Sigilosa, liviana, con una elegancia que nadie puede evitar admirar, levanta sus pies y los mueve unos centímetros más adelante. Nunca pierde la vista del agua y de su objetivo: pescar su presa. Con la intención de buscar su comida, se aleja de las demás garzas blancas y rosadas y del palmar detrás de sus alas, y se acerca al camino que atraviesa el estero de Vénica, uno de los ambientes naturales que ofrece el Bajo Vénica, en el noreste de la provincia de Santa Fe. Dentro de él, la garza blanca es una de las aves que uno se pueda encontrar, también chajás y otros animales como serpientes, carpinchos, yacarés o ñandúes.
Evaristo, Agustín, José Luis y Martín Vénica, llegaron desde la región del Friuli, en el norte de Italia, a este rincón del noreste de Santa Fe. Casi sin conocer las tierras ni la importancia del sitio donde se encontraban, comenzaron a trabajar las tierras en lo que hoy se identifica como el “Bajo Vénica”, en los lotes 115 y 116 dentro del Paraje “El Timbó”. El ambiente natural está ubicado en un terreno más bajo, que forma una zona de anegación y valle de inundación del Río Paraná.
Mucho tiempo más tarde, los nietos y bisnietos de los cuatro hermanos Vénica, se enteraron de la relevancia del terreno escogido por sus ancestros. Es que el Bajo Vénica, forma parte de Jaaukanigás, declarado en 2001 por la Secretaría de Convención Ramsar como un humedal de importancia internacional.
Es una ecorregión formada por cursos de agua, lagunas, estanques, pantanos de agua dulce permanentes y pastizales inundables que se extiende desde el límite noreste de Santa Fe con la provincia de Chaco, al oeste con la Ruta Nacional N°11 y la Ruta Provincial N°1, a sur con el Arroyo Malabrigo y al este con el límite con la provincia de Corrientes.
El camino del Bajo Vénica todavía está en proceso de adaptación a la actividad turística, pero ya se puede visitar. Amilcar Vallejos, encargado del Turismo en Avellaneda, comentó a AIRE que hasta el momento se trabajó fuertemente con el turismo escolar, pero a partir de ahora, con la adquisición del camión Unimog, buscan incentivar la visita de grupos de expedición, de familias o de amigos. Las visitas se pueden realizar cualquier día de la semana, pero es necesario hacer una reserva previa.
El camino que comprende el Bajo Vénica tiene 15 kilómetros de largo, comienza en el comedor Tal Tei (“en el tilo”, en el idioma Friulano) y se extiende hasta el arroyo Los Amores. Gustavo e Iván Vénica, nietos de José Luis, contaron a AIRE el origen del nombre. “En la región de nuestros abuelos, el lugar de encuentro era el tilo”, aclararon.
La calma del reposo de los yacarés, la mirada alerta de las garzas, el andar despreocupado de alguna serpiente, el resonar del grito de los chajás y el acompañamiento curioso de las vacas, toros y terneros. Todo y más es posible atravesar en las 2.072 hectáreas del Bajo. Pero aún sin la presencia de sus habitantes originales e introducidos por el hombre, la naturaleza ofrece un espectáculo digno de admirar, a pesar de los golpes de la sequía.
El recorrido atraviesa terrenos pertenecientes a los Vénica, pero también un estero de la familia Spessot. Para que la inspección al Bajo sea completa, es recomendable iniciarla en el comedor con una comida típica: el asado a la estaca. Desde hace seis años, se realiza en febrero una festividad masiva en torno a esta tradición.
Para desandar los caminos colmados de naturaleza y la historia viva de los Vénica, es necesario atravesar siete portones, que tranquilamente cumplen el rol de portales a diferentes dimensiones que, por suerte, son terrenales y reales. Al pasar el primer, segundo y tercer portón el ambiente es el típico de los campos ganaderos de la región. Pero la aparición de palmeras solitarias, medio escondidas y a lo lejos, son los indicios de la que vendrá.
En los primeros kilómetros, los únicos animales despreocupados y audaces que se dejan ver en el día son algunos pájaros y las vacas con sus terneritos, que siguen y escoltan los vehículos. En la primera parada del recorrido, se encuentra el primer curso de agua, atravesado por un puente que fue arrasado y semidestruido por un camión con una retroexcavadora. En octubre del 2021, la sequía es importante, y más allá de algunas lluvias recientes, no llega demasiada agua a la zona. Debido a esto, el bañado se presenta como apenas una lágrima y los animales que lo frecuentan ya no aparecen tan seguido.
Continuando con el recorrido, a la postal se le van a agregando elementos: aves y muchas más palmeras. En el medio del camino entre un portón y el otro, se forma un bañado artificial con agua que proviene del Arroyo del Rey, el que divide a las ciudades de Reconquista y Avellaneda y es atravesado por el famoso puente sobre la Ruta Nacional N°11. Alrededor del espejo de agua en el Bajo Vénica circula la hacienda, para la cual se destinó el bañado. Pero los yacarés encontraron el sitio perfecto en el interior. Su descanso, solo es interrumpido por el sonido de algún ave que pasa o emprende vuelo, los hace saltar y volver a acomodarse para reposar.
El bañado hace su aparición antes de llegar a la mitad del recorrido y, según cuentan los Vénica, en la crecida de 1983, el agua del Paraná llegó hasta esa zona, a menos de siete kilómetros del comienzo del camino sobre la ruta 11.
