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Política retenciones | Trigo | Alberto Fernández

Sin retenciones al trigo, el precio del pan aumentó 46% en cuatro meses

Las retenciones, o derechos de exportación, son una herramienta de uso frecuente que se aplican desde 1980. En 42 años, se han producido no menos de 80 modificaciones. Un repaso sobre cómo impactan en los precios internos.

La falta de vocación para revertir la victoria cultural del complejo agroexportador y sus empleados políticos y mediáticos, condiciona el uso de la –reconocida por el presidente– mejor herramienta para bajar el precio de la harina. El gobierno, ¿no quiere ni puede?

La secuencia dislocada es la siguiente: no vamos a subir las retenciones al trigo, el maíz y el girasol / yo enviaría el proyecto mañana mismo, pero no me lo van a votar / no hay ningún proyecto para subirlas / no creemos que para transformar haya que confrontar / militen las retenciones.

No citamos autores. Los lectores de AIRE los identifican sin mayores dificultades, lectores que además seguramente asocian el nombre vulgar (el más apropiado es derechos de exportación) a la derrota política y cultural del kirchnerismo en 2008, de la que se recuperó rápidamente en el centro del ring –un espaldarazo de Lula y la tozudez de Néstor Kirchner activaron el “aquí no renuncia nadie, no se rinde nadie”– impulsando un relato épico de confrontación con los poderes que fabulaban una salida anticipada del primer gobierno de Cristina Kirchner, cuando Mauricio Macri no existía como opción y Julio Cobos recorría el país saludando, un radical heredero del Pacto de Olivos y precursor de la Convención de Gualeguaychú; es decir de la tradición que prefiere aliarse a la derecha antes que perder elecciones… a manos del peronismo, por supuesto.

Pero en realidad las retenciones no son un invento kirchnerista, lo que viene a cuento –no para desideologizar la herramienta, como reclama Álvarez Agis– sino para historizarla y desacoplarla de un gobierno que con ellas generó niveles de inclusión social inéditos desde la recuperación democrática, el más importante programa de obra pública y el Fondo Federal Solidario, que financiaba obras de infraestructura en las provincias (el 30% se distribuía entre municipios y comunas) y cuya derogación impulsada por Macri fue votada por legisladores nacionales del Frente Amplio Progresista, entre muchos otros.

Las retenciones se aplican como mecanismo para desenganchar el precio internacional de ciertos commodities (alimentos y energía) que tienen la particularidad de ser bienes que se exportan y a la vez se consumen en el mercado interno, a precios muy diferentes (en dólares o en pesos), lo que genera un tensión que los empresarios que producen y exportan esos bienes resuelven a favor de una lógica capitalista elemental: “Yo trabajo para ganar guita, lo vendo todo afuera, pero si tengo que venderlo adentro, es a precio dólar”. Dejemos –como propone Claudio Scaletta– las descalificaciones “emocionales”, dejemos descansar esas nobles y rígidas “tablas de valores”, no son egoístas, crueles ni miserables (como el mismísimo presidente tildara a los que despedían durante el primer pico del covid): son capitalistas.

Flash back pionero

Esta anécdota que no requiere leerlo en profundidad, pero si les peronistes se acordasen tanto de Cooke como de Jauretche, Cámpora o Cafiero (del que Perón solía decir “es un buen muchacho, lástima que tenga por costumbre quedarse con los vueltos”), repensar el kirchnerismo después del kirchnerismo sería menos arduo. Sobre los ricos “malos”, “buenos”, “desarrollistas” o “fisiócratas”:

Perón recibe a Cooke en Puerta de Hierro y se dispone a presentarle al empresario Jorge Antonio, potencial financista de la resistencia peronista.

JDP: Bebe, Jorgito es millonario, pero es un millonario peronista.

JWC: Mi general, disculpe, pero yo no hago esos distingos. Para mí no hay millonarios peronistas o antiperonistas, los millonarios son millonarios, nada más.

Pero hagamos una breve reseña de qué son los derechos de exportación y cómo han funcionado desde 1983, aunque existen como herramienta de uso frecuente desde 1980, 42 años durante los cuales se han producido no menos de 80 modificaciones.

Retenciones sí, ayer

Una generalización sintética y sincera nos permitiría decir que los valores más altos de alícuotas se registraron entre los años 1998-2008, los más bajos durante la década de los 90, los promedios más estables entre 2008-2015, mientras que se eliminaron abrupta o paulatinamente en el ciclo 2015-2018.

