Thiago Yamil Avaca, de 9 años, recibió accidentalmente un disparo en el cráneo cuando un amiguito de 11 años manipuló un arma de fuego que un adulto dejó cargada y lista para disparar dentro la casa donde jugaban. La primera versión que dio uno de los nenes, como una reacción lógica o un mecanismo de preservación ante semejante trauma, era que un hombre había ingresado a robar a la vivienda y le disparó. Rápidamente esa hipótesis se desvaneció cuando uno de los adolescentes se quebró delante de sus padres, rompió en llanto y confesó lo que había ocurrido. Niñez, adolescencia, juego, armas reales y consecuencias devastadoras. Un drama evitable.
La Rosario violenta y acostumbrada a los hechos sangrientos tiene capítulos para armar cientos de historias ligadas al crimen. Este no es el caso, más allá de que en un primer momento el estigma cayó con todo su peso en Lamadrid al 1600, una lonja humilde del sur de la ciudad conocida como Fuerte Apache, detrás del tradicional barrio Tiro Suizo.
Allí hace unos años se urbanizaron las calles y se levantaron módulos de departamentos sociales. Los buenos vecinos están acostumbrados a la presencia policial, a escuchar cada tanto el estampido de un disparo de arma de fuego, o a los operativos en pequeñas bocas de expendio de estupefacientes. Las noches son oscuras, y el que no conoce esas calles puede quedar encerrado en un pasaje sin salida.
Con toda esa carga simbólica sobre el territorio, el primer dato fue otra vez aterrador. “Un hombre entró a robar en una casa y mató de un disparo de arma de fuego a un nene de 9 años”, corrió por portales y redes sociales. Otro crimen, hubiera contabilizado el 67, pero de los que duelen más. El Ministerio Público de la Acusación (MPA) emitió un comunicado oficial donde daba cuenta de esa preliminar mecánica del hecho. Pero con el correr de las horas salió a la luz un cuadro dramático.
Según avanzaron las medidas se determinó que Thiago era un vecinito de la cuadra, y que había llegado el miércoles a la tarde a la casa de sus amigos, en el departamento ubicado en pasaje sin nombre a la altura del 5163 (Lamadridad al 1600) para jugar un rato. Allí pasaba las horas en la planta baja con uno de los miembros de la familia dueña de casa, de 11 años, y otro nene de la misma edad. Mientras, otros tres adolescentes jugaban a la playstation en un piso superior.
En un momento ingresó un adulto identificado como Pablo G., hermano de la dueña de casa. El hombre, con varios antecedentes penales, dejó una mochila colgada en la cocina, al alcance y a la vista de todos. Se presume que se escondía o escapaba de un hecho delictivo. En ese momento uno de los niños la reviso y sacó del interior un arma de fuego calibre 9 milímetros cargada, lista para disparar. En broma, como un juego propio de la edad pero sin advertir las consecuencias, apuntó a Thiago en la cabeza a muy corta distancia y apretó el dedo en el gatillo.
La víctima se desplomó en el piso porque un proyectil le atravesó el cráneo. Al escuchar la única detonación los adolescentes que jugaban en la planta alta bajaron para ver lo que ocurría. Se encontraron con una escena desgarradora. En ese mismo momento Pablo G. entró tomó la mochila, la pistola y huyó. Hasta el momento permanece prófugo.
Tras los pedidos desesperados de auxilio de uno de los adolescentes, un vecino trasladó en su auto particular a Thiago hasta el Hospital Roque Sáenz Peña. Mientras los médicos informaban del fallecimiento del niño, en la escena del hecho uno de los nenes atinó a configurar la idea del imaginario delincuente armado que irrumpió en el lugar y disparó.
Sin embargo, cuando los policías llegaron advirtieron que ese relato no coincidía con los indicios hallados en el lugar. Tras una ronda de consultas y testimoniales, uno de los chicos de 17 años se quebró, y en medio del llanto confesó que su hermano le narró que en realidad uno de los nenes, de 11 años, accidentalmente disparó contra Thiago, cuya madre apenas pudo contar a los policías que no sabía lo que había ocurrido, y que su hijo le había pedido ir a jugar a la casa de un amigo para sobrellevar los efectos del encierro de la cuarentena.
Los recursos de la Agencia de Investigación Criminal (AIC) y del gabinete criminalístico, a las órdenes del juez de Menores Nº 3 Alejandro Cardinale y de la fiscal Marisol Fabbro, están orientados a reconstruir cabalmente lo ocurrido y a dar con el portador del arma de fuego, el único punible ante semejante aberración. En tanto, en el escenario de los acontecimientos secuestraron una vaina servida calibre 9 milímetros, un plomo y tres teléfonos celulares, elementos sometidos a peritajes.
Un dato revelador de lo ocurrido lo entregó el informe preliminar de la autopsia practicada a Thiago. Se determinó que el proyectil le ingresó por la frente y dejó un orificio de salida en la parte superior de la nuca. “Tenía tatuajes de ahumamiento en el cráneo, lo que indica que el disparo se hizo a corta distancia y con una trayectoria de arriba hacia abajo”, confiaron los investigadores a Aire Digital.
Contener
“Esto es un drama por donde se lo mire. Más allá de la problemática de la circulación de las armas en las casas, ahora hay que contener a los niños y adolescentes que atravesaron esta horrible situación. Ya se dio intervención a la secretaría de Niñez de la Provincia para que articule y ordene los mecanismos necesarios”, indicaron a este medio desde el juzgado de Menores Nº 3. Desde allí, se ordenó las medidas orientadas a mitigar las secuelas psicológicas en el grupo de chicos testigos del accidente.
