En un rincón de los Bajos Submeridionales, hay nueve chicos en círculo debajo de un monte de algarrobos, chañares y mistoles. Es el cumpleaños de Wanda Nara Ruíz (11 años) y lo festejan aprendiendo a diferenciar los árboles que forman una “isla de monte”, un ecosistema singular en un mundo de espartillos y tacurúes. Están en el lugar ideal: Isleta Linda, una estancia de 23.000 hectáreas que es reserva, estación científica y guarida de biólogos, veterinarios y custodios del territorio. Está 60 kilómetros al este de Villa Minetti, en el noroeste de Santa Fe.
Los pibes recorren el monte con el equipo docente de sus escuelas rurales (Malvinas Argentinas, Francisco del Monte y Domingo Sarmiento) y con un grupo de “custodios del territorio”, que se diplomaron en conservación del ambiente en la Universidad Nacional del Centro (Tandil). En el denso universo del monte, en el que las ramas se entrelazan y los troncos se amontonan uno al lado del otro, es todo un desafío identificar los árboles. Les enseñan a diferenciarlos por las hojas, el tipo de corteza y el tamaño.
La mayoría de los chicos son hijos de las Mujeres del Monte, un grupo que encontró un horizonte en las chauchas que caen de los algarrobos. “En el 2018, necesitábamos comprar binoculares y las guías para identificar las aves y los árboles. Cuando nos pusimos a pensar qué producto podíamos hacer se nos ocurrió preparar alfajores, masitas y budines con harina de algarroba”, recuerda Lupe Valenti, custodia del territorio y coordinadora de Mujeres del Monte.
La guía de aves la precisan para el Conteo Anual Simultáneo de Aves (Casa) que realizan en octubre las escuelas que son “custodias del territorio” en Santa Fe, Córdoba, Salta, Jujuy, Entre Ríos, Corrientes y Buenos Aires. “Todo tiene un mensaje de conservación y protección”, insiste Valenti.
En el camino se armó un espacio de encuentro para las Mujeres del Monte, que preparan los alfajores, ñoquis y tortas en la cocina de la escuela Malvinas Argentinas, que está enfrente del casco central de la estancia Isleta Linda. En el arte de preparar la harina de algarroba y sumarla a las distintas recetas, trabajan América Ruíz –que es la ecónoma de la escuela-, Laura “Lili” Vivas, Débora Llavil, Ignacia Ayala y Tatiana Vitale.
Chaucha, molienda y harina
“Cerrá los ojos y decime qué olor tiene”, pregunta Valenti y acerca un frasco de vidrio lleno de harina de algarrobo. Tiene olor a cacao, es supernutritiva y lo más importante es que los alfajores son riquísimos.
“La primera vez que hicimos alfajores, en la fiesta del 1° de mayo del 2018, vendimos 14 docenas y fueron un éxito”, recuerda Vivas, que sueña con comprarse una motito o un auto chiquito para poder repartir más lejos todo lo que elaboran, en un lugar en el que el asfalto está a 50 kilómetros (la ruta provincial 95).
Para hacer la harina, antes tienen que recoger las chauchas que caen debajo de los algarrobos. “Se cosechan en enero, cuando están a punto, y hay que observarlas bien porque si las picó algún insecto te contaminan todo el resto”, advierte Vivas.
Valenti quiere que la cosecha se haga junto a los chicos de las escuelas –que son sus hijos- para que la educación sobre el valor del monte sea siempre protagonista. “Sólo se junta el 10% de las chauchas –precisa-, el resto se deja para que las coman los animales y los insectos. Son una parte importante del ecosistema del monte”.
Las chauchas se limpian con un trapo húmedo y se dejan secar al sol dos o tres días. Después hay que tostarlas con el horno en mínimo. La etapa final es la molienda.
Ahí hay un problema, que resolvieron con ingenio: usan la máquina para moler el maíz y el sorgo que les dan a las gallinas. “Pero no es lo ideal y si tuviéramos un equipo específico podríamos preparar mucha más harina”, asegura Valenti. Es uno de los objetivos, pero es una inversión que en esta etapa del proyecto parece difícil de escalar. Es importante. Ellas aseguran que la harina de algarroba “propia” tiene más calidad que la que se produce en forma industrial.
Una vez molida, la harina de algarroba se integra en distintas proporciones –con harina de trigo y otros productos- en las recetas para hacer alfajores, tortas materas, pan dulce, panqueques y bizcochitos, entre muchas otras posibilidades en esta especie de panadería del monte.
Para que el proceso respete las normas sanitarias, las Mujeres del Monte hicieron un curso con especialistas de la Agencia Santafesina de Seguridad Alimentaria (Assal).
Encontrarse, en el monte
A Vivas, que es la mujer del empleado de una de las estancias de la zona, le gusta la rutina de Mujeres del Monte. “Traemos a nuestros hijos a la escuela y nos quedamos cocinando juntas, mientras ellos están el aula”, cuenta.
El maestro de la escuela se llama Cristian Defagot y tiene su casa en Santa Silvina (Chaco). Como cientos de docentes rurales en Santa Fe, se queda de lunes a viernes viviendo en la escuela y pasa todos los minutos posibles del fin de semana con su mujer y su hija Rufina, que tiene dos años.
“Acá los chicos tienen otro tipo de sueños y la mayoría de los pibes quieren trabajar en el campo, y está buenísimo que aprendan de la fauna, los árboles y todas las cosas que tienen. Ahora, cuando nos cruzamos con un bicho o un pájaro enseguida quieren saber qué es y buscarlo en la guía”, se entusiasma.
Es que en este rincón de los bajos, las Mujeres del Monte, los chicos de las escuelas rurales, los maestros y los custodios del territorio van juntos por el mismo camino. Ojalá lleguen muy lejos.
Te puede interesar

















