Cómo fueron los primeros días del pez Gordo en Temaikén: tímido, sin comer y con un compañero que lo ayudó a salir adelante
La acuarista María Belén Safarian contó que el pez no comía en sus primeros días en el bioparque, hasta que la llegada de otro ejemplar de su especie lo ayudó a integrarse.
El pez medía cerca de 80 centímetros y no podía moverse con comodidad en la pecera donde vivía.
Hubo un silencio raro, de esos que se llenan de nervios, justo antes de que Julio doblara la esquina del acuario y volviera a ver a Gordo después de meses. Del otro lado del vidrio, entre decenas de peces, uno solo se despegó del grupo y nadó derecho hacia él.
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La historia del pez Gordo, el ejemplar de pez gato de cola roja que conmovió a la provincia de Santa Fe tras haber crecido de forma desmedida en una pecera doméstica, tuvo este martes un momento cargado de emoción: su familia, junto a un equipo de AIRE, viajaron al bioparque Temaikén para volver a verlo en su nuevo hogar.
"Es el momento que quería y ansié cuando empezó la travesía: que lo pueda ver la gente", dijo Julio, con la voz quebrada, mientras el pez se quedaba pegado al vidrio sin moverse.
Gladys fue quien había mandado el primer mensaje a AIRE pidiendo ayuda para el pez que ya no entraba en la pecera de la casa. Ahora, frente al acuario, no necesitó palabras: apoyó la mano contra el vidrio y Gordo se quedó ahí, boca pegada al cristal, como si buscara el calor de esa mano del otro lado.
Joel, el hijo, fue quien lo trajo a la familia hace un año y medio: "Lo compré con otros dos peces y los sumé a la pecera. Después creció de más y no se podía mover", recordó. Antes, cuando era apenas una cría que llegaba "en una bolsita de agua", tenían una calavera de juguete en la pecera por la que el pez se escondía y asomaba para comer.
Marca
Durante casi media hora, Gordo no se movió de ese rincón del acuario. Entre las decenas de ejemplares de su misma especie que nadaban alrededor, es el único que tiene un bigote bífido —partido en dos, como una T— que lo distingue de todos los demás. Fue justamente esa marca la que permitió reconocerlo apenas apareció.
María Belén Safarian, acuarista del bioparque con casi siete años de experiencia, contó que la adaptación no fue fácil al principio: "Entró muy tímido después del viaje y los primeros días no comía". Recién mejoró cuando ingresó al mismo espacio un pez de su especie, que lo ayudó a integrarse hasta el acuario principal, donde hoy convive con especies de los ríos latinoamericanos.
Nadie puede asegurar, en rigor, que un pez reconozca a sus dueños a través de un vidrio grueso y litros de agua. Las propias biólogas de Temaikén lo aclararon: no está comprobado científicamente. Pero algo pasó que ni ellas supieron explicar del todo: Gordo no se apartó del sector donde estaba la familia, volvía una y otra vez al mismo punto del vidrio, mientras el resto de los peces seguía de largo.
"Esto está para hacer un documental, es increíble", resumió Safarian, mientras veía la escena. Julieta Jañez, bióloga marina con 24 años en la institución, destacó el trabajo detrás del traslado: "La historia de Gordo generó un impacto hermoso y se trabajó con toda la responsabilidad que requiere".
De una pecera doméstica a un hogar de 34 hectáreas
La historia empezó como un llamado desesperado a AIRE: la familia había comprado varios peces sin saber que uno no estaba hecho para vivir en una pecera de casa. Con el tiempo, Gordo no paró de crecer, llegó a comerse a otras especies y obligó a ampliar su espacio una y otra vez, hasta que quedó claro que necesitaba algo más grande.
Temaikén fue el único lugar del país en condiciones de recibirlo. El traslado implicó permisos, un tanque especial, agua sin cloro, control de temperatura y un sistema de oxígeno doble para garantizar que sobreviviera el viaje.
Desde fines de marzo, Gordo vive en un acuario que aloja a más de 20 especies distintas, dentro de un parque de 34 hectáreas que reúne cerca de 280 especies en total. Es una fundación sin fines de lucro: lo recaudado por entradas se destina al mantenimiento del lugar y a un hospital veterinario que recibe animales rescatados, algunos de los cuales, como Gordo, ya no pueden volver a su hábitat original.