La orden de captura del hombre usuario del arma utilizada en la muerte de Thiago está vigente. El mismo miércoles a las 23.15 se realizó un procedimiento en una vivienda de pasillo ubicada en Dorrego 5000 donde supuestamente reside, pero la medida arrojó resultado negativo en relación a su presencia, y tampoco se encontró el arma, o elemento de interés para la investigación.
Cebollita de Tiro Suizo
Thiago era jugador de la 9º división de futsal del tradicional club Tiro Suizo de la zona sur de Rosario, ubicado a pocas cuadras de donde vivía. El facebook de la institución se hizo eco de la tragedia y colgó un crespón negro junto a una foto del niño vestido con la pilchita de jugador.
El muro se colmó de mensajes de los padres, dirigentes, allegados, donde expresan dolor, las condolencias y ruegan paz y fuerzas para la familia del niño. “Muy triste noticia, fuerza para la familia, volá alto Thiago, descansa en paz”, decía unos de los mensajes
Armas y más armas
Cuando el 17 de agosto del año pasado una bala perdida impactó en la cabeza de Benjamín Biñale, un nene de 8 años que esperaba para jugar un partido de fútbol en el predio de club Pablo VI (Garzón y bulevar Seguí), y salvó su vida luego estar un mes internado, se reavivó el debate sobre la alarmante circulación de armas de fuego en poder de civiles sin autorización, y de la delincuencia.
Con el antecedente de que durante el 2018 ingresaron 23 niños heridos de bala al Hospital de Niños Víctor J. Vilela, y en 2019 fueron 17, se diferenció que algunos fueron víctimas inocentes en el marco de ataques intencionales a su entorno familiar o vecinal, y otros por cuestiones accidentales.
A septiembre de 2019 un relevamiento del gobierno provincial dio cuenta del total de armas decomisadas en el primer semestre de 2019 en Rosario: 288 revólveres y 219 pistolas. El resto del total se dividía en escopetas tipo “tumberas” y armas caseras de todo tipo.
En relación a los revólveres incautados, 79 eran calibre 38; 72 calibre 22 y un total de 73 corresponden al calibre 32. En lo que hace a las pistolas prevalecen las de calibre 9 milímetros (que utiliza la policía y la que terminó con la vida de Thiago) con el secuestro de 112 armas de ese calibre. Se contaron otras diez calibre 11.25, y 53 son calibre 22.
Fatalidad con responsables
La absurda muerte de Thiago es única, y su explicación puede ser la fatalidad. Pero el arma la dejó a merced de los niños un adulto con antecedentes penales que probablemente la haya utilizado para cometer delitos, eso se verá, y que mientras tanto permanece prófugo. La combinación del descuido y el hallazgo fue letal. Con la inocencia y la curiosidad propia de la edad, un nene de apenas 11 años tomó la pistola y apretó el gatillo, como en un juego del ladrón y el policía. Las secuelas hoy no se pueden imaginar, para él, y para los niños que presenciaron la escena. En lo inmediato, los recursos deben apuntar a contenerlos.
Para reflexionar
Colaboración para esta nota de la psicóloga Cecilia Pedro, miembro del Instituto de Adolescencia del Colegio de Psicólogos de Rosario
Las funciones maternas y paternas son fundamentales para la constitución subjetiva del niño. Son los padres (o sustitutos), contando con un ambiente facilitador, quienes les brindarán a través del amor las posibilidades de una buena crianza. Desde pequeños los chicos tienen que ir internalizado marcos de referencia como portadores de sentidos, necesitan de un adulto ordenador que le transmita las normas, la ley, los valores, los códigos, que van a posibilitar le constituirse como personas y prepararse para convivir en sociedad. Una sociedad violentizada, que genera diversas situaciones de miedo, peligro e incertidumbre.
En este contexto ser padres es un trabajo, a veces complejo, que requiere de tiempo, dedicación, respeto y cuidado hacia el hijo, teniendo una presencia activa.
Por esto, es fundamental enseñarles a cuidarse por sus propios medios, en forma paulatina a medida que van creciendo. Ya que muchas veces los niños y adolescentes pasan muchas horas solos sin la contención y el cuidado de un adulto responsable. O están a cargo de personal de una institución u otras personas que los pueden dañar de diferentes maneras.
Por eso es importante estar atentos a los indicadores que los chicos nos puedan estar transmitiendo, de diferentes formas, manifestando un rechazo a la escuela, síntomas físicos, angustia, ansiedad, etc.
La adolescencia es un momento de crisis, que puede originar en muchos adolescentes la búsqueda intensa y frecuente de situaciones riesgosas que, tal vez, tiene que ver con la manera de conocer sus propios límites y los de su entorno. Muestran un predominio de actos impulsivos, que promueven al adolescente a la acción donde no media la palabra, actúa sin tener registro de lo que sucede.
Son numerosas las conductas peligrosas que se manifiestan en este momento, algunas aparecen como un juego con la muerte, relaciones sexuales no protegidas, enfrentamientos violentos, consumo de droga y alcohol, deportes peligrosos, desviaciones mortíferas de las conductas alimentarias, conducción irresponsable de vehículos, comportamientos suicidas y estratificaciones sobre el propio cuerpo.
En este movimiento adolescente, se juega la construcción de un afuera, la búsqueda de otras posibilidades con independencia de los soportes familiares, es crucial que los adultos le devolvamos una mirada sin prejuicios, que ayude y sostenga al joven en este tránsito tumultuoso y fecundo.
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