El 10 de setiembre de 2018, lejos de ninguna restauración populista y con macrismo rampante, el inefable Baby Echecopar convocó a veinte taxistas para que lo defiendan de un escrache organizado por el Movimiento Evita en la puerta de Radio 10, para denunciar el maltrato que el odiador y racista confeso le propinara al aire a una militante de esa agrupación (calificándola de porquería, vividora, tortilllera, porrera, hija de puta y otras delicias). Se produjo algo inédito y que no pasó de cánticos y amenazas cruzadas: un escrache con contra escrache en el mismo tiempo y lugar, con Baby en el estudio reclamándole represión a la ministra de Seguridad: "Qué te pasa Bullrich, acá tengo veinte locas rompiendo todo, pegando carteles".
Tres persistencias se proyectan hacia fines de mayo de 2021, cuando Tomás Méndez en un esfuerzo de militancia periodística creativa resuelve convocar a un puñado de tacheros del palo a manifestarse frente al domicilio de Patricia Bullrich: la modalidad del escrache en su acepción básica (concentración de activistas frente al domicilio de alguien que se pretende denunciar por alguna razón y con fines de máxima difusión), la citada bolsonarista de la primera hora que ayer era ministra y hoy candidataza por el macrismo gurka y por sobre todas las cosas un modo espectacular y egomaníaco de ejercer el periodismo, situándonos a los “periodistas con opinión” como parte de un dispositivo esencial para el éxito o fracaso de un proyecto político, para que la gente no sólo entienda una realidad que de otro modo le resultaría inexplicable sino descubra las virtudes y defectos de la clase política que la gobierna.
Muerto el mito prehistórico de la objetividad, asumiendo (desde el humilde punto de vista de quien suscribe) que los temas cruciales de la agenda (de la gente antes que la del gobierno) son las vacunas y las restricciones para aminorar el fulminante impacto del covid, el precio de los alimentos, alquileres y servicios, el atraso de los salarios respecto de la inflación y otros asuntos que poco y nada tienen que ver con el caso Méndez, establezcamos algunas precisiones chequeadas tras días de intenso debate:
• Tomás Méndez no era empleado del Grupo o el Canal, compraba su espacio. Este tipo de vinculación supone para el empleador el derecho de “ius variandi” si considera que el producto que se difunde contraviene principios o prácticas del medio que dirige o que perjudican sus intereses empresariales. Igual que una petrolera o una ART, porque así es, aunque den más prestigio que dinero y participen de un mercado asociado la circulación de “verdades” y la libertad de opinión, la abrumadora mayoría de los medios de comunicación masiva son empresas con fines de poder, lobby, lucro, verosimilitud y servicio; prácticamente en ese orden.
• Les periodistes no deben ser asimilados a los medios en los que trabajan (o “el periodista no es el medio”) es una gran verdad esgrimida por los gremios de prensa. Pero trabajan en ellos, deben armonizar –en medidas variables- sus valores y principios ideológicos con los del medio en el que laboran. Una de las modalidades que asume esa “negociación” que no implica censura previa, es el preview de los informes o notas críticas. Tomás Méndez le dijo a Ernesto Tenembaum que siempre le corre vista con antelación de los contenidos que va a presentar a las autoridades periodísticas de C5N, pero lo cierto es que en caso del escrache/parodia no fue así, no hubo vista ni aviso.
• En una nota concedida a Daniel Tognetti, Méndez mezcla para justificarse y dice que “le pegamos al poder real y eso nos trajo consecuencias” y a la vez que “como nosotros no hemos hecho una defensa ciega del gobierno de Alberto se empezó a hacer ríspida la relación”. Pero entonces, ¿hubo un llamado de la Embajada de los Estados Unidos? ¿De la DAIA, AMIA, el Mossad o la Embajada de Israel (que hoy aprieta a Sergio Uribarri y Alberto Fernández por el voto argentino a favor de investigar supuestos abusos a los derechos humanos en territorios palestinos) que patrocinan y emplean al esposo de Patricia? ¿De alguno de los operadores políticos o funcionarios del gobierno nacional? ¿Todos los citados a la vez?
