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Política Rosario | Narcotráfico en Rosario | Sergio Berni

Dos imágenes que muestran cómo se quebraron los vínculos entre la política y la gente

Lo que ocurrió hace un mes en barrio Los Pumitas de Rosario y las trompadas a Sergio Berni en una protesta de colectiveros, tras el crimen de un chofer, muestran cómo se quebró la relación con la política, que no logra resolver los problemas de inseguridad.

Dos imágenes muestran con nitidez los “estados nerviosos”, como se advierte en el libro que lleva ese nombre el ensayista William Davies, que focaliza sobre las conductas antisistémicas que irradian las democracias actuales. La “bronca”, el desborde social y la violencia son ejes de un nuevo momento histórico.

Las imágenes de los vecinos del barrio Los Pumitas de Rosario, que mostraban hace un mes cómo un grupo de vecinos destruía los búnkeres de los narcos tras el crimen de Máximo Gerez, fue una postal del desconcierto y la rabia. No hubo ni siquiera miedo a enfrentar a la mafia, a los narcos del barrio, que habían matado a un niño. Y no había nadie en el medio, como intermediario, un lugar que históricamente ocupó la política. El Estado estaba, a través de la Policía, que allí fue parte del problema –con mecanismos de corrupción aceitados– y no de la solución, pero no estaba la política.

Las agresiones al ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, Sergio Berni, en La Matanza, tras el asesinato de un chofer de 65 años, indican que la bronca rompió las fronteras imaginables, porque pegarle al funcionario que se jacta de ser el más duro del peronismo, en un territorio gobernado históricamente por el PJ, descifra que nadie está indemne, que la autoridad está rota y que la política, como intermediaria entre los problemas y las víctimas, no encuentra herramientas viables porque la mayoría fracasaron. A diferencia de lo que ocurrió en barrio Los Pumitas, allí apareció una cara visible que representa a la política en un territorio donde el peronismo es hegemónico desde hace décadas. Ocurrió que Berni fue a poner la cara, algo que es parte de su perfil como dirigente, y se la rompieron.

Sergio Berni habló tras la brutal agresión de colectiveros: "Vengo a poner la cara"
Sergio Berni fue a poner la cara en una protesta de colectiveros y allí lo golpearon.

Sergio Berni fue a poner la cara en una protesta de colectiveros y allí lo golpearon.

“El dolor social, el padecimiento colectivo, la conciencia del sufrimiento, se desvanece en una experiencia imposible de ser comunicada. Pierde toda su fuerza. Ser feliz, eliminar el dolor o derivarlo hacia una vivencia personal, desactiva la crítica social y política, uniéndose a conductas antisistémicas”, ensaya William Davies. La violencia hoy es parte y en algunos casos inconsciente del antisistema, y logra instalar imágenes que parecían que no iban a retornar, como las de 2001, cuando la crisis económica, social y política hicieron crujir todo.

“Las imágenes te muestran una sociedad que, al no tener canales de contención, genera los propios. Se salvaguarda con violencia sin medir las consecuencias. Se autoconstruye y ubica en el rol que debiesen ocupar las instituciones porque viven y proyectan un estado de naturaleza”, señaló a AIRE Laura Etcharren, socióloga e investigadora en temas de narcotráfico y narcomenudeo. La autora del libro "Esperando Las Maras, estado embrionario en Argentina", grafica la situación con la frase que le dijo una vecina del conurbano profundo en 3 de Febrero: "Vivimos a la espera de lo peor".

Para Etcharren, “la situación social y delictiva es extremadamente grave, pero se evidencia con mayor contundencia en la región centro del país y estalla de forma más voraz en los enclaves más violentos como el conurbano bonaerense, Rosario y la capital de Córdoba”.

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“Hay un tejido social desintegrado y un tejido delictivo empoderado. Las autoridades muestran no conocer territorialmente ninguno de los tejidos mencionados y, por ende, no llevan adelante medidas que se ajusten a la realidad”, apuntó la especialista en seguridad y narcotráfico. Etcharren señaló que emerge “un capital cultural de violencia que no es equiparable ni comparable con el 2001, porque desde entonces a la fecha, la descomposición social fue sistemática”.