El gobierno de Alberto Fernández estableció topes a las alícuotas repuestas por el “bajo macrismo”, el de la debacle que también repuso los controles de la cuenta de capital a través de la Ley 27.451. En modo de “modificar la dirección pero con bajos niveles de confrontación con los poderes fácticos”, lo que Alberto hizo en realidad fue autolimitarse en los montos de las alícuotas y en los plazos por los cuales podía fijarlas, vencidos los cuales sólo podía subirlas a través de un decreto de necesidad y urgencia.

Esa fue una señal temprana de Alberto siendo Alberto, que fue la razón por la que Cristina lo eligió, conciliando su posición de líder de un Frente con el kichnerismo como socio mayoritario, pero fiel a sí mismo en su convicción histórica de no pelearse ni con Clarín, ni con la Mesa de Enlace, ni con ninguno de los que nos prestan el país para vivir como argentines.

Leamos apropiadamente la fatídica frase de Alberto en Radio con Vos. Cuando el presidente dice “lo haría porque es lo mejor, pero no me lo van a votar” dice tres cosas en una: no hay herramienta mejor que las retenciones, así que estamos resignados a no mover el amperímetro con fideicomisos y cupos; no doy peleas que no puedo ganar (o sea perdimos); y nuestro programa será lo que oposición nos permita. Macri ya lo dijo con toda claridad: “Con el gobierno no tenemos nada que negociar”.

Alberto Fernandez y Julian Dominguez.jpg
Conflicto de roles: Julián Domínguez asegura que nunca se formalizará ningún proyecto de ley ni DNU para subir retenciones, el presidente lo haría si dieran las correlaciones de fuerzas.

Conflicto de roles: Julián Domínguez asegura que nunca se formalizará ningún proyecto de ley ni DNU para subir retenciones, el presidente lo haría si dieran las correlaciones de fuerzas.

Conflicto de roles: Julián Domínguez asegura que nunca se formalizará ningún proyecto de ley ni DNU para subir retenciones, el presidente lo haría si dieran las correlaciones de fuerzas.

Alguien (Olmos, Vitobello, Biondi, Cerrutti, Forster, Grimson y por qué no Massa) debería decirle que puede que haya sido un gran comunicador –coherente y persuasivo– durante la pandemia, pero que hoy funciona de otro modo. Hace falta alguien que unifique, planifique y controle lo que se no se unifica en los hechos: fue un acierto declarar en Europa “me siento fuerte como para reelegir”, para proteger su autoridad presidencial, pero si a la semana siguiente el mismísimo comunicador dice que “no puedo asegurar pan, fideos y galletitas a precios populares porque la oposición no me deja”, el primer acierto es pulverizado… ¡por el mismísimo presidente! Sí hay impotencia y falta de coordinación, no debería notarse jamás.

Pero volviendo a las retenciones, veamos gráficamente cómo han variado las cuatro posiciones arancelarias fundamentales en términos de exportaciones desde la vuelta de la democracia:

Retenciones cuadro 1.jpg

Justo es decir que –además de la mentadísima segmentación y en una discusión lógica, menos “sucia” que la que estamos acostumbrados– esos niveles deberían acompañar subas y bajas en el precio internacional, en lo que paga el mercado de Chicago la tonelada de cualquiera de esos granos. De tal modo que suban para captar rentas diferenciales a la suba y bajen acompañando el precio internacional del comodittie.

Pero la suerte de las “retenciones móviles” y la “segmentación tardía” –afectadas por el pésimo cálculo del otro radical, Martín Lousteau, principal responsable de su fracaso y candidatazo de Horacio Rodríguez Larreta– quiso que hoy sea una cicatriz que aún arde y quema en la sensible piel del nacionalpopulismo. Y seamos justos con el presidente que Cristina –equivocadamente o no y con el diario de hoy– ungió con su decisión: Alberto siempre consideró que las retenciones, la Ley de Medios y la reforma judicial del kirchnerismo fueron tres errores indudables, no le gustaron, no le gustan y a menos que el precio del pan orille los 1000 pesos, no piensa echar mano de la facultad para subirlas por decreto hasta 3 puntos, ni de los artículo 4, 17 y 75 de la CN, ni del 755 del Código Aduanero para imponerlas. Cabe recordar que el trigo pasó de costar u$d 250 la tonelada a u$d 450 en menos de un año.