En el caso del despido de Roberto Navarro y Víctor Hugo Morales, el primero contó que Macri extorsionó al binomio López/De Souza para que los echen a cambio de no ir presos por supuesta defraudación impositiva. Los echaron y fueron presos igual porque el problema –de nuevo– fue y es creerle algo a Macri. Méndez se reserva el derecho de no divulgarlo pero el ego lo vuelve a traicionar y en la misma nota se postea como asesor presidencial al decir que “Alberto es una persona extraordinaria, me encantaría estar al lado para decirle que hace mucho que dejó de existir el periodismo en muchos medios”. Luego supimos que Eduardo Valdés intercedió ante el canal para revisar una decisión que –consulta mediante- ratifica sin vuelta atrás.
En síntesis, sin entrar en consideraciones personales acerca del estilo de Méndez y la calidad o la solidez de los informes que presentaba, convendría resistir la tentación de reivindicarlo como un perseguido político o mártir del espectro nacional y popular. Sin dudar de que Bullrich desafía hasta el paroxismo al gobierno y con las peores armas (incluso violando toda ley), hay que decir que Méndez fue por la libre con una torpeza que los valores socialdemócratas y republicanos del gobierno que dice defender no tolera, que le costó el alquiler de un espacio en donde fue funcional a un proyecto comunicacional que hoy lo descarta. Le dio un respiro a Bullrich que le permitió victimizarse en su peor momento, entre las desmentidas de Pfizer y Covax, y la interrumpió cuando se estaba equivocando para contrariar una máxima napoleónica que aplica perfectamente.
Radio 10 no despidió a Baby Etchecopar por insultar salvajemente a una militante social o promover un enfrentamiento entre movimientos sociales y taxistas, Clarín no echó a Lanata por mandar a escrachar a los hijos de los camaristas Farah, Freiler y Ballestero. Ellos son la avanzada sin ética ni moral de un grupo integrado por las empresas que los emplean y promueven aquello de que derrotar al populismo justifica cualquier medio. Pero el presidente detesta la revancha, no arma mesas judiciales, desestima regular por ley el mercado de operaciones noticiosas porque “la gente no es tonta y se da cuenta”, pero aboga por un código de ética escrito en el viento, impreso en el sentido común progresista y que no incluye el escrache de nadie. Y Méndez lo sabía perfectamente.
Servidores, mártires y cagatintas
Este subtítulo se permite parodiar sin escrache a “Rebeldes, soñadores y fugitivos”, el título de un formidable libro del escritor y también periodista Osvaldo Soriano. Nomina tres modelos posibles para ejercer una profesión sin colegiatura ni juramento hipocrático y alistan cientos de nombres. Aunque genere vértigo y escándalo, de Gabriel García Márquez a Federico Andahazi, de Jacobo Timerman a Jorge Lanata, de Rodolfo Walsh a Luis Majul, de Horacio Verbitsky a Tomás Méndez. Una profesión que no sólo se debate en torno del problema de la verdad, sino también de la responsabilidad profesional y hasta penal por las consecuencias de sus métodos y contenidos, por la utilidad práctica de lo que difunde y la calidad de la escritura con que se malviste de literatura o primera versión de la historia.
En tiempos en los que las empresas periodísticas están indisolublemente imbricadas a diferentes proyectos políticos en su gran mayoría, que son parte de conglomerados empresarios con intereses superiores a la verdad y el servicio público (los medios no generan ganancias extraordinarias pero sirven para condicionar gobiernos y promover otros negocios) y son herramientas esenciales para lucha por la hegemonía cultural y política, hacer periodismo político representa un desafío permanente para cada uno de los que ejercen profesionalmente. También para que los periodistas nos cuestionemos cuál es lugar y el rol que nos competen en ese esquema, qué tipo de relaciones son admisibles con los medios y factores de poder que nos emplean y jamás van a plantearse éstas cosas y entendamos que la única verdad es la honestidad que nos permite decir “yo digo lo que digo desde aquí, con éstas pruebas expuestas y podemos conversarlo”.
Dejémonos de egomanías y abusos, esenciales son los políticos, los médicos, las juventudes maravillosas y los artistas, nosotros venimos cómodos en el segundo pelotón y tengamos claro que más allá de los recortes de agenda y la habilidad para manipular argumentos y voluntades, de colonizar conciencias o sujetar sujetos y aunque suene antiguo: las condiciones materiales de existencia y el hartazgo de la opinión pública…existen! Y nos van a llevar puestos, de tanta vanidad, de tanto sacrificar la verdad en el altar del rating y los likes, de tanto mezclar la Carta Abierta a la Junta militar con cualquier escaramuza seguida de corte de prestaciones laborales. Es cierto, siempre nos quedará hacer burbujas las redes sociales, pero eso ya es otra cosa.
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