde el 21 al 30 de abril de 1853 uno de sus salones fue espacio de importantes debates: se discutieron los 107 artículos de la Carta Magna y su preámbulo. Las ojeras de los 24 constituyentes demostraban cuán maratónicas eran las sesiones y que con las horas iban perdiendo la línea de su “elegancia”. Las velas mantuvieron encendido los debates de madrugada y fueron testigos de las charlas que le daría un quiebre a la historia.
Facsímil constitución 1853_DSC00858_MTH.jpg
Maiquel Torcatt / Aire Digital
Era primero de mayo y el griterío que salía del Cabildo ya era imposible de obviar. Un largo y acalorado intercambio terminó en una algarabía que pegó como una onda expansiva a quiénes estaban en la rudimentaria plaza. El salón estaba plagado de hombres, algunos de ellos sentados en sillones, otros parados y uno solo en un escritorio. La rosca política entró en ebullición y estalló. La mayoría de los votos positivos indicaron que en la línea histórica de estas tierras se marcó un mojón: el texto impulsado por el entonces jefe de Estado Justo José de Urquiza era una realidad. La Constitución Nacional fue sancionada.
En las intensas y húmedas tierras santafesinas se había cocinado el nacimiento de una república. Ya nada sería igual. Por más que se avecinaba un período turbulento para la historia del país y de difícil cumplimiento de aquel texto que tanta sangre costó, se había dado un paso.
Tras unos largos minutos los festejos se habían apaciguado y José Benjamín Gorostiaga salió de uno de los arcos del Cabildo. Empezó a atravesar la plaza con el paso de alguien que acaba de lograr un gran objetivo. No se lo notaba exultante, pero su felicidad mesurada mostraba que había logrado algo ansiado. El hombre que aún estaba desorientado y no entendía qué hacía allí lo siguió cuando creyó que iba a ir para el mismo lugar en donde había estado: la alfajorería.
Gorostiaga cruzó la puerta sin ningún reparo y se adentró en lo que había sido su hogar durante los últimos meses. En un cuarto exactamente encima de la silla del misterioso hombre y a escasos metros donde el fuego abrazaba las ollas que entregarían lo que aún perdura como el alfajor santafesino, el santiagueño pasó eternas noches con la compañía de su pluma. A la luz de la vela y junto a Juan María Gutiérrez, redactaron el texto que transformaba una tierra en una nación republicana y federal. Al menos en los papeles.
El hombre entró agitado al lugar y su silla seguía ahí, intacta. El combo que había pedido estaba en el mismo lugar. Se sentó exhausto y decidió darle un trago al café que ahora estaba frío. Un mal movimiento hizo que volcara un poco sobre la mesa y al levantar la vista la sorpresa se conjugó con el alivio.
— Tome señor, unas servilletas —le dijo un mozo canoso que llegó a los minutos de que el café pintara la mesa.
— Gracias — respondió anonadado mientras veía por la ventana a algunos hinchas de Unión que se dirigían a la cancha.
Ese día la ciudad se paralizaba, como aquel primero de mayo de 1853, pero en este caso porque se jugaba el clásico. Toda la capital estaba invadida de banderas rojas y blancas, y rojas y negras.
— ¿Qué tal el viaje? —le consultó amablemente el mozo de unos 70 años que estaba vestido con una impecable camisa blanca, un pantalón de vestir y zapatos color guinda.
— ¿Qué? —respondió seco después de vacilar unos segundos.
El mozo, sin mediar palabras, señaló la carta y posó su dedo índice sobre el ítem “Constitucional”. Luego marcó en el renglón inferior donde decía: “Con los sabores originales, sentite un constitucional en la Santa Fe colonial de 1853 y hacé un viaje por nuestra historia, la cuna de la Constitución”. El señor canoso esperó que el hombre lo mire, cuando eso ocurrió le guiñó el ojo y se retiró amablemente.
Banner final por la hendija de la historia.jpg