“Hoy la delincuencia está organizada, pero también una delincuencia marginal que se monta sobre las políticas erráticas de los oficialismos y a sectores de la oposición que no están a la altura porque tomaron el problema de la inseguridad no como algo estructural sino como un tema de etiqueta personal. Y hoy, si no conocés esos tejidos desde el territorio, no podés gobernar con una proyección proactiva”, agregó Etcharren.

Ariel Larroude, director del Observatorio de Política Criminal, quien realizó varios estudios sobre la criminalidad en Rosario, consideró –en diálogo con AIRE– que “el fenómeno que se ve desde hace algún tiempo en la Argentina, que a veces se ha manifestado en reclamos de seguridad y otras tantas veces en reclamos económicos y sociales, es la muerte del sistema político nacido al calor de la crisis de 2001, entendido como un sistema imperfecto de administración de pobreza, con foco principal en el conurbano bonaerense”.

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Pueblada en barrio Los Pumitas, Rosario, tras el asesinato de Máximo Gerez, un niño de 11 años, en marzo de 2023.

Pueblada en barrio Los Pumitas, Rosario, tras el asesinato de Máximo Gerez, un niño de 11 años, en marzo de 2023.

“Esa muerte política es, en términos de seguridad, la muerte del sistema policial democrático. Hablo de aquel nacido en 1983 como dispositivo administrador de la delincuencia, como gestor de lo ilícito pero, fundamentalmente, como regulador de la calle. Aun cuando eso significaba sentarse a dialogar con las bandas criminales y pactar dinámicas delictivas, pero sin muertes violentas”, añadió Larroude.

El director del Observatorio de Política Criminal sostuvo que “hoy en día existe un corrimiento de las tareas de prevención de las fuerzas de seguridad para dar paso a un proceso que llamaría lateralización de la violencia, donde lo único que puede la agencia policial atinar hoy es a que la violencia criminal se desarrolle en las periferias de los centros urbanos y municipales sin que ello suponga una baja en los niveles delictivos”.

“Este corrimiento, dinamizado desde el 2000 a la fecha, con la irrupción del narcomenudeo en los barrios populares, se debe básicamente a la falta de recursos humanos, técnicos y logísticos, pero, por sobre todo, a la ausencia de una visión preventiva de la seguridad, en tanto hoy las policías locales se han degradado a agencias de control territorial que pese al conocimiento capilar que tienen sobre el delito, sus circunstancias y actores, no pude prevenir, sino actuar en consecuencia”.

—Los cambios en materia de prevención no funcionan. ¿Por qué se produce este fenómeno?

—Ese corrimiento de las tareas de prevención es lo que irrita a la gente, es lo que ha fomentado el caldo de cultivo para la exigencia de otras fuerzas de seguridad en el territorio, como la Gendarmería, en tanto ha habido en la sociedad una evolución en sus reclamos, una suerte de demanda colectiva moderna que ya no pretende hallar culpables, que no busca esclarecer hechos, sino evitarlos. Esta circunstancia no ha sido observada con detenimiento por el sistema político en su conjunto. De allí la bronca, de allí el reclamo social a la dirigencia civil que, a sabiendas de las zonas calientes del delito, no trabaja en un plan de seguridad preventivo, multifacético pero, por sobre todo, transversal a todos los partidos políticos. Por otro lado, es cierto que la agresión a Berni no puede desligarse de otros ataques a dirigentes políticos, verbales y físicos, ocurridos en el último tiempo. Pero circunscribir esto al peronismo, o a esta gestión, sería un error grandilocuente. Hoy en día existe un flujo de información y un reperfilamiento de la relación entre la política y la sociedad que ya no se agota en la protesta social o en el sufragio, sino que ya ha avanzado a la interpelación, al cara a cara, algo muy peligroso para el futuro en un contexto social y económico desfavorable. Por ello, lo que se comienza a ver en el país, y aquí el llamado de atención, es una falla en la administración de la potencialidad violenta que surge del descontento social. Un resquebrajamiento, en términos de Carlos Pagni, de la amenaza que supone el paso del reclamo a la acción en manos de la sociedad.