De manera inmediata, la línea recta del sendero elevado por el hombre para evitar anegamientos se comienza a llenar de curvas. Y llega el portal más importante del recorrido. Del otro lado, aguarda la vista más impactante de la travesía. En la primera línea está el estero y su diversidad visible y luego, una muralla de palmeras que espera, en forma de bosque, ser atravesada. Además de ser el momento en que se pueden sacar las mejores fotografías, se vuelve inevitable tomarse el tiempo de escuchar el pasar de la bandada de pájaros Chajá (Chauna torquata).
Al avanzar, lo que parecía un muro irrompible se va desarmando, pero desde ese momento, la altura de las palmeras llena todo el rango de visión. El sendero de Caranday, el siguiente paisaje del recorrido, lleva ese nombre por las palmas que lo conforman. Las denominadas científicamente como Copernicia Alba son frecuentes en el sitio Ramsar Jaaukanigás, ya que crecen en suelos deprimidos, inundables y generalmente salitrosos. José Pensiero, ingeniero agrónomo, doctor en Ciencias Biológicas y especialista en plantas nativas de la provincia, indicó a AIRE que estas palmeras son las más comunes en Santa Fe, Formosa y Chaco. “Hay otras palmeras en nuestra provincia que tienen presencia más restringida como la Pindó (Syagrus romanzoffiana), que viene de Misiones y sigue el curso del Paraná, o la Yatay que es la misma que está en el palmar de Colón, Entre Ríos”, detalló.
El experto aseguró que la presencia masiva de la caranday en Santa Fe tiene que ver con el ambiente en el que crece y al que es resistente. Este tipo de palmeras tolera las inundaciones, por lo que se encuentra generalmente en ambientes bajos, se adapta al suelo salino y resiste al fuego. “Buena parte de la vegetación de nuestra provincia se formó a causa del fuego accidental”, destacó Pensiero. En esa línea, señaló que las caranday suelen tener una presencia “bastante pura”, sin la aparición de otros árboles y plantas en su misma zona, pero esto no quiere decir que sean inhibidoras, sino que son de las pocas especies que puede resistir a este tipo de ambiente.
Por la fuerte tolerancia a estas características ambientales, el especialista aclaró que no es necesario hacer mucho para proteger las palmeras caranday. “Hay que evitar, como en todas las especies, destruirlas o pasarlas por encima con una topadora”, advirtió. “Pero no es una vegetación que preocupa”, sostuvo.
Única en el mundo
Pocos kilómetros más adelante del sendero caranday y llegando al final del recorrido, se encuentra la pieza fundamental del Bajo Vénica, la rareza que atrae las miradas de los extraños al paisaje pero también de quienes lo frecuentan: la palmera de cuatro gajos. A un lado del camino y sin ningún obstáculo que impida la visión porque se encargaron de limpiar el escenario para los espectadores, la palmera se erige solitaria en el campo de Vénica. Es diferente a las otras Caranday porque su tronco no termina directamente en las hojas, sino que se divide en cuatro brazos.
Pensiero explicó que efectivamente es una anomalía. “Debió ocurrir un inconveniente que afectó su crecimiento e introdujo una modificación, por eso el tronco creció de esa manera”, indicó. Contó que en algunos palmares se pueden encontrar rarezas únicas como esta, por ejemplo en el Bajo Berna en la zona de Malabrigo, donde él fotografió una palmera con su tronco en rulo. “Estas cosas son raras porque una de las características de las caranday es que tienen un tronco que no se ramifica, a diferencia de otros árboles”, apuntó.
En la parada de la palmera de los cuatro gajos, hay dos carteles que pueden explicar de qué se trata el fenómeno. Pero el que más llama la atención es el que se ubica justo al lado del árbol y contiene una historia que fue creada y contada por Melina Vénica, nieta de Agustín. La leyenda cuenta que un día, perdidos en el medio de las tierras inmensas, los cuatro hermanos Vénica desaparecieron y nunca fueron encontrados. Pero en la búsqueda fue hallada, por primera vez y en el medio del campo, esta palmera con cuatro gajos.
El último tramo del camino del Bajo Vénica direcciona hacia lo que la gente de la zona llama “las casillas de los pescadores”. Son pequeñas casas que pueden oficiar de cabañas durante los fines de semana y se ubican a la vera del Arroyo Los Amores. Es la segunda temporada que estará en funcionamiento una casa que se alquila para ocho personas, donde los visitantes se pueden quedar el tiempo que deseen y disfrutar de las actividades.
Además de la pesca, es posible realizar diversas actividades como kayak, paseos en lancha, vóley, ciclismo, avistamiento de aves. A pesar de estar más habitada, las especies de lugar se siguen acercando y el contacto con los verdaderos dueños del ambiente natural, es constante. De esta manera, cerca de las cabañas puede aparecerse la familia de monos que vive en la zona o algún lobo de río en el agua.
Cómo ingresar al Bajo Vénica
Para ingresar al Bajo Vénica solo es necesario hacer la reserva previa y respetar algunas condiciones típicas en los ambientes naturales: no salirse del camino delimitado, no arrojar basura, avisar sobre el ingreso y egreso al ambiente, no molestar a las especies animales ni cortar la vegetación, no hacer ruidos molestos y, por supuesto, no ingresar con armas. Además, es recomendable visitar previamente el centro de interpretación de Jaaukanigás ubicado en la terminal de Avellaneda, donde se brinda información sobre el Bajo Vénica.
Dónde queda el Bajo Vénica
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