En el siguiente gráfico de barras veremos el nivel de alícuotas en tres momentos, los gobiernos de Cristina Fernández, Mauricio Macri y el de Alberto Fernández:

Retenciones cuadro 2.jpg

Como podemos observar y ya hemos dicho, hay margen y razones suficientes para recuperar algunos puntos. Pero hagamos entonces las preguntas capaces de destrabar cualquier debate hacia adentro o afuera del Frente de Todos:

¿Es razonable mantener alícuotas al trigo y al maíz del 12% y evitar cepos a las exportaciones (porque el modelo debe ser superavitario en dólares) en una coyuntura en que la guerra entre los principales productores de trigo y energías están en guerra y hay un faltante mundial de 400 millones de toneladas de trigo, que ponen en riesgo la alimentación de 7.000 millones de personas en todo el mundo?

No son malos ni egoístas, hamacan niños en las plazas como cualquiera, pero ¿qué le hace pensar al gobierno que el mercado y los empresarios que lo conforman van a garantizar por impulso solidario o cesión espontánea pan –en cantidad y precio alineados a los niveles de consumo locales– cuando el mundo necesita todo lo que tengas y lo pagará a cualquier precio y en dólares?

¿Es de sentido común elegir pelearse con 47 millones de argentines, de los cuales 34 millones están en condiciones de votar, en lugar de hacerlo con siete exportadores, de los cuales cinco son multinacionales?

Finalmente, sabíamos de antemano que la Embajada, Clarín, los agroexportadores, la moto y Candela, se sumaron la pandemia y la guerra pero, ¿en qué equipo estamos jugando?

Además de –como pide ahora mismo Leandro Santoro– “salir a militar” las retenciones (que el ministro de Economía y el de Agricultura no quieren): ¿cómo revertir una batalla cultural que se expresa en una correlación de fuerzas negativa, si se comunica contradictoriamente, con pesimismo, se desdeña la construcción de un relato pedagogizante y mucho menos épico y –ya que estamos– no se coordina a los medios privados afines y los públicos son un canto a la irrelevancia?

La falta de sintonía es tal que comunicadores del espacio nacional y popular castigan al gobierno diciendo que redujo el 94,3% de las posiciones arancelarias (lo que es cierto) mientras propone un modelo que depende del incremento constante de la recaudación de dólares por exportaciones. Sin reparar en el segundo renglón, que ésas posiciones representan el 39% del total de lo que se exporta, mientras que el 5,7% restante (entre las que se cuentan soja, maíz, trigo y girasol) se mantienen y representan el 61% del ingreso de divisas. No hay una disminución de la presión tributaria, que debería incrementarse por razones estratégicas y humanitarias es otro asunto.

Tampoco resulta muy feliz el afanoso intento por desvincular las retenciones del precio del pan, la harina envasada, los fideos o las galletitas, ningún estudio serio y profundo –hasta ahora– revela que incrementar derechos de exportación sobre el trigo tiene una incidencia marginal en el precio final de sus subproductos. Es cierto que con subas en la cotización del grano del 9% mensual promedio en los últimos 12 meses, habría que aplicar retenciones de casi el 100%, un absurdo total, pero la Argentina viene dando para todo, como creer que el agua no tiene que ver con la producción de gaseosas, el algodón con la de vestimenta o la electricidad con la de casi todos los bienes y servicios de la economía.

Otro esfuerzo deslucido es el de justificar que “cuando la gente votó al gobierno no votó retenciones sino un proyecto general que derrote al macrismo y le mejore la vida”. Pero resulta que de ésos estamos hablando, del menú de herramientas para controlar los precios de bienes esenciales, preguntadlo sino a los 4 millones de votantes peronistas y no peronistas desencantados con el FDT.

Pueden no ser suficientes, combinarlas con cupos sería una alternativa por la situación excepcional y una crisis alimentaria y de insumos difundidos que se proyecta de aquí a tres años, incluso si la guerra terminase hoy mismo. Pero el debate en torno de subirlas, dejarlas como están o directamente eliminarlas, es un tertulia surrealista sobre la cubierta del Titanic.

Incluso el gobierno podría analizar un esquema en el que el que liquide sus ventas de inmediato sea beneficiado por un arancel fijo o una suba menor, inversamente proporcional por cuanto pagaría menos retenciones cuanto antes liquide sus ventas al exterior. En una coyuntura en la que la guerra es responsable del 30% de una inflación que se anualiza en 70% o más y del 10% del precio del pan según estudios de la Bolsa de Cereales (es decir que el resto responde a factores locales), la población exige y todes esperamos soluciones eficaces y creativas.

Nadie está obligado a gobernar en contra de sí mismo, a cuenta de su compromiso electoral y de las amenazas de la oposición realmente existente, el Frente de Todes no tiene ese derecho.